UNA ESPADA ATRAVESARÁ SU ALMA
Es preciso señalar que la profecía de Simeón se dirige explícitamente a María, madre de Jesús. El evangelista tiene cuidado en indicarlo. Ella, personalmente después de haber recibido las promesas de alegría en la anunciación y en el nacimiento, tiene que recibir las profecías de la contradicción, referente a su hijo, y de la espada referente a ella: < ... y, en cuanto a ti misma, una espada traspasará tu alma>,. Dos veces insiste el texto en la persona de María. Parece como si el anciano Simeón ahora fijara especialmente su mirada sobre María para darle bien a entender que el sufrimiento del que habla le concierne a ella y personalmente. A causa del sufrimiento del Mesías, su hijo, María conocerá también el dolor. Dolor que es designado como un gran sufrimiento, pues la palabra «romphaia» indica una espada de grandes dimensiones, terrible en extremo. El dolor este de la espada alcanzará lo más profundo del ser de Maña, traspasará su alma de parte a parte. La imagen es muy dura y fuerte. No se trata aquí de un superficial pesar sentimental, sino en verdad del sufrimiento más punzante que penetra hasta las profundidades del ser. ¿Qué sufrimiento es éste?
La espada es la Palabra de Dios que juzga y revela las profundidades del ser. Y esto nos recuerda la profecía de Simeón, quien también habla de este juicio y revelación de los pensamientos del corazón realizados por el Mesías, signo de contradicción que ocasiona la caída o la resurrección de los hombres. Cristo, Palabra viva y eficaz, será el revelador de los pensamientos profundos y efectuará así el juicio de los hombres que, a su voz, caerán o se levantarán. La espada, de la que habla el inciso referente a la Virgen Maña, es esta Palabra viva y eficaz que revela las intimidades y juzga los corazones. La espada que va a traspasar su alma es la Palabra, viva y eficaz en su hijo, que penetra hasta la división del alma y del espíritu, hasta las coyunturas y la médula, y discierne los pensamientos e intenciones del corazón (Hb 4, 12).
Para María, la Palabra viva de Dios es su hijo, toda su vida y su misión toda, todo lo que es él y lo que como Mesías, Hijo de Dios y Siervo‑sufriente representa. Y, pues ha aceptado esta maternidad divina, debe sobrellevarla en su vida hasta sus últimas consecuencias. Esta espada de la Palabra de Dios que ha de atravesar su alma es la realidad de la encarnación y de la redención, que se compendiarán en el sacrificio supremo de la cruz. La realidad del sacrificio redentor hundirá en su corazón una espada de dolor; e igualmente en su carne de madre ha de vivir esta realidad de la fe.
Por fin, Maña al pie de la cruz conocerá el dolor más punzante de esta espada, anunciada por Simeón, que no ha cesado de clavarse en su alma y probar su fe. Este hijo a quien ha dado a luz, educado, amado, para quien ha esperado el reino mesiánico prometido, ahora lo ve en el colmo del fracaso, crucificado como malhechor.
MAX
THURIAN
(Mariá, Madre del Señor, figura de la Iglesia, Zaragoza,1966,
pp. 156‑159 y 168)