¿Vale
la pena defender la vida?
Jorge Enrique Mújica
jem@arcol.org
Cada vez hay más legislaciones
que se van decantando por la despenalización del aborto, por la promoción
de medidas jurídicas que permitan la unión de personas del mismo sexo,
lesionando el papel de la familia, y por la regulación de la eutanasia
como derecho. Todos ellos son atentados contra la vida en su inicio, en
su desarrollo o en su término natural. El panorama, muchas veces desalentador,
nos hace preguntarnos con seriedad, ¿sirve de algo ir contra esa corriente
que ve al ser humano como un objeto y no como un sujeto?
Fijemos nuestra atención
solamente en los casos que van contra la vida humana en su inicio. Recientemente,
en el Reino Unido, la ficción se ha hecho realidad una vez más con la
ley que permite crear embriones humano-animales para la experimentación.
Es verdad que la misma ley establece un tiempo de vida tras el cual deben
ser eliminados los embriones, pero el hecho hace repetirnos una vez más
la pregunta, ¿todo lo técnicamente posible es éticamente válido?
Cada vez es menos frecuente
encontrarse con niños down por las calles. En los países más desarrollados,
si no están ya extintos, están al borde de la extinción. La maravillosa
oportunidad de conocer el estado de un bebé antes de nacer, degeneró en
selección de quién debía ver la luz del mundo y quién no tuvo esa oportunidad.
Existen dos modos antitéticos
de valorar al hijo. Uno consiste en verlo como coronación del amor consumado
en la unión sexual entre los padres. Otro es convertirlo en el producto
de un capricho a través de la fecundación asistida.
Frente a todo esto nace
una vez más la pregunta, ¿vale la pena defender la vida? Y la respuesta,
pese a los pocos ánimos que da el panorama, pese al triste y decepcionante
espectáculo que se constata en muchas partes, es que sí.
Vale la pena defender al
ser humano que lo es desde el momento de la unión entre el óvulo y el
espermatozoide, a ese ser humano individual y autónomo distinto a la mujer
que lo lleva en el vientre y que se desarrolla continua y gradualmente.
Frente a quienes exigen decidir sobre el propio cuerpo, defendemos el derecho
a no violentar el cuerpo del otro, menos aún si más que violencia necesita
protección.
Vale la pena defender al
ser humano aunque sus características físicas y mentales, incluso ya conocidas
por sus padres antes de nacer, no sean las mismas que el común de la humanidad.
Y es que la felicidad no depende de la perfección física del cuerpo o
del nivel de inteligencia, sino de la capacidad de ser amado y de amar que
desarrollará a lo largo de su existencia. Una incapacidad no es una condena
que impida la vida y el hombre no es nadie para decidir quién vive y quién
no. Eso supondría una desigualdad.
Vale la pena defender
al ser humano porque la vida humana proviene naturalmente del amor
expresado dentro del matrimonio. El deseo de un hijo no genera el
derecho a tenerlo. Un hijo es un sujeto, no un objeto. Es persona, no
cosa. Nadie tiene un derecho absoluto e incondicionado a tener un hijo,
ya que ninguna persona es debida a otra como si fuera un bien
instrumental.
Vale la pena defender
al ser humano porque los científicos tienen el derecho a
investigar, pero nunca poniendo en juego la vida de otros o atentando
contra la dignidad humana. Los derechos de unos no valen más que los de
otros. El verdadero progreso ayuda al hombre a realizarse y construir
una sociedad más justa, jamás fomentará la desigualdad ni
subordinará el uso de seres humanos al poder de otros.
Vale la pena defender
al ser humano porque somos humanos y la vida del otro no nos puede ser
indiferente. El derecho más fundamental es el de la vida, de él se
desprenden todos los demás.
Defender la vida
significa también defender la familia natural basado en el matrimonio
entre un hombre y una mujer. Ahí se aprende a aceptar, cuidar y
respetar la vida. Y es que la persona vale por “ser humano”, no por
sus cualidades. En la familia se aprende a valorar a cada persona por sí
misma y no por lo que hace o para lo que sirve
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