¿Todas
las verdades caducan?
Fernando
Pascual | fpa@arcol.org
¿Cuántas
células tiene, como media, el cuerpo humano? ¿Cuántas neuronas hay en
el cerebro? ¿Cuántos miles de genes hay en el ADN humano? ¿Conocemos
ya todas las partículas que forman los átomos?
Las
respuestas a algunas de las anteriores preguntas, o a otras muchas miles
de preguntas parecidas, han variado a lo largo de los años. Lo que ayer
parecía verdad, hoy no lo es, porque un nuevo descubrimiento ha puesto
en discusión lo “viejo” y empieza a imponer un “nuevo” dato
sobre un aspecto de la realidad sensible.
Esto
es algo propio de la ciencia experimental: de la más moderna, llevada a
cabo con instrumentos cada vez más sofisticados; y de la “antigua”,
que usaba menos instrumentos y que por lo mismo era menos exacta. Hoy
como ayer unas teorías sustituyen a otras a partir de observaciones
nuevas y de hipótesis más perspicaces sobre lo observado.
Por
ejemplo, los medievales pensaban que el Sol giraba alrededor de la
Tierra. A partir del siglo XVII empezó a avanzar con fuerza la idea de
que la Tierra giraba alrededor del Sol de forma circular (así lo creía
Galileo) o elíptica (según Kepler). Quizá algún día un nuevo dato
nos obligue a corregir o precisar la teoría actualmente dominante
respecto de la rotación terrestre en torno al Sol, lo cual no debe
extrañarnos: la ciencia empírica depende en buena parte de la calidad
de las observaciones y de la perspicacia de quienes las interpretan.
Al
constatar este fenómeno puede surgir un cierto escepticismo a la hora
de leer revistas con información científica. Lo que era considerado
como verdadero en 1955 queda superado, en buena parte, en 1980. A la
vez, el estudio de 1980, que resultó básico para corregir errores más
o menos graves en 1955, seguramente ya ha sido superado por lo que se
dice y se publica en el año 2010. ¿Y qué dirán el año 2050 al
constatar, quizá con una sonrisa irónica en los labios, que las
“verdades” científicas de 2010 se han convertido en piezas de
museo?
Ocurre,
además, que algunos intentan aplicar este hecho a todos los ámbitos:
filosófico, religioso, político, literario, matemático. Las
afirmaciones en cada uno de esos ámbitos valdrían sólo durante un
tiempo, tendrían su fecha de inicio y su fecha de caducidad.
Pensar
lo anterior significa incurrir en un doble error. En primer lugar,
supone que todas las afirmaciones humanas se refieren a “verdades”
de la misma naturaleza que los datos alcanzados por las ciencias
experimentales. En realidad, una afirmación filosófica no depende de
los laboratorios. Quien ha alcanzado tal verdad puede estar seguro de
que la misma no caduca. En otras palabras, cualquier afirmación
verdadera de Sócrates, Platón, Confucio o Mencio vale siempre, sin
depender de la fecha en la que fue formulada.
El
segundo error implica quitarse el suelo debajo de los pies. Porque si
cualquier verdad va a ser superada (y desmentida) por lo que venga después
de ella, esa misma afirmación será algún día superada y desmentida;
es decir, es algo provisional y falso, llamado a ser cancelado en el
futuro. ¿Y qué puede cancelar la idea que nos dice que todo puede ser
cancelado con nuevos descubrimientos y nuevas reflexiones?
Hay
que reconocer, sin embargo, que también en ámbitos como el filosófico
pueden darse estados de mayor o menor acercamiento a la verdad. En ese
sentido, quien está más cerca de conquistar una afirmación verdadera
en campos como la metafísica o la ética supera y corrige a quien, en
el pasado o en el presente (por desgracia, seguramente también en el
futuro) haya conseguido sólo comprender una parte de tal afirmación,
pero con algunos errores de mayor o menor importancia.
El
acceso a la verdad, por lo tanto, tiene diversos grados y en muchos
casos se consigue de modo incompleto. En el mundo experimental, este
hecho es algo plenamente aceptado. En otros ámbitos, puede aplicarse de
maneras diversas y no según un gráfico que avances orientados siempre
hacia lo positivo, pues se dan en ocasiones retrocesos importantes y de
graves consecuencias.
En
otras palabras, las verdades, si lo son, no caducan. Caducan, en cambio,
teorías e ideas humanas contingentes y provisionales, útiles en muchos
casos, dañosas en otros, que podemos alcanzar desde nuestros límites y
con la prudencia que nos lleva a reconocer que es relativo lo que es
relativo, y que no puede ser relativo lo que llega a tocar, con los límites
del lenguaje humano, aquellos ámbitos del saber que no caducan con el
pasar de los años.
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