Un Dios con rostro humano:

El rostro humano de Dios, queda al descubierto, cuando nos damos cuenta que Jesús, sin renunciar a su naturaliza divina, decidió hacerse uno como nosotros, para entendernos en todo sentido. Tan pronto lo vemos rezando, como asistiendo a una boda, porque vivió su humanidad, hasta el colmo de la Cruz, momento en el cual dio su vida por nosotros.

Jesús tuvo amigos y amigas, formó parte de una familia, sintió alegría y tristeza, amó a sus padres, aprendió a trabajar como carpintero, etc. porque quiso, desde su humanidad, enseñarnos a vivir. Jesús, a través de su paso por este mundo, nos enseña que hemos sido creados para compartir lo que somos y tenemos, dejándonos guiar por el Espíritu Santo que habita en cada uno de nosotros.

Algunas personas, pretenden ocultar su humanidad, al sentirse demasiado perfectas, sin embargo, Jesús sale a nuestro encuentro, para hacernos ver que nuestra identidad humana es un don invaluable. El problema no es que seamos seres humanos, sino que no busquemos conquistar la santidad a la que, de hecho, estamos llamados.

Ser santo, de ninguna manera, implica ser una persona “de otro mundo” que no esté al tanto del acontecer mundial, o bien, que no disfrute de lo sano que la vida le ofrece sino que, por el contrario, un santo es aquel que se siente amado por Dios y que, de hecho, quiere hacer algo por el mundo.

Jesús, con su humanidad, nos enseña que reír, disfrutar los grandes momentos de nuestra vida, compartir con los demás, etc. son aspectos que forman parte de nuestra identidad humana. Cada etapa, cada momento, cada situación que se relacione con nosotros, tenemos que vivirla desde Cristo, es decir, con base al Evangelio que Él mismo nos ha venido a enseñar.