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Una receta de Benedicto XVI para tiempos
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La cita no es reciente,
sino del año pasado, pero realmente es intemporal, vale
para siempre y especialmente para los tiempos dífíciles.
Se puede resumir en las siguientes palabras del Papa:
"Quien ora no pierde nunca la esperanza".
Vivimos en un mundo en que muchas cosas no van, se mire
por donde se mire, pues si uno es de una tendencia o con
unos gustos o sensibilidad determinados se fijará en
determinadas cosas que no le gustan y si es de distinta
tendencia se fijara en otras. En la Iglesia, que es una
gran madre, caben dichas distintas tendencias y el
creyente, tenga el bagaje cultural y teológico que
tenga, con facilidad, se da cuenta de muchas cosas que
en el mundo no van según el plan del Creador. Con esta
constatación el cristiano de conciencia delicada puede
sufrir grandemente, no hay duda.
Soluciones:
¿Enfadarse? ¿Estresarse? ¿Aumentar cada vez más el
volumen de nuestra crítica a "los malos"? ¿Perder
la paciencia? Cada uno que se quede con la que quiera, a
mi me encanta la que nos propone Benedicto XVI y os la
presento como posible meditación para el fin de semana,
después de una semana (y otras anteriores) llena de
noticias que nos pueden quitar la paz del corazón. He
aquí las palabras del Papa:
"Quien ora no pierde nunca la esperanza, aun
cuando se llegue a encontrar en situaciones difíciles e
incluso humanamente desesperadas. Esto nos enseña la
sagrada Escritura y de esto da testimonio la historia de
la Iglesia. En efecto, ¡cuántos ejemplos podríamos
citar de situaciones en las que precisamente la oración
ha sido la que ha sostenido el camino de los santos y
del pueblo cristiano! Entre los testimonios de nuestra
época quiero citar el de dos santos cuya memoria
celebramos en estos días: Teresa Benedicta de la Cruz,
Edith Stein, cuya fiesta celebramos el 9 de agosto, y
Maximiliano María Kolbe al que recordaremos mañana, 14
de agosto, vigilia de la solemnidad de la Asunción de
la Bienaventurada Virgen María. Ambos concluyeron su
vida terrena con el martirio en el campo de concentración
de Auschwitz. Aparentemente su existencia se podría
considerar una derrota, pero precisamente en su martirio
resplandece el fulgor del amor que vence las tinieblas
del egoísmo y del odio. A san Maximiliano Kolbe se le
atribuyen las siguientes palabras que habría
pronunciado en el pleno furor de la persecución nazi:
«El odio no es una fuerza creativa: lo es sólo el amor».
El generoso ofrecimiento que hizo de sí en lugar de un
compañero de prisión, ofrecimiento que culminó con la
muerte en el búnker del hambre, el 14 de agosto de
1941, fue una prueba heroica de amor.
Edith Stein, el 6 de agosto del año sucesivo, tres días
antes de su dramático fin, acercándose a algunas
hermanas del monasterio de Echt, en Holanda, les dijo:
«Estoy preparada para todo. Jesús está también aquí
en medio de nosotras. Hasta ahora he podido rezar muy bien
y he dicho con todo el corazón: “Ave, Crux, spes
unica”». Testigos que lograron escapar de la horrible
masacre contaron que Teresa Benedicta de la Cruz, mientras
vestida con el hábito carmelitano avanzaba consciente hacia
la muerte, se distinguía por su porte lleno de paz, por
su actitud serena y por su comportamiento tranquilo y
atento a las necesidades de todos. La oración fue el
secreto de esta santa copatrona de Europa, que «aun después
de haber alcanzado la verdad en la paz de la vida contemplativa,
debió vivir hasta el fondo el misterio de la cruz» (Juan
Pablo II, carta apostólica Spes aedificandi, 1 de
octubre de 1999, n. 8).
«Ave Maria!»: fue la última invocación salida de los
labios de san Maximiliano María Kolbe mientras ofrecía
su brazo al que lo mataba con una inyección de ácido fénico.
Es conmovedor constatar que acudir humilde y
confiadamente a la Virgen es siempre fuente de valor y
serenidad. Mientras nos preparamos a celebrar la
solemnidad de la Asunción, que es una de las fiestas
marianas más arraigadas en la tradición cristiana,
renovemos nuestra confianza en Aquella que desde el
cielo vela con amor materno sobre nosotros en todo
momento. Esto es lo que decimos en la oración familiar
del avemaría, pidiéndole que ruegue por nosotros «ahora
y en la hora de nuestra muerte». "
Alberto Royo Mejía
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