
Ante el reciente anuncio de “Ganar salud en la escuela. Guía
para conseguirlo”, fruto de la colaboración entre el Ministerio de
Educación, Política Social y Deporte y Ministerio de Sanidad y
Consumo, Ministerio de educación y Sanidad, los padres no podemos,¡
ni debemos!, dejar a estos nuevos “actores educativos” orientar
los sentimientos de nuestros hijos y , mucho menos, proporcionarles
una educación afectivo-sexual no acorde a nuestras convicciones
morales y religiosas.
Nadie duda, y los padres somos conscientes de ello, que la
sexualidad es una parte muy importante de la vida del ser humano que
no podemos ignorar, sin embargo, no deberíamos darle más importancia
de la que tiene. Sin embargo, los padres, a pesar de que a menudo nos
encontramos con una gran dificultad en la educación de la sexualidad,
deberemos poner todos los medios a nuestro alcance para encontrar y
poner en práctica, de una manera u otra, el autentico y más adecuado
programa de educación sexual. Un programa que debe ser claro,
verdadero y completo; gradual y equilibrado. Una educación de la
sexualidad integral e integradora, conforme a los principios antropológicos
fundamentales de la naturaleza y la dignidad de la persona humana.
Un programa que enriquezca las facultades del hombre, por las que
nos diferenciamos del resto de seres vivos, y que nos capacitan en el
desarrollo libre, razonado e integral de nuestra personalidad al
servicio de una sexualidad sana y responsable: la inteligencia y la
voluntad.
Un programa que ayude a los padres, como primeros y principales
educadores de los hijos, a estar en guardia y preparados para enseñarles
que el amor no es apetencia sexual, sino una elección libre y
generosa por la que se procura el bien del otro.
No podemos caer en el error, como señala el novelista francés,
Maxence van der Meersch, de enseñarles “los más diversos
conocimientos. Les proporcionamos los maestros más eminentes. Pero en
lo que se refiere a este instinto sagrado que nace en ellos y que
gobernará su vida de hombres, de maridos y de padres, callamos
vergonzosamente. Dejamos que se instruyan entre sí. Dejamos a un
chiquillo de 14 años, más precozmente “informado” que nuestro
hijo, el cuidado de ilustrarlo acerca del más grande de los misterios
de la vida”.
Dicho esto, y bajo el amparo no solo en la legislación española,
sino también por la jurisprudencia europea, los padres debemos exigir
nuestras libertades y derechos avalados por:
- Art.27 de la Constitución Española donde “se reconoce la
libertad de enseñanza” y se garantiza “el derecho que asiste a
los padres para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral
que esté de acuerdo con sus propias convicciones” en unas
condiciones de igualdad real y efectiva.
- El art. 14 de la Carta de los Derechos Fundamentales de la Unión
Europea considera que “toda persona tiene derecho a la educación”.
Este derecho incluye la facultad de recibir gratuitamente la enseñanza
obligatoria. Se respetan, de acuerdo con las leyes nacionales que
regulen su ejercicio, la libertad de creación de centros docentes
dentro del respeto a los principios democráticos, así como el
derecho de los padres a garantizar la educación y la enseñanza de
sus hijos conforme a sus convicciones religiosas, filosóficas y pedagógicas”.
- art.16.3 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que
nos exhorta a que “la familia es el elemento natural y fundamental
de la sociedad y tiene derecho a la protección de la sociedad y del
Estado”
-Art. 26 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos que
dispone que “La educación tendrá por objeto el pleno desarrollo de
la personalidad humana y el fortalecimiento del respeto a los derechos
humanos y a las libertades fundamentales (…) los padres tendrán
derecho preferente a escoger el tipo de educación que habrá de darse
a sus hijos”.
- La Carta Europea de los Derechos del Niño considera que “la
infancia de todo individuo y las particulares circunstancias de su
entorno familiar y social determinan en gran medida su vida posterior
de adulto”, hace hincapié “en el papel primordial de la familia y
su estabilidad en el desarrollo armonioso y equilibrado del niño”.
Y señala que “el padre y la madre tienen una responsabilidad
conjunta en cuanto al desarrollo y educación”. (12)
Y en lo referente a la educación de la sexualidad añade: “El niño
deberá ser protegido frente a las enfermedades sexuales. A tales
efectos, se le deberá facilitar la información oportuna. Igualmente,
deberá proporcionársele una educación en materia sexual y las
atenciones médicas necesarias con inclusión de las medidas dirigidas
al control de la natalidad, dentro del respeto de las convicciones
filosóficas y religiosas.”
Una vez dicho esto es conveniente exponer algunos puntos
fundamentales que avalaran nuestro buen hacer en esta tarea.
PRIMERO. La educación de la sexualidad es un derecho y una
responsabilidad de los padres.
Un derecho y una responsabilidad que es prioritario, intransferible,
innegociable, indelegable e insustituible. Por lo tanto, los padres
tenemos la obligación de ejercer nuestro derecho y nuestra
responsabilidad en la educación de la sexualidad, como nos recordaba
el Dr. Marañón: “Son las manos infinitamente cuidadosas de los
padres y no ningunas otras, por sabias que sean las que tienen la máxima
eficacia para llevar a cabo la iniciación sexual”.
No solo debemos comprometernos al cien por cien, sino que debemos
implicarnos en evitar, con todos los medios disponibles, el
intervencionismo de terceros, entre ellos Gobierno y CCAA, en todo lo
que se refiere a los principios ideológicos, religiosos, morales y éticos
que consideremos esenciales para la salud física y espiritual de
nuestros hijos.
Y para ello, como bien decía Rafael Pich, pionero de la Orientación
Familiar, “en nuestra vida de familia el saber es importante, el
saber hacer es indispensable y el querer hacer es determinante (…)
Todo lo que se haga a favor de la familia será poco. La altísima y
creciente densidad microbiana antifamilia requiere con urgencia que
aumentemos las vacunas y vitaminas que ayuden a nuestras familias no sólo
a defenderse sino a contrarrestar esta infección con seguridad y
alegría, colmando la sociedad de familias fuertes, con personalidad
propia.”.
Padres, ¡no claudiquéis en la educación de los hijos! De esto
dependerá el futuro de la juventud, de la familia, y de la sociedad.
SEGUNDO. La familia es el ámbito natural y más apropiado
para la formación sexual.
A pesar de que muchos padres se sientan confusos ante esta
responsabilidad, no pueden dudar de su privilegiada capacidad de amar,
conocer y comprender las necesidades en desarrollo armónico y
equilibrado de los hijos en todas las materias, incluida, la dimensión
humana de la sexualidad.
En efecto, la familia es “ámbito natural y más apropiado para
el desarrollo de la personalidad, el espacio privilegiado donde, en un
ambiente de amor y confianza, pueden plantearse sin traumas los
interrogantes sobre la sexualidad”. De ahí que podamos señalar a
la familia como el mejor lugar donde los vínculos, el ambiente y el
tipo de convivencia, facilitan que de un modo natural se asimilen
virtudes y valores importantísimos, así como la equilibrada formación
de la personalidad y la forma más humana de entender la existencia.
Tanto es así, que Victoria Camps, Catedrática de Ética en la
Universidad Autónoma de Barcelona, señala: “hablar de virtudes públicas
(…) equivale a recordar que debe haber una moral mínima compartida
por todos, a pesar del pluralismo de ideologías y de la relatividad
de las creencias. Los derechos humanos han sido proclamados como
derechos universales, y la obligación de respetarlos y defenderlos
nos concierne a todos. Hablar de virtudes públicas equivale a hablar
de compromiso cívico o de civismo”.
De ahí que, “los primeros años en familia, y la manera en que
el niño los interpreta, contribuyen a la formación de actitudes,
valores y comportamientos que tienden a persistir en y durante la vida
adulta. Es verdad que la familia no es la única fuerza modeladora en
la vida de un niño: el colegio, los amigos y las instituciones de
enseñanza superior (a lo que podríamos añadir las “normas y
costumbres” que profanan el verdadero significado de la sexualidad y
que son alentadas por los medios de comunicación como televisión,
internet, videos, películas, libros y revistas), también influyen en
las actitudes y valores. Pero nada tiene mayor impacto en un niño que
su experiencia familiar, en particular el amor de sus padres y la
disciplina, pero ésta sólo puede alcanzar su impacto máximo en la
vida de un niño en el momento en que los padres se dan cuenta de este
mismo hecho y hacen un uso adecuado de él.” (Mercedes Arzú de
Wilson, Guía práctica de educación y sexualidad, Ed.Palabra, 1998)
Es cierto que durante años, nos han hecho creer que al no haber
recibido la instrucción de una adecuada educación de la sexualidad,
los padres no estábamos preparados para esta tarea, y que por tanto,
era mejor dejarla en manos de “expertos de reconocida solvencia”.
Unos “expertos” que reconocen abiertamente que este tipo de
relaciones son naturales y necesarias para su desarrollo, o incluso
que los jóvenes y adolescentes no deben controlar sus impulsos, y por
tanto se les debe facilitar la información, el uso y el disfrute de
sus “necesidades” para evitar consecuencias perjudiciales al
desarrollo de la personalidad.
Más aún, los padres, no podemos ni debemos arrojarlos, muchas
veces por comodidad, miedo e ignorancia, al pozo sin fondo de la
irresponsabilidad sexual que fomenta prácticas sexuales precoces, la
búsqueda de nuevas sensaciones, el consumismo enfermizo y habitual de
sexo que les llevará a una disfunción sexual sin precedentes.
Advertirles que, desgraciadamente un día no muy lejano, este
bombardeo de sensaciones contradictorias les llevará al “síndrome
del aburrimiento” en el cual, la apatía, la indiferencia y el,
desencanto serán los síntomas del consumo indiscriminado en la búsqueda
de placer, es responsabilidad de los padres.
Si esto no ocurriera, si dejáramos a otros “actores” tomar el
mando de la educación de la sexualidad de nuestros hijos, si permitiéramos
una suplantación de la patria potestad reconocida en la Constitución,
estaríamos violando no solo los derechos y deberes de los padres a
educar y proteger a nuestros hijos, sino que les estaríamos haciendo
un flaco favor, del que solo nosotros seríamos los únicos y
principales responsables subsidiarios.
Padres, ¡no violemos nuestros derechos y responsabilidades!
Porque, y aunque parezca algo repetitivo volver a destacar este punto,
los padres, movidos por el amor, el cariño y la comprensión por cada
uno de nuestros hijos, somos los protagonistas principales,
irreemplazables, necesarios y los más adecuados protagonistas en su
educación.
Nadie conoce mejor a sus hijos que nosotros mismo. Y nadie, mejor
que los padres, tienen el privilegio de crear una escuela de valores
culturales, éticos, sociales, espirituales y religiosos, como es la
familia, donde los niños, jóvenes y mayores aprendamos a vivir el
amor y del amor que tanta falta hace en la sociedad actual. Y en donde
se transmiten, se aprecian y se respetan, con una facilidad
extraordinaria, los valores fundamentales de la existencia humana.
Una escuela donde el ambiente de confianza, sinceridad, y
naturalidad, necesario para la educación de la sexualidad, se realiza
de modo gradual, integral y coherente, de forma individualizada,
progresiva y continua según las necesidades afectivas, emocionales y
sociales de cada hijo en las distintas etapas en el desarrollo de su
personalidad.
Porque solo los padres, o aquellos a quién, bajo nuestra atenta
mirada, deleguemos parte de esa educación, sabe encarar la educación
de la sexualidad “conforme a sus convicciones morales y religiosas,
teniendo presentes las tradiciones culturales de la familia que
favorecen el bien y la dignidad del hijo”. (Carta de los derechos de
la familia, de 1983, del Pontificio Consejo para la Familia).
Ahora bien, sin olvidarnos de aquellas palabras de Séneca:
“Lento es enseñar por medio de la teoría, breve y eficaz, por
medio del ejemplo”. O como señala David Isaacs en su libro “La
educación de las virtudes”: “Si nuestros criterios -lo más
valioso que tenemos- son buenos y los vivimos congruentemente no hará
falta “convencer” a los hijos. Se tratará, más bien de dejarse
ver, exigir y orientar. ¡Que los niños vean que luchamos en
conseguir las mismas metas que les exigimos a ellos, sencillamente
porque es bueno para nosotros y para los demás! Los hijos necesitan
tres cosas básicas para aprender: tener un MODELO, saber IMITAR y si
se lo hacemos atractivo, tendrán GANAS DE REPETIR”.
TERCERO. La familia necesita la colaboración del centro
educativo.
De ahí la importancia de la libertad de los padres a la hora de
elegir un centro educativo acorde a sus convicciones preferencias
morales, religiosas, filosóficas y pedagógicas, como señala el
art.14 de la Declaración de derechos fundamentales de la Unión
Europea (7-XII-2000)
Porque, “los educadores están llamados a formar personas. Más
allá de una simple información que ofrezca datos, ciertamente
necesaria, sobre la sexualidad, ellos pueden articular un programa de
formación que ofrezca valores y criterios sólidos de discerni¬miento
para orientar el comportamiento hu¬mano responsable en este
campo". (Sobre algunos aspectos referentes a la sexualidad y a su
valoración Moral, Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe).
Con su quehacer profesional deben ayudar a los padres en la educación
de sus hijos. Para ello, padres y profesores deben estar coordinados
en el proyecto y finalidad de la tarea educativa.
Los padres ponen en manos de los profesores, del centro escolar,
parte de su derecho educativo. De ellos depende motivar, guiar el
comportamiento del alumno, y completar la labor de los padres.
Para ello, y en la tarea de la educación de la sexualidad
concretamente, los profesores deberán crear un clima de confianza,
delicadeza y respeto que les permita dialogar con el alumno, y en el
que se facilite que el alumno pida consejos ante las dudas que pueda
tener a la hora de desarrollar un criterio y un comportamiento de la
sexualidad recto y positivo.
Ahora bien, para la consecución de este objetivo, y dada su
complejidad, es necesario un profesional competente, que goce de una
total confianza de los padres para impartir esta materia, y que les
estimule a vivir una serie de valores imprescindibles a la hora de
desarrollar de una manera armónica todas sus capacidades, en
especial, la entrega y generosidad que late en los corazones de
nuestros adolescentes y jóvenes. Puesto que, “la formación y el
desarrollo de una personalidad armónica exigen una atmósfera serena,
fruto de comprensión, confianza recíproca y colaboración entre los
responsables. Esto se logra con el mutuo respeto a la competencia
específica de los diversos operadores de la educación, a las
respectivas responsabilidades y a la elección de los medios
diferenciados a disposición de cada uno”. (Orientaciones educativas
sobre el amor humano. Sagrada Congregación para la educación católica)
CUARTO. El estado no puede inmiscuirse en la educación de
la sexualidad.
La dejación del derecho y la responsabilidad de los padres, por
ignorancia, comodidad, y muchas veces por ingenuidad, deja la puerta
abierta a una, llamémosle invasión prepotente del Estado en la tarea
educativa de nuestros hijos. Una invasión que, como hemos visto en
casos recientes, pretenden secuestrar la conciencia y las actitudes de
nuestros hijos, cuestionando la educación que los padres quieren para
sus hijos, con un único objetivo: introducir una nueva “Moral de
estado”, institucional y obligatoria para las próximas generaciones
de jóvenes españoles, con la que poder manipular las mentes de
nuestros hijos e imponer su doctrina.
Un aspecto fundamental de este hecho es el abuso de autoridad de la
Administración pública y sus instituciones que se promueve con la
implantación de una concepción del hombre y de su dimensión humana
de la sexualidad, en gran parte contrarias a sus convicciones morales,
religiosas, y afectivas; a través de la difusión, por ejemplo, de guías,
folletos, y páginas web.
Después de todo, no solo perjudican seriamente el desarrollo físico,
mental y moral de los menores, sino que vulneran claramente el derecho
fundamental de los padres en la educación de sus hijos y las normas
de protección de la moralidad de los niños y jóvenes establecidas
en la Constitución española. (Ver Constitución Española números 1
0, 16, 20, 4; 27, 2-3; 39, 4.)
Es deber del Estado tutelar a los ciudadanos contra sus propias
injerencias y usurpaciones de nuestros derechos y deberes como padres
responsables de la educación de nuestros hijos. Más aún, es
obligación del Estado apoyar a los padres a recuperar, mediante la
educación y el ejemplo, los auténticos valores éticos y morales que
ensalcen la Dignidad de la persona humana. Esto supone una labor
urgente de la que, los padres, como primeros y principales educadores
de sus hijos, no podemos evadirnos. Es más, es nuestra
responsabilidad, encontrar soluciones lo más inmediatas posibles para
solucionar este problema.