Las comunidades metodistas surgen como
consecuencia del despertar religioso de un grupo de
anglicanos liderados por John Wesley en el siglo XVIII. Éste
procedía de una familia de clérigos anglicanos y formó un
grupo en la Universidad de Oxford que fomentaba las prácticas
piadosas: lectura del Nuevo Testamento, ayuno, examen de
conciencia, austeridad, prácticas de caridad,... lo que les
valió el nombre, que en principio se les llamaba en tono de
burla, de Metodistas.
Wesley realizó parte de su trabajo como clérigo
anglicano en Estados Unidos, donde se escandalizó de la
manera “frívola” en la que algunos de sus parroquianos
acudían a recibir la comunión (recordemos que la iglesia de
Inglaterra, la High Church, a la que pertenecía Wesley,
acepta la presencia real de Cristo en la Eucaristía, aunque
con diferencias a como lo hace la Iglesia Católica). Es a
partir de aquí cuando, a su vuelta a Inglaterra, comienza a
predicar una nueva forma de vivir la fe. Su relación con los
Hermanos Moravos alemanes tras acudir a una celebración de
corte calvinista en la que experimenta un “avivamiento”, y
comienza a predicar la necesidad de una conversión profunda
de los cristianos. Su predicación hace que no se le permita
predicar en iglesias anglicanas y empieza a hacerlo en lugares
públicos como plazas y calles, arrastrando a las clases
populares. Al mismo tiempo su hermano Charles se convierte en
un gran compositor de himnos que hoy día se cantan en muchas
iglesias reformadas.
El mayor desarrollo del metodismo se producirá
en los Estados Unidos, donde se empiezan a ordenar pastores
fuera de la tradición apostólica de la Iglesia Anglicana, lo
que produce la escisión total entre el metodismo y la Iglesia
de Inglaterra. La estructura del metodismo ayudaría a su
extraordinaria expansión. La unidad base es la
"clase" (class meeting), grupo de unas diez
personas; varias clases constituyen una "sociedad"
cuyo pastor o "predicador itinerante" debe visitar
las distintas "clases locales". Varias sociedades
forman el "circuito", gobernado por el
"superintendente" que en América toma el nombre de
"obispo". Los "Sínodos" reunen anualmente
a los predicadores itinerantes, a los superintendentes y al
elemento laico con gran representatividad en el mundo
metodista.
Las Iglesias metodistas han sufrido numerosas escisiones a lo
largo de su historia, debidas principalmente a la influencia
del calvinismo estricto, por una parte, y a la toma de posición
respecto a la institución de la esclavitud de los negros, por
otra. El hecho de haber nacido como un "despertar"
(revival) dentro de la "Iglesia de Inglaterra" hizo
que el metodismo no pensase en ninguna especial "Confesión
de Fe", ni en la elaboración de una teología propia.
Sus creencias básicas son las de los reformadores del siglo
XVI, interpretadas bajo la óptica de John Wesley. La tradición
metodista ha puesto especial énfasis en el evangelismo, en la
acción benéfica y social y en la doctrina de la santificación.
Hoy en día se haya escindida en múltiples comunidades.
Características
- Pone el mayor énfasis en las Escrituras interpretadas por
cada individuo, como la mayor parte de las comunidades
reformadas luteranas y calvinistas. Existe, no obstante, una
amplia coincidencia con el cristianismo histórico en
doctrinas trinitarias y cristológicas.
- Se insiste con firmeza en la depravación total de la
naturaleza humana. Del pecado se acentúan más los aspectos
sicológicos y experienciales que la concepción intelectual
del mismo. Pero de este modo se resalta, precisamente, el
significado del perdón aportado por Jesucristo, que debe
experimentarse sensiblemente.
- Se pone especial énfasis en la distinción del obrar divino
en el hombre, pero la participación de la libertad de cada
ser humano es fundamental, lo que le diferencia de otras
corrientes protestantes. La conversión y la justificación
constituyen el primer momento del desarrollo de la vida
cristiana. La santificación es el segundo momento, y opera un
cambio radical en el ser del hombre, siendo muy importantes la
meditación y la contemplación, razón por lo que la lectura
de obras de mística católica no son extrañas, como las
obras de San Juan de la Cruz.
- El culto metodista realza la predicación de la Palabra,
pero no olvida los aspectos sensibles del creyente dando gran
importancia a los himnos que son cantados por toda la asamblea
y no solamente por el coro como era costumbre en la época de
la fundación.
En ésta página podéis encontrar los Himnos
originales de Charles Wesley (hermano de John) y las músicas
correspondientes:
El metodismo supuso una gran revolución en su
época dentro de las iglesias reformadas de los Estados
Unidos. Hoy día las comunidades no son tan “vivas”, y
muchos de los que se inician como metodistas evolucionan hacia
el evangelismo y el pentecostalismo.
Este es el caso de Dave Armstrong, de quien os
traigo el testimonio y que al igual que en otros casos ya
publicados, pasó por numerosas denominaciones antes de acabar
Volviendo a Casa. Es un modelo de conversión profundamente
intelectual, la lectura de obras de todas las denominaciones
cristianas le empujó a la Iglesia Católica, y con él a un
buen grupo de amigos. Se trata de un proceso de años no
exento de sufrimiento, dudas y cabezonería. Os puede ilustrar
mucho sobre las comunidades evangélicas.
Al final os pongo un enlace con un vídeo de
you-tube de la canción “Amazing Grace”, escrita por John
Newton, clérigo seguidor de Wesley y ex traficante de
esclavos, cantada por el autor metodista Chris Tomlin, una de
las “estrellas” de música cristiana de hoy.
Espero, como siempre, que sea de vuestro
agrado.
CARTA ABIERTA A UN EVANGÉLICO, por Dave
Armstrong
1.- Me fui al frente para ser salvo.
Nada en mi vida habría indicado éste giro
sorprendente, pero fue la muestra de la siempre inescrutable
misericordia y providencia de Dios. Mi primer conocimiento
sobre la Cristiandad vino de la Iglesia Metodista Unida, la
denominación en la que yo fui educado. La iglesia a la que
nosotros asistíamos, en un barrio obrero de la ciudad de
Detroit (Michigan, Estados Unidos), me parecía, así como a
cualquier niño en los comienzos de la década de 1960, que
estaba en el declive sociológicamente hablando, tanto así
que la media de edad de los miembros era aproximadamente
cincuenta o más años. En mis estudios años después como
evangélico, aprendí que la reducción y el envejecimiento de
las congregaciones eran uno de los signos visibles del
deterioro del protestantismo.
Mi temprana educación religiosa no era del
todo gratis, sin embargo, a medida de que yo iba ganando
respeto por Dios, lo que nunca abandoné fue la comprensión
de Su amor para la humanidad y un gran aprecio por el sentido
de los mandatos morales básicos y sagrados. De todos modos,
por alguna razón, no tuve interés por la cristiandad en ese
momento.
En 1969, a la edad de once años, entré en
contacto por vez primera con el "llamado al altar"
de la cristiandad fundamentalista en una Iglesia bautista que
nosotros visitamos dos o tres veces. Me fui al frente para ser
“salvo” de forma absolutamente sincera, pero sin
el conocimiento o la fuerza de voluntad requeridas (por las
normas evangélicas más solícitas) para llevar a cabo esta
resolución temporal. Durante éste período, me fasciné con
lo sobrenatural, pero desgraciadamente, entré en los terrenos
de un ocultismo vago: la telepatía, la Ouija, la proyección
astral e incluso la brujería vudú (¡con un maestro vicioso
de mi gimnasio en mente!). Leía sobre Houdini y Uri Geller,
entre otros. El primero famosísimo mago norteamericano de
principios de siglo XX. El segundo un británico de origen
israelí que dobló una cuchara sin tocarla, solo con la
mente, en vivo y en directo. Todo esto fue parte del
camino en Mi Conversión al Catolicismo.
2.- De la crisis pase a una renovación espiritual.
Entretanto, mi hermano Gerry que es diez años mayor que
yo, se convirtió, en 1971, al Evangelismo, una tendencia que
estaba en su apogeo en ese momento. Él sufrió una
transformación realmente notable, saliendo del círculo
cultural del típico roquero drogadicto y pendenciero, y empezó
a predicar de forma celosa en nuestra familia. Éste era un
espectáculo nuevo para mí. Yo ya tenía influencias de la
contracultura hippie, y como siempre había sido de alguna
forma anticonformista, el “Jesus Movement”
(Movimiento de Jesús) tuvo una fascinación extraña para mí,
aunque no tenía ninguna intención de unirme a ellos. Me sentía
orgulloso de mi "moderación" con respecto a las
cuestiones religiosas. Como la mayoría de los cristianos
sinceros, nominales e incrédulos, reaccioné a cualquier
despliegue de Cristiandad seria y devota con una mezcla de
miedo, burla y condescendencia, mientras pensaba que tal
conducta era "impropia", fanática, y fuera
de la corriente principal la cultura americana.
A principios de los años 1970 visité la
Iglesia luterana el Mesías en Detroit de forma ocasional, a
la que mi hermano asistía junto con sus amigos melenudos del
"Jesús Freak", y me retorcía en mi
asiento convencido por los sermones poderosos del pastor Dick
Bieber, un personaje del tipo de esos de los que yo nunca había
oído hablar. Recuerdo que pensaba que lo que él estaba
predicando era indisputablemente la pura verdad, y si se
trataba de la cuestión del “ser salvo" no había
lugar para los tibios o para los cobardes. Pero al mismo
tiempo era renuente, por decirlo de alguna forma, porque pensé
que sería el fin de la diversión y la convivencia con mis
amigos. Debido a mi rebeldía y orgullo, Dios tenía que usar
los métodos más drásticos para mi despertar.
En 1977 experimenté una depresión severa
durante seis meses lo cual era totalmente atípico en mi
temperamento de antes. Las causas inmediatas eran las
presiones en la última adolescencia, pero de forma
retrospectiva está claro que Dios estaba permitiendo que
viviera el último sin sentido de mi vida: una demanda
individualista, vacua y fútil por alcanzar la felicidad sin
el propósito o la relación con Dios. Yo fui llevado, tambaleándome,
al fin de mí mismo. Era una crisis existencial aterradora de
la que no tenía ninguna otra salida sino clamar a Dios. Él
respondió rápido. En la Pascua de 1977 la extraordinaria película
"Jesús de Nazaret" de Franco Zeffirelli
(todavía mi película cristiana favorita) pasaba en la
televisión.
Siempre había disfrutado con películas de la
Biblia, como "Los Diez Mandamientos".
Consideraba que la mayoría daba vida a los personajes bíblicos,
y el elemento de drama (como forma de arte) me comunicó la
vitalidad de la Cristiandad de una manera única como hizo el
“Jesus Freak”, pero no eran más que otro de
tantos inventos norteamericanos e ingleses para convencer a la
gentes sobre la soberanía de Jesucristo Nuestro Señor en
nuestras vidas cayendo en un sincretismo que raya con lo
pagano y lo vicioso. La persona de Jesús no necesita de tales
espectáculos y doctrinas tan showbiz para ser proclamado.
Pero en "Jesús de Nazaret", Jesús, tal y
como fue retratado, dejó una impresión extraordinaria en mí
y el momento no podría ser mejor. Él aparecía como el último
anticonformista que me apelaba. Sin darme cuenta esto era
parte de Mi Conversión al Catolicismo. Me maravillé de la
manera como Él había tratado a las personas y te hacía
darte cuenta de cosas que tu nunca habías esperado que diría
o haría con una visión o impacto incomparables. Empecé a
comprender, con la ayuda de mi hermano, la razón del
Evangelio por primera vez: lo qué la Cruz y la Pasión
significaban, y algunos de los puntos básicos de la teología
que nunca me había planteado antes. También aprendí que ese
Jesús no sólo era el Hijo de Dios, sino Dios el Hijo, la
Segunda Persona del Trinidad algo que, increíblemente, yo no
había oído previamente, o simplemente no comprendí si lo
había oído.
Empecé a leer seriamente, por primera en mi
vida, la Biblia (la traducción de la Biblia Viviente que es
la paráfrasis más informal). Fue la combinación de mi
depresión y el nuevo conocimiento de la Cristiandad lo que
causó mi decisión de seguir a Jesús como mi Señor y
Salvador de una forma mucho más seria; así en julio de 1977
experimenté lo que yo consideraría una "conversión
a Cristo", y lo que según la visión evangélica se
considera como la experiencia de "el nuevo nacimiento"
o "ser salvos."
3- Asisití a las Asambleas de Dios, Luteranos
y otros más. Continúo viendo esto como un paso espiritual válido
e indispensable. A pesar de mi estallido inicial de celo, me
asenté de nuevo en la tibieza durante tres años hasta agosto
de 1980, cuando finalmente rendí mi ser entero a Dios, y
experimenté una "renovación" profunda en
mi vida espiritual. A lo largo de los años ochenta asistí a
Iglesias luteranas, a las “Asamblea de Dios”, y a
sectas no denominacionales con fuertes conexiones con el
"Jesús Movement", caracterizadas por la
juventud, la espontaneidad de culto, música contemporánea y
el compañerismo caluroso.
Muchos de mis amigos eran antiguos Católicos
(apóstatas). Supe poco de Catolicismo hasta los inicios de la
década de 1980. Lo consideraba como una "denominación"
exótica, austera e innecesariamente ritualista que no tenía
mucho atractivo para mí. No me sentía atraído por mi
naturaleza a la liturgia y no creía en absoluto en los
sacramentos, aunque siempre sentí gran reverencia para la “Cena
del Señor” y creí que algo real se impartía en ella.
Por otro lado, nunca fui públicamente anticatólico. Habiendo
tenido parte activa en trabajos apologéticos contra el culto
(especializando en russelismo o testigos de Jehová), comprendí
rápidamente que el Catolicismo era completamente ritualista.
Creía que la Iglesia Católica era diferente
de las sectas en eso de que tenía “doctrinas centrales”
correctas, como la de la Trinidad y la Resurrección corporal
de Cristo, así como una legitimidad histórica admirable;
para mí era totalmente cristiana, aunque inmensamente
inferior al evangelismo. Era, se puede decir, un típico evangélico
pero de la especie que tiene cierto interés teológico, un
interés mayor por conocer que la media de evangélicos. Me
familiaricé con las obras de muchos de los “grandes”:
C.S. Lewis, Francis Schaeffer, Josh McDowell, A.W.Tozer, Billy
Graham, Hal Lindsey, John Stott, Chuck Colson, la revista
Christianity Today, Keith Green y los Ministerios “Last
Days”, la Jesus People en Chicago y la revista Cornerstone,
la hermandad Cristiana Inter-Varsity (una organización
universitaria), así como con la música cristiana,
influencias lo bastante beneficiosas como para no sentirse
arrepentido en absoluto.
Mi fuerte interés en la evangelización y la
apologética me llevó a convertirme, con el permiso de mi
iglesia evangélica, en misionero en los campus de la
universidad durante cuatro años. También me involucré en el
movimiento pro vida y en la Operación Rescate. Se me hizo
claro rápidamente que los misioneros católicos eran tan
comprometidos con Cristo y piadosos como los evangélicos. En
forma retrospectiva, no hay nada igual a la extensa
observancia de los Católicos devotos. Me había encontrado
con un sinnúmero de evangélicos que exhibían lo que yo pensé
era un camino serio con Cristo, pero raramente con la
intensidad como en la vida de los Católicos.
4.- Empecé a conocer y a tener amigos católicos.
Empecé a hacerme amigo de mis hermanos católicos de los
Rescates y a veces en las visitas a la cárcel, incluso
sacerdotes y monjas. Aunque todavía escéptico teológicamente,
mi admiración personal para con los católicos ortodoxos
despegó como un misil Tomahawk.
En enero de 1990 empecé un grupo de discusión
ecuménico que yo moderaba. Tres amigos católicos conocedores
del movimiento del Rescate, John McAlpine, Leno Poli y Don
McSween, empezaron a asistir. Sus reclamos para la Iglesia,
particularmente lo concerniente a la infalibilidad papal y
conciliar, me llevaron a zambullirme en un proyecto masivo
investigación en ese asunto. Creí que había encontrado
muchos errores y contradicciones a lo largo de la historia.
Después comprendí, sin embargo, que mis muchos "ejemplos"
no entraron ni siquiera en la categoría de declaraciones
infalibles, como mi explicación de lo definido por el
Concilio Vaticano de 1870. También fui un poco deshonesto
porque pasaba por alto hechos históricos que confirmaban
fuertemente la posición católica, como la aceptación
temprana de la Presencia Real, la autoridad del Obispo y la
comunión de los santos. Sin duda que no fue fácil el camino
de Mi Conversión al Catolicismo, ni lo es para aquel que
busca la verdad con sinceridad.
Entretanto, yo estaba leyendo libros
exclusivamente católicos (y todos los tratados cortos de
Respuestas Católicas) con una mente abierta, y mi respeto y
entendimiento del Catolicismo crecieron. Empecé
(providencialmente) por "El Espíritu del Catolicismo"
de Karl Adam, un libro demasiado extraordinario como para
resumir adecuadamente aquí. Es, yo creo, un libro casi
perfecto sobre el Catolicismo como un mundo y un estilo de
vida, sobre todo porque se trata de una persona familiarizada
con la teología católica básica. Leí los libros de
Christopher Dawson, un gran historiador cultural, Joan Andrews
(una heroína del movimiento del Rescate) y Thomas Merton, el
famoso monje trapense, todos los cuales me impresionaron
sumamente.
Mis tres amigos de nuestro grupo de discusión
continuaron respondiendo serenamente a los centenares de
preguntas mías. Estaba asombrado al darme cuenta de que el
Catolicismo parecía haber sido “bien pensado”,
era un maravilloso y complejo sistema de creencias
consistente, incomparable a cualquier grupo de "cristianos
evangélicos".
En este momento me preocupé tremendamente por
la aceptación protestante (y mi propia aceptación), libre y
fácil de la contraconcepción. Vine a creer, de acuerdo con
la Iglesia, que una vez uno considera el placer sexual como un
fin en sí mismo, entonces el llamado derecho al “aborto"
no está lógicamente lejos. Mis amigos evangélicos de pro
vida podrían ser fácilmente la excepción, pero otros menos
dispuestos espiritualmente lo aceptaban, como se ha confirmado
por completo por la revolución sexual en total auge desde que
el uso extendido de la píldora empezó, alrededor de 1960.
Una vez una pareja piensa que ellos pueden frustrar el deseo
de Dios en el tema de una posible concepción, entonces la
noción de terminar un embarazo le sigue por una cierta lógica
diabólica desprovista de la guía espiritual de la Iglesia.
En esto, como en otras áreas tales como el divorcio, la
Iglesia es el innegablemente sabia y verdaderamente
progresista. G.K. Chesterton y Ronald Knox, los grandes
apologistas, ya pudieron ver los graffitis en la pared
alrededor de los años treinta. Yo estaba absolutamente
asustado por el hecho de que ningún grupo cristiano había
aceptado la anticoncepción hasta que los anglicanos en 1930
lo hicieron, y la inevitable progresión en las naciones hacia
la aceptación del aborto, como había sido mostrado
irrefutablemente por el padre Paul Marx.
Finalmente, un libro titulado "La Enseñanza
de Humanae Vitae" de John Ford, me convenció de la
distinción moral entre la anticoncepción y la Planificación
de la Familia Natural y me llevó al límite. Acepté algunas
creencias no muy "protestantes", pero
incluso ni siquiera aún soñaba con hacerme católico (qué
es, claro, inconcebible para un evangélico).
5.- Al investigar y profundizar comencé a
experimentar un peculiar, intenso, e inexpresable sentimiento
místico de reverencia para la Iglesia "Una, Santo,
Católica y Apostólica". Todavía me encontraba al
principio de un proceso de conversión. Entretanto, mi esposa
Judy, que fue educada como católica y se convirtió en
protestante antes de que nosotros nos conociéramos, también
se había convencido de forma independiente de la equivocación
del anticoncepcionismo. Ella regresó a la Iglesia Católica
el día en que yo fui recibido. ¡Que linda es la unidad!
Entonces, en julio de 1990, yo ya estaba
convencido de que el Catolicismo tenía la mejor teología
moral que cualquier otro cuerpo cristiano, y respeté
grandemente su sentido de comunidad, devoción y contemplación.
La teología moral y los elementos místicos intangibles
empezaron a danzar el baile de la conversión para mí, y cada
vez más se arraigaban profundamente dentro de mi alma; más
allá de, pero no opuestos a los cálculos racionales de mi
mente.
Mi amigo católico, John, cansado de mi lata
constante sobre los errores católicos y de adiciones a través
de los siglos, sugirió que yo leyera el "Ensayo
sobre el Desarrollo de Doctrina Cristiana" del
Cardenal Newman. Este libro demolió completamente el esquema
de la historia de la Iglesia que yo había construido. Pensaba
que los Cristianos primitivos eran protestantes y que el
Catolicismo era una corrupción tardía (aunque yo colocaba el
derrumbamiento en la tardía Edad Media en vez de en tiempos
de Constantino en el siglo IV). Martín Lutero, pensaba, había
descubierto en la Sola Scriptura los medios para limpiar los
agregados católicos acumulados en la originalmente limpia e
inmaculada nave cristiana.
La Tradición, para Newman, era como un timón
y un volante, y era completamente necesaria para la guía y
dirección. Como una carta de navegación. Newman demostró
brillantemente las características del verdadero desarrollo,
opuesto a la corrupción, dentro de la Iglesia Católica,
visible e históricamente instituida por Cristo. Yo me encontré
incapaz y sin voluntad de refutar su razonamiento, y un pedazo
crucial del enigma se había establecido en mi mente: la
Tradición era ahora creíble y evidente para mí. Así empezó
lo que de alguna forma se llama un "cambio del
paradigma". Mientras leía el Ensayo experimenté un
peculiar, intenso e inexpresable sentimiento místico de
reverencia a la idea de una Iglesia "Una, Santa, Católica
y Apostólica". El Catolicismo era ahora pensable y
caí de repente en una crisis intensa. Creía ahora en la
Iglesia visible. Una vez que acepté la eclesiología católica,
le siguió la teología y yo la acepté sin dificultad
(incluso las doctrinas Marianas).
Mis amigos católicos habían estado cultivando
las tierras rocosas de mi voluntad y mi mente tan tercas
durante casi un año, mientras plantaban las “Semillas
Católicas”, que ahora rápidamente tomaron raíz y
crecieron, para su gran sorpresa. ¡Yo había luchado duro
justamente antes de leer a Newman, en un esfuerzo desesperado
por salvar mi protestantismo, tanto como un hombre ahogándose
poco antes de que sucumba! Mi conversión al Catolicismo
estaba acercándose sin darme cuenta.
Continué la lectura, mientras intentaba
activamente asentarme totalmente en el Catolicismo, pasando
por la autobiografía de Newman, el libro de Tom Howard "Ser
Evangélico no es suficiente", que me ayudó a
apreciar al genio de la liturgia por vez primera, y dos libros
de Chesterton acerca del Catolicismo.
6.- Conversé con un ex pastor y me quedé
sorprendido. Más o menos en este tiempo tuve una conversación
con un viejo amigo que también había sido mi pastor durante
unos años y cuyas opiniones teológicas yo tenía en muy alta
consideración. Admití ante él que estaba en problemas con
ciertos elementos de protestantismo, y podría, quizás (pero
era una noción improbable) estar pensando en volverme Católico.
Para mi asombro, él me dijo que él también estaba yendo en
la misma dirección, citando, en particular, el problema que
la formulación y declaración del Canon de la Escritura tiene
para los protestantes y su premisa de "Sólo Biblia".
Este tipo de eventos raros de "confirmación"
ayudaron a crear en mí un fuerte sentimiento de que algo
extraño estaba ocurriendo en este período previo a mi total
conversión. Él estaba en tal crisis teológica (como estaba
yo), que renunció a su pastoral a los dos meses de nuestra
conversación. También en este momento yo tuve el gran
privilegio de encontrarme con el padre John Hardon, el
eminente catequista jesuita, y empecé a asistir a sus clases
informales sobre espiritualidad. Esto me dio la oportunidad de
aprender personalmente de un sacerdote católico lleno de
autoridad, que también es un hombre humilde.
Después de siete semanas de cuestionar mi
salud y llegar a nuevas cúspides del inmenso descubrimiento,
el último soplo de muerte vino justo en la forma que yo había
estado sospechando. Supe que si debía rechazar el
protestantismo, entonces tenía que examinar sus raíces históricas:
la autodenominada Reforma Protestante. Yo había leído
previamente algún material acerca de Martín Lutero, y lo
consideré uno de mis héroes más grandes. Acepté el mito
usual de Lutero como el intrépido, el rebelde virtuoso contra
la oscuridad de la tiranía católica y la superstición añadida
a la “Cristiandad Primitiva”.
Pero cuando estudié una gran porción del
libro biográfico de seis volúmenes sobre Martín Lutero,
"Luther" del jesuita alemán Hartmann
Grisar mi opinión de Lutero fue puesta patas arriba. Grisar
me convenció de que los principios fundamentales de la
Revolución protestante eran en total débiles. Yo siempre había
rechazado las nociones de Lutero sobre la predestinación
absoluta y la depravación total de humanidad. Ahora comprendí
que si el hombre tuviera libre albedrío, no tendría porque
ser declarado virtuoso en un sentido meramente judicial,
abstracto, pero podría participar activamente en su redención
y realmente podría hacerse virtuoso por la Gracia de Dios. Éste,
de alguna forma, es el debate clásico sobre la Justificación.
Aprendí muchos hechos perturbadores acerca de Lutero; por
ejemplo, su metodología existencial sumamente subjetiva, su
desdén por la razón y el precedente histórico, y su
intolerancia dictatorial hacia los puntos de vista contrarios,
incluyendo aquellos provenientes de sus compañeros
protestantes. Éstos y otros descubrimientos me estaban
aturdiendo, y me convenció más allá de toda duda de que él
realmente no era un "reformador" de la
Iglesia "pura" y pre-Nicena, sino mejor un
revolucionario que creó una nueva teología en muchos, aunque
no todos, los aspectos. El mito fue aniquilado. Ahora yo
estaba "escéptico" con el concepto
protestante común de la iglesia invisible, "redescubierta"
.
Al final, mi amor innato por la historia jugó
una parte crucial en mi abandono del Protestantismo, que
tiende a prestar muy poca atención a la historia (el no
conocer la historia hace fácil estar contra del Catolicismo).
Era cristiano, pero a estas alturas se volvió, en mi opinión,
un deber moral e intelectual el abandonar el protestantismo en
su forma evangélica. Aún no era fácil. Los viejos hábitos
y percepciones mueren difícilmente, pero yo me negué a
permitir que los sentimientos y prejuicios interfirieran con
el proceso maravilloso de iluminación en el que predominó la
gracia de Dios para ser más cristiano.
7.- Tuve que rendirme a la Verdad. Yo esperé
expectante el último ímpetu para rendirme totalmente. El
curso imprevisible de conversión llegó a su culminación el
6 de diciembre de 1990, mientras yo estaba leyendo la meditación
del Cardenal Newman sobre “La Esperanza en Dios Creador"
y en un momento comprendí de forma resuelta que ya no debía
oponer resistencia alguna a la Iglesia Católica. Al final,
como en la mayoría de las experiencias de los conversos, un
miedo heladísimo toma su lugar, similar a los de los
temblores de antes del matrimonio. En un momento, este último
obstáculo desapareció, y una paz emocional y doctrinal
prevaleció.
En los siguientes tres años desde mi conversión
al Catolicismo, han ocurrido algunas cosas asombrosas en
nuestro círculo de amigos (yo no reclamo mérito para mi en
éstos casos, he sido tal vez una influencia pequeña, sino,
la forma tan maravillosa en que Dios mueve los corazones de
las gentes). Cuatro personas han regresado a la Iglesia de su
niñez y tres, como yo, nos hemos convertido del
protestantismo de toda la vida al auténtico cristianismo: el
catolicismo. Éstos incluyen a mi anterior pastor, Al y su
esposa, Sally, uno de mis más buenos amigos y compañero
frecuente en la comunidad evangélica y su esposa Lori; el
amigo de toda la vida de Dan, Joe Polgar, quien había estado
virtualmente en el paganismo por unos años; otro amigo, Terri
Navarra, y la hija de un amigo, Tom McGlynn, Jennifer.
Adicionalmente, otra pareja que nosotros
conocemos y que se había convertido a la Ortodoxia Oriental
regresó al catolicismo, una segunda está pensando en serio
hacer lo mismo y una tercera pareja puede convertirse al
Catolicismo. No es necesario decir, que muchos de nuestros
amigos protestantes ven estos sucesos con trepidación
enmudecida. ¡Uno de mis anteriores pastores, en el encuentro
más acalorado que tuve desde que mi conversión, me llamó
"blasfemo" porque yo había creído que había
más en la Tradición Cristiana que simplemente en lo que
contiene la Biblia! ¡Otro buen amigo que es ministro bautista
dice que aunque haya cometido un error terrible, todavía
estoy salvo debido a su creencia en la seguridad eterna! Después
de todo, gracias a Dios, ha sido una experiencia bastante
suave entre nuestros amigos protestantes evangélicos.
Muchos ignoran nuestro Catolicismo del todo. Yo
creo que todos los Católicos pueden compartir estas
experiencias que viví y que he estado describiendo en el
sentido que cada nuevo descubrimiento de alguna verdad católica
es igualmente estimulante. A medida en que todos nosotros
crezcamos en nuestra fe, alegrémonos en los abundantes
manantiales de deleite, así como en los tiempos de
sufrimiento que Dios nos provee en su Cuerpo, totalmente
manifestado en la Iglesia Católica. Yo me siento muy en casa,
tanto como podría esperarse en este lado de cielo. AD MAIOREM
GLORIAM DEI
Dios te siga bendiciendo.
AMAZING GRACE, Chris Tomlin