UN NOBEL DE MEDICINA
QUE CREÍA EN LA
VIRGEN DE LOURDES
Los milagros y la ciencia: Alexis Carrel
Por Alfonso V.
Carrascosa
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Cuando algo nos parece digno de
contemplación decimos que es admirable. Un milagro es un hecho
histórico admirable, que se escapa de las leyes naturales y de la
explicación científica que excluya a Dios, una acción de
Dios para darse a conocer al hombre.
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Sabemos de multitud de hechos milagrosos por la Escritura. El libro
del Génesis nos narra como Moisés quedó absorto
contemplando una zarza que ardía –algo frecuente en climas
desérticos– pero sin llegar a consumirse, desde donde Dios le
habló. Los apóstoles también los realizaron para que, a
modo de zarza ardiente que no se consume, no tanto curasen tal o cual
enfermedad o arreglasen la vida de alguien, si no más bien permitiesen
que se diera otro milagro mucho más difícil: el milagro moral de
la conversión de un hombre.
No hace mucho que todos quedábamos atónitos ante
unas imágenes de televisión en las cuales Alba, una chica de
origen colombiano, sostenía no sin dificultad sus nuevas manos, que
acababan de serle trasplantadas. Era ciertamente uno de esos denominados
milagros de la técnica: lo impensable hace pocos años ahora
está al alcance de unas manos. A los católicos, nuestra madre la Iglesia nos invita a ser
generosos en la donación de órganos, y la donación se
plantea como única alternativa lícita, frente a la
clonación de los mismos que implique la destrucción de embriones,
esto es, de seres humanos. Juan Pablo II habló de la misma como "un
auténtico acto de amor"al recibir a los participantes del XVIII
Congreso Internacional de la
Sociedad de Trasplantes, el 30 de agosto de 2000. Incluso Pio
XII ya había hablado en 1956 de la licitud evangélica de los
xenotrasplantes, que utilizan órganos de animales. Por otro lado sabemos
que Benedicto XVI, siendo prefecto de la Congregación
para la Doctrina
de la Fe, dijo
bien a las claras que "donar los órganos es un gesto de amor"
y que "he ofrecido toda mi disponibilidad a dar, eventualmente, mis
órganos a quien tiene necesidad".
Existen, como
decía antes, otro tipo de milagros, que no son en ningún caso
dogmas de fe: los que hace Dios para manifestarse al hombre, porque para
Él nada es imposible. Dentro de ellos está el milagro
físico. Precisamente se conocen varios consistentes en trasplantes.
Sí, trasplantes. Se sabe por la tradición que a San Juan
Damasceno le fue milagrosamente reinsertada su mano por intercesión de la Virgen; que San Cosme y San
Damián reimplantaron a un blanco la pierna de un negro ya fallecido, y
que San Antonio de Padua reimplantó un pie a un muchacho. Destaca por su
dimensión y documentación la reimplantación en 1641 de la
pierna (enterrada años antes) de José Pellicer, el cojo de
Calanda (El Gran Milagro, según el extraordinario Vittorio
Messori), mediante la intercesión de la Virgen del Pilar.
Un rasgo común de los milagros es que creemos que forman
parte del pasado, y no los consideramos importantes. Además, al hablar
de milagros –si somos sinceros– surge en nosotros, como una mueca,
un "sí, pero",que manifiesta cierta
incredulidad. Y es que los milagros, los milagros físicos, son
difíciles de creer incluso estando delante de ellos. Muchos vieron a
Jesús hacer milagros, prodigios y signos y no creyeron ni en sus
milagros ni en Él: hace falta además recibir el don de la fe.
Pero ¿ocurren hoy milagros y sirven para algo? ¿Tienen algo que
ver los milagros y la ciencia? De hecho, ¿puede algún
científico creer en milagros? Veamos.
Efectivamente son poco o nada conocidos
los milagros físicos recientes, particularmente los realizados por la
intercesión de la Virgen
de Lourdes. En 1875, a
Peter van Rudder le volvió a crecer parte de un hueso perdido por
traumatismo severo, por intercesión de la Virgen de Lourdes, en un
santuario a su memoria ubicado en Flandes. Es el caso 24 de los 66 milagros
físicos absolutamente admitidos como hechos extraordinarios por
científicos incluso ateos, ocurridos en la gruta francesa y propuestos
por la Iglesia
a la contemplación libre del creyente y de todo hombre de buena voluntad
como una acción de Dios. Este milagro comportó algo mucho
más difícil, que fue la conversión al catolicismo del
vizconde Alberich du Bus, patrón de Peter y destacado masón. El
milagro físico produjo el denominado milagro moral: la conversión
de un hombre.
El 28 de mayo de 1902, Marie Bailly, enferma de peritonitis
tuberculosa, moribunda, era una peregrina más al santuario de la Virgen de Lourdes. Cuando
se introdujo en el agua quedó instantáneamente curada. A partir
de aquí se inició un proceso habitual y perfectamente
establecido, que inicia el Bureau Medical de Lourdes, creado en 1884 como
organismo científico integrado por especialistas creyentes,
agnósticos y ateos, y que estudia si una curación va
técnicamente o no en contra de las leyes de la medicina. En 1947 su
capacidad de estudio se reforzó con la aparición de la Comission Médicale
Internationale. Establecida la realidad de la enfermedad, la curación,
la imposibilidad de dar una explicación natural y la ausencia de
recaída, algo que ocurre en no más de un 10% de los casos
presentados, una comisión canónica designada al efecto por la Iglesia dictamina si el
hecho debe ser considerado o no milagro, entre otras cosas porque haya ocurrido
en relación a circunstancias religiosas tales como la oración
ferviente. Para los procesos de canonización, el comité
médico se llama Consulta Médica y su modus operandi es
bastante similar.
Nada más (ni nada
menos) habría ocurrido aquel 28 de mayo si no hubiese estado cerca del
acontecimiento admirable un joven médico francés llamado Alexis
Carrel, que estudió la enfermedad de la moribunda Marie y presenció
su curación. Había estudiado en los jesuitas de Lyon, pero ya en
1902 era más que escéptico frente a temas religiosos.
Acompañó la peregrinación a Lourdes de Marie, como
médico de oficio, habiendo declarado poco antes que "el milagro es
un absurdo, es cierto; pero si en condiciones bien concretas se llega a
comprobar con certeza, es preciso admitirlo". En un libro que
escribiría años más tarde, titulado Mi viaje a Lourdes,
narró la experiencia y cómo por ella se convirtió al
catolicismo: el milagro físico dio como fruto el milagro moral de su
conversión. Su "defecto" fue contarlo en un artículo
para una reunión con médicos de ideología adversa, que no
dudaron en decirle que "con tales ideas la Universidad de Lyon no
le abriría jamás sus puertas", por lo que emigró a
los Estados Unidos, donde trabajó primero en el Laboratorio de
Fisiología de la
Universidad de Chicago, y desde 1906 en el prestigioso
Instituto Rockefeller de Investigación Médica, actualmente en
funcionamiento.
Alexis Carrel fue el primero en coser con éxito vasos
sanguíneos –desarrollando una técnica que impedía la
coagulación de la sangre– y en llevar a cabo transfusiones de
sangre. Desarrolló las primeras técnicas de cultivo de tejidos y
órganos separados del cuerpo, que le permitieron comenzar a trabajar en
el transplante de órganos, siendo pionero en este campo hoy tan
conocido. Por estos exitosos estudios le fue concedido el Premio Nobel en
Fisiología o Medicina en 1912 ¡a un agnóstico convertido al
catolicismo que creía en los milagros de Lourdes! Su fecunda actividad
científica no terminó aquí, si no que continuó
intensamente en años posteriores. Durante la Primera Guerra
Mundial descubrió una sustancia que evitaba la infección de las
heridas de los combatientes: la solución Carrel-Dankin. Más tarde
y en colaboración con el primer aviador que cruzaría el
Atlántico, Charles A. Lindbergh, fabricó un corazón
artificial para mantener vivos fuera del donante los órganos a
transplantar.
Poco antes de fallecer, en 1944, escribió estas palabras:
"Quiero creer y creo todo lo que la Iglesia Católica
quiere que creamos. Y no experimento en ello ninguna dificultad, ya que no
encuentro ninguna oposición con los datos reales de la ciencia."
Salvando las distancias, yo suscribo lo mismo, y me alegro de tener fe.
¿Verdad que no parece que a Alexis la fe le tarase la razón?