SACERDOCIO

Citas de la Sagrada Escritura

 

Es preciso que los hombres vean en nosotros a los ministros de Cristo y a los administradores de los misterios de Dios.! Cor 4, 1.

Con toda tu alma honra al Señor y reverencia a los sacerdotes. Eclo 7, 31.

Los labios del sacerdote han de guardar la sabiduria y de su boca ha de salir la doctrina, porque es un enviado de Yavé de los ejércitos. Mal 2, 7.

Yo soy el buen pastor; el buen pastor da su vida por sus ovejas. Jn l0, 11.

Apacentad el rebaño de Dios que os ha sido confiado, gobernando no por fuerza, sino espontáneamente, según Dios; no por sórdido lucro, sino con prontitud de ánimo.1Pdr 5, 2.

Sed santos para mí, porque yo, Yavé, soy santo, y os he separado de las gentes para que seáis míos. Lev 20, 26.

 

Entre todos los vivientes le escogió el Señor para presentarle las ofrendas, el incienso y el aroma en memorial, y hacer expiación por su pueblo. Eclo 45, 20.

 

Pues todo pontífice tomado de entre los hombres, en favor de los hombres es instituido para las cosas que miran a Dios, para ofrecer ofrendas y sacrificios por los pecados. Heb 5, 11

Pero vosotros sois linaje do, sacerdocio regio, gente pueblo adquirido para pregonar excelencias del que os llamó de las ti nieblas a su luz admirable.1Pdr 2,

 

El que a vosotros oye, a mi me oye, y el que a vosotros desecha a mí me desecha, y el que me desecha a mi desecha al que me envió. Lc 10, 16

 

SELECCIÓN DE TEXTOS

 

 El ministerio sacerdotal

 

4664 Por el sacramento del orden se configuran los presbíteros con Cristo sacerdote, como ministros de la Cabeza para construir y edificar todo su Cuerpo, que es la iglesia, como cooperadores del Orden episcopal. (CONc. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 12).

 

4665 Fi sacerdocio es fundamentalmente una configuración, una transformación sacramental y misteriosa del cristiano en Cristo Sumo y Eterno Sacerdote, único Mediador. El sacerdote no es más cristiano que los demás fieles, pero es más sacerdote, e incluso lo es de un modo esencialmente distinto. (A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 114).

 

4666 El sacerdote es verdadero mediador entre Dios y los hombres. (SANTO TOMÁS, Suma Teológica, 3, q. 22, a. 1).

 

4667 Si elegir sacerdotes entonces era gran beneficio, ¿qué será en el Nuevo Testamento, en el cual los sacerdotes de él somos como sol en comparación de noche y como verdad en comparación de figura? (S. JUAN DF AVILA, Plática en el Sínodo de la diócesis de Córdoba, 1563).

 

4668 El ministerio en favor de los hombres sólo se entiende como servicio prestado a Dios (cfr. Rom 1, 9) y, a su vez, la gloría de Dios exige que el presbítero sienta ansia de unir a su alabanza la de todos los hombres. (A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 42).

 

4669 (El sacerdote que sube al altar presta a Jesucristo su gesto 4669 y su voz) pues el sacerdote consagra este sacramento hablando en la persona de Cristo (CONC. FLORENTINO, Bula Fxsultate Deo).

 

4670 Llamados, consagrados, enviados. Esta triple dimensión explica y determina vuestra conducta y vuestro estilo de vi-da. Estáis «puestos aparte»; «segregados», pero «no separados» (Presbyterorum Ordinis, 3). Así os podéis dedicar plenamente a la obra que se os va a confiar: el servicio de vuestros hermanos. Comprended, pues, que la consagración que recibís os ab-sorbe totalmente, os dedica radicalmente, hace de vosotros instrumentos vivos de la acción de Cristo en el mundo, prolongación de su misión para gloría del Padre. A ello responde vuestro don total al Señor. El don total que es compromiso de santidad. Es la tarea interior de «imitar lo que tratáis», como dice la exhortación del Pontifical Romano de las ordenaciones. Es la gracia y el compromiso de la imitación de Cristo, para reproducir en vuestro ministerio y conducta esa imagen grabada por el fuego del Espíritu. Imagen de Cristo sacerdote y víctima, de redentor crucificado. (JUAN PABLO II, Hom. en la ordenación de nuevos sacerdotes. Valencia, 8-XI-1982).

 

4671 Somos necesarios a los hombres, somos inmensamente necesarios, y no a medio servicio ni a medio tiempo, como si fuéramos unos «empleados». Somos necesarios como el que da testimonio, y despertamos en los otros la necesidad de dar testimonio. Y si alguna vez puede parecer que no somos necesarios, quiere decir que debemos comenzar a dar un testimonio más claro, y entonces nos percataremos de lo mucho que el mundo de hoy necesita de nuestro testimonio sacerdotal, de nuestro servicio, de nuestro sacerdocio. (JUAN PABLO 1, Aloc. 9-IX-1978).

 

4672 El sacerdote es fundamentalmente un hombre c un hombre de Dios (1 Tim 6, 11). En la vida peregrinante del Pueblo del Señor a través de la historia de la humanidad, el sacerdote ha sido siempre un elegido, un ungido, un homo ex hominibus assumptus (cfr. Heb 5, 1). La figura y la vida del llamado a ser ministro del culto al único Dios verdadero queda traspasada por un halo y un destíno de segregación, que lo pone en cierto modo fuera y por encima de la común historia de los demás hombres: sine patre, sine matre, sine genealogia, dice San Pablo de la figura a la vez arcana y profética de Melchísedech (cfr. Heb 7, 3). (A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 76).

 

4673 Es tal la condición del sacerdote que no puede ser bueno o malo sólo para sí, pues el modelo de su vida influye poderosamente en el pueblo. El que cuenta con un buen sacerdote, ¡qué bien tan grande y precioso tiene! (SAN Pío X, Exhortac. Haerent animo, 4-VIII-1908).

 

Sacerdocio común de los fieles

 

4674 El sacerdocio común de los fieles y el sacerdocio ministerial o jerárquico, aunque diferentes esencialmente y no sólo en grado, se ordenan, sin embargo, el uno al otro, pues ambos participan a su manera del único sacerdocio de Cristo. (CONc. VAT. II, Const. Lumen gentium, 10).

 

4675 El sacerdocio ministerial, por la potestad sagrada de que goza, forma y dirige al pueblo sacerdotal, confecciona el sacrificio eucarístico en la persona de Cristo y lo ofrece en nombre de todo el pueblo a Dios. Los fieles, en cambio, en virtud de su sacerdocio regio, concurren a la ofrenda de la Eucaristía y lo ejercen en la recepción de los sacramentos, en la oración y acción de gracias, mediante el testimonio de una vida santa, en la abnegación y caridad operante. (CONC. VAT. II, Const. Lumen gen tium, 10).

 

4676 Nuestro sacerdocio «ministerial», radicado en el sacramento del orden, se diferencia esencialmente del sacerdocio universal de los fieles. Ha sido instituido a fin de iluminar más éticamente a nuestros hermanos y hermanas que viven en el mundo [...] acerca del hecho de que todos somos en Jesucristo «reino de sacerdotes» para el Padre.

 

4678 El sacerdote alcanza este objetivo a través del ministerio que le es propio, el ministerio de la palabra y de los sacramentos, y sobre todo a través del sacrificio eucarístico para el cual sólo él está autorizado; todo ello el sacerdote lo lleva a cabo asimismo a través de un estilo de vida apropiado. (JUAN PABLO II, Aloc. 9-XI-1978).

 

4677 Una sola misión, de contenido universal, y, para cumplir la, un solo sacerdocio, el de Cristo, del que participan, aunque de modo diverso, todos los miembros del Pueblo de Dios [...] (A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 40).

 

4678 Todos somos ungidos por la gracia del Espíritu para ser miembros del reino de Dios y formar parte de su sacerdocio. (S. AMBROSIO, Trat. sobre los misterios, 29-30).

 

4679 Son llamados sacerdocio regio para que se acuerden de esperar el reino eterno y de ofrecer sin cesar a Dios el sacrificio de una vida sin tacha. (S. BEDA, Sobre la Epístola de S. Pedro, 2).

 

Dignidad del sacerdote

 

4680 El sacerdote [...] es el intercesor público y oficial de la Humanidad cerca de Dios, y ha recibido el encargo y el mandato de ofrecer a Dios en nombre de la Iglesia no sólo el real y verdadero Sacrificio del Altar, sino también el sacrificio de alabanza (cfr. Sal 49, 14). Con salmos, preces y cánticos tomados en gran parte de los libros inspirados ofrece a Dios cada día varias veces el debido tributo de adoración y cumple el necesario deber de rogar por la Humanidad, hoy más afligida que nunca, y más que nunca necesitada de Dios. ¿Quién podrá decir cuántos castigos aparta de la humanidad la plegaria del sacerdote y cuántos beneficios consigue para ella? (Pío XI, Ad catholici sacerdotii, 20-XII-1935).

 

4681 Por el Sacramento del Orden, el sacerdote se capacita efectivamente para prestar a Nuestro Señor la voz, las manos, todo su ser; es Jesucristo quien, en la Santa Misa, con las palabras de la Consagración, cambia la sustancia del pan y del vino en su Cuerpo, su Alma, su Sangre y su Divinidad.

En esto se fundamenta la incomparable dignidad del sacerdote. Una grandeza prestada, compatible con la poquedad mía. Yo pido a Dios Nuestro Señor que nos dé a todos los sacerdotes la gracia de realizar santamente las cosas santas, de reflejar, también en nuestra vida, las maravillas de las grandezas del Señor. (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Hom. Sacerdote para la eternidad, 13-4-73).

 

4682 (Los sacerdotes fueron elegidos por Dios para esta digní dad> suprema entre todas las dignidades creadas. (S. IGNA cío DE ANTIOQUÍA, Epístola a los de Esmirna).

 

4683 ¿Por qué los sacerdotes no son santos, pues es lugar donde Dios viene glorioso, inmortal, inefable, como no vino en los otros lugares? Y el sacerdote le trae con las palabras de la consagración, y no lo trajeron los otros lugares, exceptuando a la Virgen. Relicario somos de Dios, casa de Dios y, a modo de decir, criadores de Dios; a tales nombres conviene gran santidad. (S. JUAN DE AVILA, Plática en el Sínodo de la diócesis de Córdoba de 1563).

 

4684 Esta es la identidad del sacerdote: instrumento inmediato y diario de esa gracia salvadora que Cristo nos ha ganado. Si se comprende esto, si se ha meditado en el activo silencio de la oración, ¿cómo considerar el sacerdocio una renuncia? Es una ganancia que no es posible calcular. Nuestra Madre Santa María, la más santa de las criaturas -más que Ella sólo Dios- trajo una vez al mundo a Jesús; los sacerdotes lo traen a nuestra tierra, a nuestro cuerpo y a nuestra alma, todos los días: viene Cristo para alimentarnos, para vivificamos, para ser, ya desde ahora, prenda de la vida futura. (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Hom. Sacerdote para la eternidad, 13-1V- 1973).

 

4685 El sacerdocio cristiano está, pues, íntimamente unido al misterio, a la vida, al crecimiento y al destino de la Iglesia, Esposa virginal de Cristo (cfr. Apoc 19, 7; 21, 2 y 9; 22, 17; 2 Cor 11, 2). El sacerdote es el padre, el hermano, el siervo universal; su persona y su vida toda pertenecen a los demás, son posesión de la Iglesia, que lo ama con amor nupcial y tiene con él y sobre él -que hace las veces de Cristo, su Esposo- relaciones y derechos de los que ningún otro hombre puede ser destinatario. (A. DEL PORTILLO. Escritos sobre el sacerdocio, p. 81).

 

Saboreo la dignidad de la finura humana y sobrenatural de estos hermanos míos, esparcidos por toda la tierra. Ya ahora es de justicia que se vean rodeados por la amistad, la ayuda y el cariño de muchos cristianos. Y cuando llegue el momento de presentarse ante Dios, Jesucristo irá a su encuentro, para glorificar eternamente a quienes, en el tiempo, actuaron en su nombre y en su Persona, derramando con generosidad la gracia de la que eran administradores.(J. ESCRIVA DE BALAGUER, Hom. Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973).

 

 

Misión del sacerdote

 

4687 En la administración de los sacramentos se unen a la intención y caridad de Cristo, cosa que hacen de manera especial cuando se muestran en todo momento y de todo punto dispuestos a ejercer el ministerio del sacramento de la penitencia cuantas veces se lo piden razonablemente los fieles. (CONc. VAT. II, Deer. Presbyterorum Ordinis, 13).

 

4688 En la recitación del Oficio divino prestan su voz a la Iglesia, que, en nombre de todo el género humano, persevera en la oración, juntamente con Cristo, que vive siempre para interceder por nosotros (Heb 7, 25). (CONC VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 13).

 

4689 No temáis así ser separados de vuestros fieles y de aquellos 4689 a quienes vuestra misión os destina. Más bien os separaría de ellos el olvidar o descuidar el sentido de la consagración que distingue vuestro sacerdocio. Ser uno más, en la profesión, en el estilo de vida, en el modo de vestir, en el compromiso político, no os ayudaría a realizar plenamente vuestra misión; defraudaríais a vuestros propios fieles, que os quieren sacerdotes de cuerpo entero: liturgos, maestros, pastores, sin dejar por ello de ser, como Cristo, hermanos y amigos.

Por eso, haced de vuestra total disponibilidad a Dios una disponibilidad para vuestros fieles. Dadles el verdadero pan de la palabra, en la fidelidad a la verdad de Dios y a las enseñanzas de la Iglesia. Facilitadles todo lo posible acceso a los sacramentos, y en primer lugar al sacramento de la penitencia, signo e instrumento de la misericordia de Dios y de la reconciliación obrada por Cristo (cfr. Redemptor hominis, 20), siendo vosotros mismos asiduos en' su recepción. Amad a los enfermos, a los pobres, a los marginados; comprometeos en todas las justas causas de los trabajadores; consolad a los afligidos; dad esperanza a los jóvenes. Mostraos en todo «como ministros de Cristo» (2 Cor 6, 8). (JUAN PABLO II, Hom. en la ordenación de nuevos sacerdotes. Valencia, 8-XI- 1982).

 

4690 Su servicio no es el del médico, del asistente social, del político o del sindicalista. En ciertos casos, tal vez, el cura podrá prestar, quizá de manera supletoria, esos servicios, y en el pasado los prestó de forma muy notable. Pero hoy, esos servicios son realizados adecuadamente por Otros miembros de la sociedad, mientras que nuestro servicio se especifica cada vez más claramente como un servicio espiritual. Es en el campo de las almas, de sus relaciones con Dios y de su relación interior con sus semejantes, donde el sacerdote tiene una función especial que desempeñar. Es ahí donde debe realizar su asistencia a los hombres de nuestro tiempo [...I, ayudar a las almas a descubrir al Padre, abrirse a El y amarlo sobre todas las cosas. (JUAN PABLO II, Hom. 2-VII-80).

 

4691 En el misterio del sacrificio eucarístico, en que los sacerdotes cumplen su principal ministerio, se realiza continuamente la obra de nuestra redención, y, por ende, encarecidamente se les recomienda su celebración cotidiana, la cual, aunque no pueda haber en ella presencia de fieles, es ciertamente acto de Cristo y de la Iglesia. (CONC. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 13).

 

4692 [...] ¿Qué quieren, qué esperan los hombres del sacerdote, ministro de Cristo, signo viviente de la presencia del Buen Pastor? Nos atrevemos a afirmar que necesitan, que d~ sean y esperan, aunque muchas veces no razonen conscientemente esa necesidad y esa esperanza, un sacerdote-sacerdote, un hombre que se desviva por ellos, por abrirles los horizontes del alma, que ejerza sin cesar su ministerio, que tenga un corazón grande, capaz de comprender y de querer a todos, aunque pueda a veces no verse correspondido; un hombre que dé con sencillez y alegría, oportunamente y aun inoportunamente (cfr. 2 Tim 4, 2), aquello que él solo puede dar: la riqueza de gracia, de intimidad divina, que a través de él Dios quiere distribuir a los hombres. (A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, Pg. 109-110).

 

4693 Aquel que se acerque a un sacerdote debe quedar condímentado con el sabor de la vida eterna, como la carne con el contacto de la sal. (S. GREGORiO MAGNO, Hom. I7sobre los Evang.).

 

4694 Quien ha tomado a su cargo el ministerio de la predicación, no es conveniente que tome sobre sí la carga de los negocios seculares, no sea que ocupándose de estas cosas haga poco caso de la predicación de las cosas celestiales. (S. GREGORIO MAGNO, Hom. 17 sobre los Evang.).

 

4695 El ministerio sacerdotal [...] no es una mera ocupación que empeñe parcialmente la inteligencia y la efectividad de la persona, o que exija solamente la dedicación de un número mayor o menor de horas al día. El sacerdote, cualquiera que sea la situación concreta en que se encuentre, lleva siempre consigo la responsabilidad vocacional de ser representante de Jesucristo Cabeza de la Iglesia, y no hay esfera de su vida o de su actividad que pueda escapar a esta radical exigencia de totalidad. (A. DEL PORTiLLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 105).

 

4696 Cuando desempeñes las funciones sacerdotales, actúa de la mejor manera posible, y líbranos del peso de nuestros pecados al tocar la Víctima relacionada con la resurrección 1...]. No dejes de orar y abogar en favor nuestro, cuando traigas al Verbo con tu palabra, cuando con sección iBcruenta cortes el Cuerpo y la Sangre del Señor, usando como espada tu voz. (S. GREGORIO NACIANCENO. Epístola 171).

 

4697 Sí el sacerdote descuida la santidad, de ninguna manera podrá ser sal de la tierra; porque lo que está podrido y contaminado no sirve para conservar: y donde falta la santidad es inevitable que se introduzca la corrupción. Cristo, continuando la comparación, llama a esos sacerdotes sal insípida, que ya no sirve para nada más que para tirarla afuera, y ser pisoteada por los hombres (Mt 5, 13). (SAN Pb X, Exhortac. al Clero católico, 4-8-1908).

 

4698 El Sacerdote habla en las oraciones de la Misa en nombre de la Iglesia, en cuya unidad está. Mas en la Consagración habla en nombre de Cristo, cuyas veces hace por la potestad de Orden. (SANTO TOMÁS, Suma Teológica, 3, q. 82, a.7).

 

 

La alegría del sacerdote

 

4699 Seguid con alegría a Cristo, que os ha amado y llamado; aun cuando, con el paso de los años, el cuerpo sienta el peso del cansancio y del desgaste, el corazón esté siempre vi gilante y despierto, ardiendo en celo por las almas que Dios ha puesto en vuestro camino. (JUAN PABLO II, Aloc. 23-III-1980).

 

4700 Que sea (vuestra alegría) como la de los 72 discípulos al regresar junto a Jesús después de su misión (cfr. Lc 10, 17-20); si después va unida a padecimientos sufridos en favor de la Iglesia (cfr. Col 1, 24; 2 Cor 12, 10), entonces estará mucho más arraigada y fecunda. Esta alegría nadie os la podrá quitar (Jn 16, 22), especialmente porque brota del contacto continuo con Cristo, que hace de nosotros los hombres consagrados para renovar su Sacrificio redentor, hombres de Eucaristía, en la que debe encontrar nuestra vida su fervoroso e irradiante centro. (JUAN PABLO II, Abc. Turín 13-IV-1980).

 

4701 Para dejaros poseer de esta alegría [...J es necesario ser fieles a la gracia que Dios nos comunica, tomando conciencia cada vez más profundamente del don recibido y haciéndonos conscientes, al mismo tiempo, de nuestra indignidad:

Soy un hombre de labios impuros (Is 6, 1): Señor, apártate de mí, que soy un hombre pecador (Lc 5, 8). (JUAN PABLO II, Hom. 16-11-1980).

 

Amor y veneración al sacerdote

 

4702 En cuanto a los fieles mismos, dense cuenta de que están obligados a sus presbíteros, y ámenlos con filial cariño, como a sus pastores y padres; igualmente, participando de sus solicitudes, ayuden en lo posible, por la oración y de obra, a sus presbíteros, a fin de que éstos puedan superar mejor sus dificultades y cumplir más fructuosamente sus deberes. (CONC. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 9).

 

4703 Si no tienes veneración suma por el estado sacerdotal y el religioso, no es cierto que ames a la Iglesia de Dios. (J. EsCRIvA DE BALAGUER, Camino, n. 526).

 

4704 (Santa Catalina de Siena pone en boca del Señor estas palabras): no quiero que mengüe la reverencia que se debe profesar a los sacerdotes, porque la reverencia y el respeto que se les manifiesta no se dirige a ellos, sino a Mí, en virtud de la Sangre que yo les he dado para que la administren. Sí no fuera por esto, deberíais dedicarles la misma reverencia que a los seglares, y no más [...]. No se les ha de ofender: ofendiéndolos, se me ofende a Mí, y no a ellos. Por eso lo he prohibido, y he dicho que no admito que sean tocados mis Cristos. (SANTA CATALINA DE SIENA, El Diálogo, cap. 16).

 

4705 Como los hijos buenos de Noé, cubre con la capa de la caridad las miserias que veas en tu padre, el Sacerdote. (J. ESCRIVA DE BALAGUER, Camino, n. 75).

 

4706 Los fieles honren aun a los malos sacerdotes en razón de los buenos, para que no sean despreciados los buenos por los malos: pues mejor es favorecer, aunque sea injustamente, a los malos, que quitar lo que sea justo a los buenos. (S. JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. IV, p. 99).

 

4707 Presbítero, etimológicamente, es tanto como anciano. Sí merece veneración la ancianidad, piensa cuánto más habrás de venerar al Sacerdote. (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER. Camino, n. 68).

 

Virtudes del sacerdote

 

4708 Mucho contribuyen a lograr este fin las virtudes que con razón se estiman en el trato humano, como son la bondad de corazón, la sinceridad, la fortaleza de alma y la constancia, el continuo afán de justicia, la urbanidad y otras. (CONC. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 3).

 

4709 Nunca estaremos bastante convencidos de lo importante que es para los cristianos, y especialmente para los sacerdotes, el esforzarse en practicar la humildad y el arrojar del espíritu toda presunción, toda vanidad, todo orgullo. No hay que ahorrar esfuerzo ni fatiga para salir airosos en una empresa tan santa; y como es cosa que no se puede lograr sin la gracia de Dios, hay que pedirlo insistentemente, sin cansarse nunca. (J. PECCI León XIII- Práctica de la humildad).

 

4710 En todas las cosas hay siempre un algo que las perjudíca; así, está el gusano para el tronco, y la polilla para el vestido: por esto también el demonio se esfuerza por corromper el ministerio de los sacerdotes, que ha sido establecido para fomentar la santidad [...~. Quitemos el mal proceder del clero y todo saldrá bien sin esfuerzo. (S. JUAN CRISÓSTOMO,en CatenaAurea, vol. III, PP. 102-103).

 

4711 Si ha habido un tiempo en que un sacerdote es un espectáculo para los hombres y para los ángeles, es en esta época que se abre ante nosotros. (CARD. J.H. NEWMAN, Sermón en la inauguración del Seminario S. Bernardo, 2-X-1873).

 

4712 [...] al sacerdote que reza y se esfuerza por ser fiel al don recibido, Dios le ayuda siempre. (A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, p. 160).

 

4713 Esto es ser sacerdotes: que amen a Dios cuando estuviere, ¡ay¡ enojado con su pueblo; que tengan experiencia de que Dios oye sus oraciones y les da lo que piden, y tengan tanta familiaridad con él. (S. JUAN DF AvILA, Plática en el Sínodo de la diócesis de Córdoba de 1563).

 

4714 Los ministros de la gracia sacramental se unen íntimamente a Cristo, Salvador y Pastor, por medio de la fructuosa recepción de los sacramentos, especialmente por el frecuente acto sacramental de la penitencia, como quiera que, preparado por el diario examen de conciencia, favorece en tanto grado la necesaria conversión al amor del Padre de las misericordias. (CONC. VAT. II, Decr. PresbyterorIlin Ordinis, 18).

 

4715 El sacerdocio requiere una peculiar integridad de vida y de servicio, y precisamente esta integridad conviene profundamente a nuestra identidad sacerdotal. En ella se expresa, al mismo tiempo, la grandeza de nuestra dignidad y la «disponibilidad)) adecuada a la misma: se trata de humilde prontitud para aceptar los dones del Espíritu Santo y para dar generosamente a los demás los frutos del amor y de la paz, para darles la certeza de la fe, de la que derivan la comprensión profunda del sentido de la existencia humana y la capacidad de introducir el orden moral en la vida de los individuos y en los ambientes humanos. (]UAN PABLO II, Carta Novo incipiente, 8-IV-1979, n. 4).

 

4716 En definitiva, resultará siempre necesario a los hombres únicamente el sacerdote que es consciente del sentido pleno de su sacerdocio: el sacerdote que cree profundamente, que manifiesta con valentía su fe, que reza con fervor, que enseña con intima convicción, que sirve, pone en practica en su vida el programa de las Bienaventuranzas, que sabe amar desinteresadamente, que está cerca de todos y especialmente de los más necesitados. (JUAN PABLO II, Carta Novo incipiente, 8-IV-1979, n. 7).

 

4717 El sacerdote que es condescendiente consigo pero que exi- -ge cosas graves a los demás, es como un mal repartidor de contribuciones en una ciudad: se dispensa él de pagar, y carga a los que no pueden. (S. JUAN CRISÓSTOMO en Catena Aurea. vol III, pp. 10l-102).

 

4718 La perfecta y perpetua continencia por amor del reino de los cielos, recomendada por Cristo Señor, aceptada de buen grado y laudablemente guardada en el decurso del tiempo y aun en nuestros días por no pocos fieles, ha sido siempre altamente estimada por la Iglesia de manera especial para la vida sacerdotal. Ella es, en efecto, signo y estímulo al mismo tiempo de la caridad pastoral y fuente particular de fecundidad espiritual en el mundo (CONC. VAT II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 16).

 

4719 Si se considera que Cristo, de cuya acción el sacerdote es instrumento vivo, dedicó la integridad de su naturaleza humana -alma y cuerpo-, y a lo largo de toda su vida- al cumplimiento amoroso del ministerio de reconciliación (cfr. Rom 5, 11) para el que había sido enviado, se comprende bien que el sacerdote vea tan ligada a su consagración ministerial la conveniencia, por Amor de Dios y de los hombres, de configurar su vida a la virginidad de Jesucristo, plenamente dedicada a Dios y a los hombres: para unirse así cada vez más íntimamente a Aquel que le eligió y transformarse más plenamente en El. (A. DEL PORTILLO, Escritos sobre el sacerdocio, pp. 78-79).

 

4720 Que los presbíteros tengan entrañas de misericordia y se muestren compasivos para con todos, tratando de traer al buen camino a los que se han extraviado; que visiten a los enfermos [...], que procuren el bien no sólo ante Dios, sino también ante los hombres; que se abstengan de toda ira, de toda acepción de personas, de todo juicio injusto; que vivan alejados del amor al dinero, que no se precipiten creyendo fácilmente que los otros han obrado mal, no sean severos en sus juicios, teniendo presente que todos estamos inclinados al pecado. (S. POLICARPO, Carta a los Filipenses, 6, 1-6).

 

4721 No comprendo los afanes de algunos sacerdotes por confundirse con los demás cristianos, olvidando o descuidando su específica misión en la Iglesia, aquella para la que han sido ordenados. Piensan que los cristianos desean ver, en el sacerdote, un hombre más. No es verdad. En el sacerdote, quieren admirar las virtudes propias de cualquier cristiano, y aun de cualquier hombre honrado: la comprensión, la justicia, la vida de trabajo -labor sacerdotal en este caso-, la caridad, la educación, la delicadeza en el trato.

Pero, junto a eso, los fieles pretenden que se destaque claramente el carácter sacerdotal: esperan que el sacerdote rece, que no se niegue a administrar los Sacramentos, que esté dispuesto a acoger a todos sin constituirse en jefe o militante de banderías humanas, sean del tipo que sean (cfr. Decr. Presbyterorum Ordinis, 6); que ponga amor y devoción en la celebración de la Santa Misa, que se siente en el confesonario, que consuele a los enfermos y a los afligidos; que adoctrine con la catequesis a los niños y a los adultos, que predique la Palabra de Dios y no cualquier tipo de ciencia humana que -aunque conociese perfectamente- no sería la ciencia que salva y lleva a la vida eterna; que tengan consejo y caridad con los necesitados. (J. ESCRIvÁ DE BALAGUER, Hom. Sacerdote para la eternidad, 13-IV-1973).

 

4722 Volved a vuestros recuerdos personales. ¿Acaso no se halla en los principios de vuestra vocación un sacerdote ejemplar que guió vuestros primeros pasos hacia el sacerdocio? ¿No es verdad que vuestro primer pensamiento, vuestro primer deseo de servir al Señor, están ligados a la persona concreta de un sacerdote-confesor, de un sacerdote amigo? Vaya a este sacerdote vuestro recuerdo agradecido, vuestro corazón rebosante de gratitud.

Si, el Señor tiene necesidad de intermediarios, de instrumentos para hacer oír su voz y su llamada. Queridos sacerdotes: Ofreceos al Señor para ser instrumentos suyos en la llamada a nuevos obreros para su viña. Jóvenes generosos no faltan. (JUAN PABLO II, Discurso al clero romano, 9-XI-1978),

 

4723 Sé, pues, oh hombre, sacrificio y sacerdote para Dios; no pierdas lo que te ha sido dado por el poder de Dios; revistete de la vestidura de santidad, cíñete el cíngulo de la castidad; sea Cristo el casco de protección para tu cabeza; que la cruz se mantenga en tu frente como una defensa; pon sobre tu pecho el misterio del conocimiento de Dios; haz que arda continuamente el incienso aromático de tu oración; empuña la espada del Espíritu; haz de tu corazón un altar; y así, puesta en Dios tu confianza, lleva tu cuerpo al sacrificio. (S. PEDRO CRISÓLOGO. Sermón 108).

 

4724 No puede, pues, esconderse una ciudad colocada sobre un monte, aun cuando ella quiera: el monte que la tiene sobre si la hace visible a todos. Así, los Apóstoles y los sacerdotes que han sido establecidos por Cristo no pueden esconderse, aun cuando quieran, porque Jesucristo los pone de manifiesto. (S. JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. I p.264).

 

4725 Escuchar a un sacerdote habitualmente unido a Dios es hoy el deseo de muchos buenos fieles. Ellos razonan como el abogado de Lyon a la vuelta de una visita al Cura Ars. «¿Qué habéis visto en Ars?», le preguntaron. Respuesta: «He visto a Dios en un hombre». Análogos son los, razonamientos de S. Gregorio Magno. El desea que el pastor de almas dialogue con Dios sin olvidar a los hombres, y dialogue con los hombres sin olvidar a Dios. (JUAN PABLO I, Aloc. 7-IX-1978).

 

4726 Sólo la santidad nos hace tales como nos quiere nuestra vocación divina, es decir, hombres crucificados para el mundo y para quienes el mundo mismo está crucificado; hombres que caminan en una nueva vida y que [...J se muestran como ministros de Dios, que tienden exclusivamente a las cosas del cielo y ponen todo su empeño en llevar también a los demás hacía ellas. (SAN Pío X, Exhort. Haerent animo, 4-VIII-1908).

 

4727 Cuando los sacerdotes son buenos, toda la Iglesia resplandece; pero si no lo son, toda la fe se debilita. De la misma manera que cuando ves un árbol que tiene las hojas amarillas, conoces que tiene algún vicio en la raíz, del mismo modo, cuando veas un pueblo indisciplinado, debes comprender que sus sacerdotes no son buenos. (S. JUAN CRISÓSTOMO, en Catena Aurea, vol. III, p. 14).

 

4728 Consciente de su propia flaqueza, el verdadero ministro de Cristo trabaja con humildad, indagando cuál sea el beneplácito de Dios (cfr. El 5, 10), y, como atado por el Espíritu (cfr. Hech 20, 22), se guía en todo por la voluntad de Aquel que quiere que todos los hombres se salven; voluntad que puede descubrir y cumplir en las circunstancias cotidianas de la vida, sirviendo a todos los que le han sido encomendados por Dios en el cargo que se le ha confiado y en los múltiples acontecimientos de su vida. (CONc. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 15).

 

4729 Consagrados por el Espíritu Santo y enviados por Cristo, mortifican en sí mismos las obras de la carne y se consagran totalmente al servicio de los hombres, y de esta manera, por la santidad con que están enriquecidos en Cristo, pueden avanzar hacia el hombre perfecto. (CONC. VAT. II, l)ecr. Presbyterorum Ordinis, 12; cfr. Decr. Perfectae caritatis, 12).

 

4730 Debemos adquirir la costumbre de sentir que estamos en la presencia de Dios, que ve lo que hacemos; debemos sentir gusto de que sea así, amor ante el hecho de saberlo, placer en la reflexión: «Tú, Dios, me ves». Un sacerdote que sienta esto profundamente nunca se comportará mal en la sociedad; le guardará de excesiva familiaridad con algunas de sus gentes, le preservará de demasiadas palabras, de hablar imprudentemente o sin discreción, le enseñará a ordenar sus pensamientos. Será un principio de separación entre él y su propio pueblo, porque quien está habituado a descansar en el Dios invisible, no se atará realmente a ninguna criatura. Y así se producirá una elevación de la mente, que es la verdadera arma que debe usar contra la incredulidad del futuro. (CARD. J.H. NEWMAN, Sermón en la inauguración del Seminario S. Bernardo, 3-X- 1873).

 

4731 La ciencia del ministro sagrado debe ser sagrada, porque 4731 se toma de fuente sagrada y a fin sagrado se ordena. (CONC. VAT. II, Decr. Presbyterorum Ordinis, 19).

 

4732 [...] es preciso estudiar constantemente la ciencia de Dios, Orientar espiritualmente a tantas almas, oir muchas confesiones, predicar incansablemente y rezar mucho, mucho, con el corazón siempre puesto en el Sagrario [...] (J. ESCRIVÁ DE BALAGUER, Hom. Sacerdote para la eternidad, 13-1V-1973).

 

4733 Todo aquel que se acerque al sacerdote debe volver sazonado con la sal de su palabra. (S. GREGORIO MAGNO, Hom. 17sobre los Evang.).

 

4734 Me ocurrió, en una ocasión, ver en la estación de Milán a un maletero que, apoyada la cabeza en un saco de carbón, detrás de una pilastra, dormía beatíficamente. Los trenes salían silbando y llegaban retumbando con las ruedas; los altavoces daban continuos avisos atronadores, la gente iba y venía con gritos y ruidos; pero él -continuando dormido- parecía decir: «Haced lo que queráis, que yo tengo necesidad de estar quieto». Algo semejante deberíamos hacer nosotros, sacerdotes: en torno a nosotros hay un continuo movimiento y hablar de las personas, periódicos, radio y televisión. Con medida y disciplina sacerdotal debemos decir: «Hasta ciertos límites, para mi, que soy sacerdote del Señor, vosotros no existís; yo debo tomarme un poco de silencio para mí alma; me separo de vosotros para unirme a mí Dios». (JUAN PABLO 1, Aloc. 7-9-1978).

 

4735 Convertirse significa retornar a la gracia misma de nuestra vocación, meditar la inmensa bondad y el amor infinito de Cristo, que se ha dirigido a cada uno de nosotros y, llamándonos por nuestro nombre, ha dicho: «Sigueme». Convertirse quiere decir dar cuenta en todo momento de nuestro servicio, de nuestro celo, de nuestra fidelidad, ante el Señor de nuestros corazones, para que seamos ministros de Cristo y administradores de los misterios de Dios (1 Cor 4, 1). Convertirse significa darnos cuenta también de nuestras negligencias y pecados, de la cobardía, de la falta de fe y esperanza, de pensar únicamente «de modo humano», y no «divino». Recordemos a este propósito la advertencia hecha por Cristo al mismo Pedro (cfr. Mt 16, 23). Convertirse quiere decir para nosotros buscar de nuevo el perdón y la fuerza de Dios en el Sacramento de la reconciliación y así volver a empezar siempre, avanzar cada día, dominarnos, realizar conquistas espirituales y dar alegremente, porque Dios ama al que da con alegría (2 Cor 9, 7) (JUAN PABLO II, Carta Novo incipiente. 8-IV-1979, n. 10).

 

4736 Es la oración la que señala el estilo esencial del sacerdocio; sin ella, el estilo se desfigura. La oración nos ayuda a encontrar siempre la luz que nos ha conducido desde el comienzo de nuestra vocación sacerdotal, y que sin cesar nos dirige, aunque alguna vez da la impresión de perderse en la oscuridad. La oración nos permite convertirnos continuamente, permanecer en el estado de constante tensión hacia Dios que es indispensable sí queremos conducir a los demás a El. La oración nos ayuda a creer, a esperar y amar, incluso cuando nos lo dificulta nuestra debilidad humana. (JUAN PABLO II, Carta Novo incipiente, 8-IV-1979, n. 10).

 

4737 Nada es tan necesario a todos los eclesiásticos como la oración mental que precede todas nuestras acciones, las acompaña y le sigue [...]. Sí administras los sacramentos, oh hermano, medita lo que haces; sí celebras la Misa piensa en lo que ofreces; sí cantas en el coro piensa a quién y de qué cosas le hablas; sí diriges almas medita con qué sangre han sido redimidas 1...]. Asi tendremos fuerza para generar a Cristo en nosotros y en los demás. (S. CARLOS BORROMEO, Acta Ecclesiae Mediolanensis, Milán 1599, 1177-1178).

 

María, Madre de los sacerdotes

 

4738 Deseo, por consiguiente, que todos vosotros, junto conmigo, encontréis en María a la Madre del sacerdocio, que hemos recibido de Cristo. Deseo, además, que confiéis particularmente a Ella vuestro sacerdocio. Permitid que yo mismo lo haga, poniendo en manos de la Madre de Cristo a cada uno de vosotros -sin excepción alguna de modo solemne y, al mismo tiempo, sencillo y humilde. Os ruego también, amados hermanos, que cada uno de vosotros lo realice personalmente, como se lo dicte su corazón, sobre todo el propio amor a Cristo-Sacerdote, y también la propia debilidad, que camina a la par con el deseo del servicio y de la santidad. Os lo ruego encarecidamente. (JUAN PABLO II, Carta Novo incipiente 8-IV-1979, n. 11).