En septiembre de 2002 señalaba en el Corriere della Sera los
errores históricos y las mentiras de una película inglesa,
«Las hermanas de la Magdalena», proyectada
aposta para dar una imagen odiosa de la educación católica.
Viendo al público aplaudir al término de la proyección de
aquel cúmulo de calumnias me di cuenta de que la culpa no era
suya, sino de la falta de información, una información que
nadie se había preocupado de darles. No sabían cómo
ocurrieron de verdad las cosas en aquellas cárceles femeninas
de la Irlanda de los años cincuenta, dependientes del Estado
y gestionadas por monjas; tomaron por verdadera la
tendenciosidad del director y por «valiente denuncia» la típica
perspectiva del típico ex seminarista que decide vengarse de
su pasado. Por tanto, su aplauso era justificado, creían que
habían visto una historia verdadera. Confirmé entonces -así
lo escribí en el periódico- que el catolicismo necesita hoy
más que nunca de una Antidefamation League (Liga
de Antidifamación) a imagen y semejanza de la (a
menudo implacable) League que tienen los judíos
desde hace tanto tiempo.
No tengo la tentación, faltaría más, de coartar o intimidar
la libertad de expresión de nadie, pero sí una «tolerancia
cero» ante las mentiras, las imprecisiones interesadas, los
errores de hecho. Debemos contrastar, por tanto, no las
opiniones, sino las falsedades históricas sobre las cuales se
basan demasiado a menudo esas opiniones. Por poner un ejemplo,
entre los muchos posibles: a propósito del eterno,
aburridisimo «caso Galileo», no podemos dejar de desmentir
precisa y rotundamente a quien afirma que Galileo
Galilei fue torturado, que fue encarcelado, que se le
prohibió trabajar. Y (por citar otro lugar común) quien
afirma que las víctimas de la Inquisición fueron millones y
otras tantas las que fueron quemadas en la hoguera por brujería,
o los homosexuales quemados por orden eclesiástica, debe ser
puesto de inmediato ante la realidad de los hechos.
Réplica a la
mentira
Es lo que yo, y otros muchos que escriben en éste y
otros periódicos, hemos hecho y seguimos haciendo: pero como
algo privado, aislado, sin posibilidad de replicar a todo. Lo
que necesitaríamos es una estructura. Pero, por favor, no
otra burocracia eclesial más, sino algo pequeño, ágil,
motivado, informado, en condiciones de replicar (o de hacer
replicar) punto por punto a todas las noticias falsas que cada
día nos llegan desde los medios de comunicación. ¿Por qué
sólo a la Iglesia y su historia pueden ser difamadas sin que
nadie intervenga para desmentirlo? La Iglesia católica
(a pesar de todo) no carece de historiadores
informados, de personas de indudable valor cultural, en
condiciones de aclarar, de precisar y de desmentir.
La deseada «Liga» debería servir como instrumento de
acuerdo para intervenir en primera persona o, más a menudo,
para hacer intervenir oportunamente a la persona adecuada. El staff
debería estar flanqueado por un equipo de buenos
abogados. Porque muchos creen que los desmentidos sobre datos
importantes son confiados al buen corazón o a la honestidad
de la dirección de los periódicos cuando, en realidad,
existen leyes precisas que dan derecho de réplica y
establecen la visibilidad con la que los desmentidos deben ser
publicados: no es necesario pedir nuevas leyes, se trata de
conocer bien y aplicar las que ya existen.
La mentira, cuando es demostrable como tal, no tiene derecho
de ciudadanía ni aunque lo pida el legislador estatal. Está
claro que, si la estructura tuviera que comenzar en Italia,
podría actuar solo a nivel nacional, pero podría servir de
ejemplo y de estímulo para la creación de organizaciones
parecidas en todos los países. La ganancia no sería solo
para los creyentes y para la honorabilidad de la Iglesia, sino
para la verdad tout court, la verdad que es condición
indispensable para hacernos libres a todos, también a los no
creyentes y a los no cristianos. Y la ganancia sería también
para los muchos que siempre escriben y hablan por hablar:
saber que alguien vigila e interviene -como nos enseña la Antidefamation
League judía- inspira prudencia y lleva a informarse
mejor. Iniciativa propia. La Iglesia no ha sido nunca -y no lo
será, gracias a Dios- como los regímenes
comunistas o fascistas de infausta memoria, donde todo venía
de lo Alto -el Estado, el partido el Gobierno- y los súbditos
obedecían pasivamente. En la Iglesia católica ha estado
siempre activo aquel «principio de subsidiariedad» que ahora
Europa ha descubierto y que lleva a los individuos a hacer
todo lo que puedan hacer solos y que sea útil al bien de la
comunidad. ¿Acaso los santos, empezando por aquellos llamados
«sociales», han esperado a que se moviese «el Vaticano»
para proyectar, fundar, gestionar sus obras extraordinarias?
De la jerarquía esperaban sólo la aprobación, o en el peor
de los casos, esperaban que no les pusieran trabas (cuando no
persecuciones).
Apoyo económico
Por tanto, también la Liga de la que hablo puede -quizá
debe- nacer por iniciativa «privada», como obra de un grupo
de creyentes. Pero la intervención de la Iglesia puede ser
decisiva, al menos en los primeros momentos, para exhortar,
aconsejar, y quizá también ayudar económicamente. El
voluntariado no basta para una obra de semejante calibre y
delicadeza. Desde hace años se oye hablar mucho de un «proyecto
cultural» cuyos contenidos concretos escapan a muchos, quizá
por su culpa, o quizá por una información demasiado difusa.
De ese «proyecto», que me dicen que será costoso, ¿no podría
formar parte también la atención a una Roman Catholic
Antidefamation League?
Traducción: Mar Velasco
© ReL (Grupo Libres) en lengua española