UNA ESPADA EN MI CORAZÓN

José cumplió con los deberes del empadronamiento; buscó trabajo, y nos quedamos en Belén hasta que se cumpliera el tiempo de mi purificación y rescate de Jesús. Pensamos que no valía la pena ir a Nazaret para tener que retornar dentro de un mes. Tampoco hizo falta buscar otra casa. A cambio de vivir en la que estábamos, José reparó el tejado, las paredes y puso puerta.

Llegó el día cuarenta del parto, y salimos de mañana los tres hacia Jerusalén a cumplir con lo mandado por la Ley de Moisés sobre la purificación de las madres y el pago del rescate de los primogénitos. Como estaba cerca, nos daría tiempo a regresar por la tarde.

Ninguna mujer hebrea pensaba que cometía pecado por dar a luz. Al contrario, sabíamos que Dios nos bendecía por ser madres. Nos decían que la nuestra era una impureza legal que nos impedía durante cuarenta días tocar cualquier objeto sagrado o pisar un lugar sagrado. Era una costumbre piadosa que nos favorecía.

Durante el camino fuimos muy alegres. Si siempre era motivo de gozo para nosotros ir al templo, en esta ocasión fue mayor, al pensar que llevábamos a la casa de Dios a nuestro Jesús que tanto tenía que ver con él.

Los alrededores del templo estaban, como siempre, abigarrados de creyentes piadosos, de mendigos, de curiosos ociosos y de negociantes que gritaban mercancías para los usos del templo. A José le hubiera gustado comprar un cordero, pero contó y, restando los cinco sicios que tenía que abonar por el rescate, no le quedaba más que unas dracmas, lo justo para comprar dos palomas, que era la ofrenda de los pobres en la purificación.

Llegamos a la entrada del atrio de las mujeres. Le entregué el niño y él me dio las palomas; pasé al atrio sola, y él se quedó fuera aguardando con Jesús. Subí la escalinata que comunicaba con el atrio de Israel; deposité las palomas en su lugar, y me unil a las otras muchachas que esperaban para lo mismo en el último peldaño. Inmediatamente después del «Sacrificio Perpetuo», llegaron hasta nosotras los levitas acompañados de incienso, nos rociaron con agua lustral y rezaron oraciones. El oficiante tomó una de las palomas ofrecidas y, de un tajo, le cortó medio cuello; con su sangre roció el pie del altar, y arrojó el ave muerta sobre las brasas del altar de bronce. La purificación había terminado. Bajamos los quince peldaños y me fui a buscar a Jesús y José.

Me acerqué a ellos radiante de alegría. José se disculpó con tono apesadumbrado:

‑He hecho mal; para adelantar tiempo, he ido a pagar los cinco siclos del rescate de Jesús.

Tomé a Jesús en mis manos y lo elevé sobre mi cabeza, danzando de gozo con él. José siguió:

‑ Debía haber esperado, para ir juntos.

‑ ¿Es que no ves lo feliz que soy? Lo has hecho y bien hecho está; ¡alégrate conmigo!

En esto, se nos acercó un anciano, miró a Jesús, a mí y luego a José. Dijo que se llamaba Simeón, y nos contó que el Espíritu Santo le había revelado que, antes de morir, vería al Ungido del Señor. No pude oponerme a la petición que me insinuaba al alargar sus brazos hacia mi, y puse en ellos a Jesús. El rostro del anciano se le llenó de gozo y, alzando los ojos al cielo, exclamó:

Ya puedo, Señor, morir en paz; mis ojos, según tu promesa, están viendo tu salvación, la que has preparado ante la faz de todos los pueblos.‑ la luz para iluminar a los gentiles y gloria de Israel, tu pueblo.


José y yo nos quedamos maravillados de lo que decía: nuestro Jesús, Salvador, también de los gentiles, de todos los hombres.

Me devolvió a Jesús, nos bendijo y luego, mirándome fijamente, añadió:

Mira, este niño está destinado a ser la ruina y la resurrección de muchos en Israel, a ser signo de contradicción; a ti misma, como una espada, te traspasará el alma; y dejará al descubierto los pensamientos de muchos corazones.

Dijo esto y nos dejó solos.

Entonces me di cuenta de que mi Dios se había puesto muy cerca de mí. Me había tomado por esposa, por Madre y por hija. Comprendí que tanta cercanía me abrasaría. Pero yo no era más que su esclava, y mi deber era estar siempre obediente a sus designios. Apreté a Jesús contra mi corazón y, sin decirnos nada José y yo, emprendimos el regreso a Belén. Desde este día, mi vida fue un sobresalto continuo.

SAMUEL VALERO
(Memonas de María, memorías de
juan, Edibesa,
Madrid, 1997, pp. 24‑26)