Un
mundo sin manos y muy pequeño
Juan
Antonio Ruiz | buenasnoticias@arcol.org
Si
se observa una fotografía de Jessica Cox, todo parecería sugerir que
uno se encuentra delante de una chica normalísima. Pero al fijarse detenidamente
en la imagen salta a la vista -¡qué irónico llamarlo así!- un
detalle: Jessica no tiene brazos.
«Era
difícil ser diferente». Así resume su niñez y adolescencia, cargadas
de desilusiones y de luchas. Pero también de alegrías y de gozos, como
en las actividades de gimnasia, karate, canto y baile. Aunque, claro,
uno no puede sino comprender que a esta joven estadounidense le llegasen
las pataletas y berrinches, como ella los llama, cuando se enfadaba por
la falta de extremidades. Bastaría imaginar las continuas miradas, los
comentarios…
«Yo
solía irritarme mucho cuando la gente me miraba caminando por la calle
o por la manera de comer con mis pies. Pero he aprendido a sacar lo
positivo de esas situaciones y me dan la oportunidad de utilizar ese
canal de vibraciones positivas y ser un ejemplo de optimismo».
Pasaron
los años, y a Jessica el mundo se le hacía pequeño. Se graduó en
Psicología en la Universidad de Arizona, aprendió a manejar, a secarse
el pelo, a escribir 25 palabras por minuto con un bolígrafo y hasta a
ponerse lentes de contacto. ¡Todo con sus pies! Pero, el mundo seguía
quedándole pequeñísimo…
¿Qué
hacer? Decidió dejar volar sus sueños y se convirtió, con sus 26 años,
en la primera mujer piloto en la historia de la aviación que lo hace
sin brazos. «A veces -dice Jessica- el miedo se basa en una falta de
conocimientos y de lo desconocido. Cuando empecé a volar, me di cuenta
que mi temor era porque yo no sabía mucho sobre esto».
Son
muchas las virtudes que la joven ha necesitado para salir adelante. No
obstante, ella da un lugar privilegiado al apoyo de sus padres, que han
sido «un modelo y siempre me dicen que puedo hacer cualquier cosa que
yo me proponga». Por ello, busca tener con ellos detalles de cariño,
incluso ingeniosos, como aquel día de la madre en que colgó en su avión
una pancarta que leía: «¡Mira, mamá, sin manos!».
No
contenta con todo lo adquirido, Jessica sueña aún: «Sé que será difícil
tener una familia, pero sé que voy a ser una buena mamá». Y, entre
risas, se imagina lo difícil que va a ser que un pretendiente le pida
la “mano” a sus padres. ¡Sentido del humor no le falta!
Podemos
suponer la cantidad de retos que ha implicado a Jessica Cox llegar hasta
este momento. Pero ella es muy consciente que, «cuanto mayor es la
dificultad, mayor es la gloria». Una gloria luchada, sufrida, pero que
sólo se consigue con un corazón grande, como el de Jessica, a la que
el mundo que le sigue quedando muy, pero muy pequeño
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