"Veni Creator Spiritus". Para una ecología del hombre
Y del hombre creado varón y mujer. En el discurso por Navidad a la
curia romana Benedicto XVI discute la ideología del "gender".
Y rompe una lanza en defensa de la más debatidas de las encíclicas, la
"Humanae Vitae"
por Sandro Magister
ROMA, 24 de diciembre del 2008 – Hace dos días, augurando una feliz
Navidad a la curia romana, Benedicto XVI se dirigió en realidad a toda
la Iglesia y al mundo. Como ya ha ocurrido en los años anteriores,
también esta vez en el discurso por Navidad el Papa ha vuelto resaltar
algunas líneas maestras de su pontificado.
En el 2005 el foco del discurso fue la interpretación y actualización
del Concilio Vaticano II, así como la relación entre continuidad y
renovación en la Iglesia.
En el 2006 el Papa puso al centro la cuestión sobre Dios. Además,
tomando pie de su viaje a Estambul, formuló del modo más claro su visión
de la relación con el Islam, proponiendo al mundo musulmán el
recorrido ya realizado por el cristianismo ante el desafío del
Iluminismo.
En el 2007 Benedicto XVI puso el foco en la urgencia para la Iglesia de
ponerse en estado de misión con todos los pueblos de la tierra.
Este año, tomando pie de la Jornada Mundial de la Juventud de Sydney y
del Sínodo de los Obispos sobre la Palabra de Dios, el Papa Joseph
Ratzinger ha desarrollado una reflexión sobre el Espíritu Santo, la más
"olvidada" – había dicho en Sydney – de las tres personas
de la Santa Trinidad, que sin embargo incide grandemente en la vida del
hombre y del cosmos.
Todo el discurso puede ser leído en el sitio web del Vaticano,
paulatinamente traducido en las diferentes lenguas, mientras aquí a
continuación reportamos el bloque más importante. En ello Benedicto
XVI reflexiona primero sobre la Jornada Mundial de la Juventud, y luego
sobre el Espíritu Santo.
A propósito de la Jornada Mundial de la Juventud el Papa le da la
vuelta al juicio corriente – sostenido también por "voces católicas"
– que reduce tales encuentros a "una especie de festival rock
modificado en sentido eclesial con el Papa como la estrella". No,
dice. El Papa es "total y solamente vicario" de al única
presencia que cuenta, la de Jesús crucificado y resucitado.
En cuanto al Espíritu Santo, Benedicto XVI insiste ante todo sobre su
ser "creador". El cosmos porta en sí sus signos en cuanto
"estructura matemática", ordenada, y por esto inteligible a
las modernas ciencias de la naturaleza. Pero también el hombre tiene en
sí los signos del orden de lo creado. Su ser hombre y mujer "no es
una metafísica superada" y el matrimonio es "sacramento de la
creación". La ideología de género, que confía al individuo la
arbitrariedad sobre su propio sexo, en realidad termina por destruir en
vez de proteger. Es de una "ecología del hombre" de lo que se
tiene necesidad, además que de la naturaleza. El respeto del orden de
la creación "no significa contradicción de nuestra libertad sino
su condición".
En fuerza de estas consideraciones, sobre el final de la parte dedicada
al Espíritu creador, el Papa Ratzinger exalta con palabras vibrantes la
encíclica de Pablo VI "Humanae vitae", porque defiende
"el amor en contra de la sensualidad como consumo, el futuro en
contra de la pretensión exclusiva del presente y la naturaleza del
hombre en contra de su manipulación"
Y con ello rechaza las protestas últimamente dirigidas contra esta encíclica
por un cardenal con notoriedad, Carlo Maria Martini.
Aquí pues, la parte más amplia del discurso leído por el Papa el 22
de diciembre del 2008 a la curia romana reunida en la Sala Clementina:
"La fe en el Espíritu creador es un contenido
esencial del Credo cristiano"
por Benedicto XVI
[...] De la presencia de la Palabra de Dios, de Dios mismo en la hora
actual de la historia se ha tratado [aparte del Sínodo] también en los
viajes pastorales de este año: el verdadero sentido de los mismos sólo
puede ser el de servir a esta presencia. En tales ocasiones la Iglesia
se hace públicamente perceptible, con ella la fe y por tanto, al menos,
la cuestión acerca de Dios. Este manifestarse en público de la fe ya
es algo que invita a la discusión a todos aquellos que buscan entender
el tiempo presente y las fuerzas que operan en él.
Especialmente el fenómeno de las Jornadas Mundiales de la Juventud cada
vez se hace más motivo de análisis. [...] Los análisis de moda
tienden a considerar estas jornadas como una variante de la moderna
cultura juvenil, como una especie de festival rock modificado en sentido
eclesial con el Papa como la "estrella". Con o sin fe, estos
festivales serían en el fondo siempre la misma cosa, y así se piensa
que se puede eliminar la cuestión sobre Dios. Hay también voces católicas
que siguen esta línea considerando todo eso como un gran espectáculo,
hermoso, pero de poco significado para la cuestión sobre la fe y sobre
la presencia del Evangelio en nuestro tiempo. Serían momentos de un éxtasis
festivo, que al final de cuentas dejarían todo como al principio, sin
influir en modo más profundo sobre la vida.
Sin embargo, con ello la peculiaridad de aquellas jornadas y el carácter
particular de su alegría, de su fuerza creadora de comunión, no
encuentran explicación alguna. Ante todo es importante tener en cuenta
el hecho que las Jornadas Mundiales de la Juventud no consisten
solamente en esa única semana en que son públicamente visibles al
mundo. Hay un largo camino exterior e interior que conducen a ellas. La
cruz, acompañada de la imagen de la Madre del Señor, hace una
peregrinación a través de los países. La fe, a su modo, tiene
necesidad de ver y de tocar. El encuentro con la cruz, que es tocada y
portada, se vuelve un encuentro interior con Aquel que sobre la cruz
murió por nosotros. El encuentro con la cruz suscita en lo íntimo de
los jóvenes la memoria de aquel Dios que ha querido hacerse hombre y
sufrir con nosotros. Y vemos a la mujer que Él nos ha dado como Madre.
Las Jornadas solemnes son solamente el culmen de un largo camino, con el
cual los unos van al encuentro de los otros, y juntos van al encuentro
de Cristo. No por casualidad Australia el largo Vía Crucis a través de
la ciudad se volvió el evento culminante de esa jornada. En él se
resumía una vez más todo lo que había ocurrido en los años
precedentes e indicaba a Aquel que nos reúne a todos nosotros: aquel
Dios que nos ama hasta la Cruz. Así incluso el Papa no es la
"estrella" en torno a la cual gira todo. Él es totalmente y
solamente vicario. Remite a Otro que está en medio de nosotros. En fin,
la liturgia solemne es el centro de todo en conjunto, porque en ella
ocurre lo que nosotros no podemos realizar y de la cual, sin embargo,
estamos siempre a la espera. Él está presente. Él entre en medio de
nosotros. Ha abierto los cielos y esto hace luminosa la tierra. Es esto
lo que hace alegre y abierta la vida y une los unos a los otros en un
gozo que no se compara con el éxtasis de un festival de rock. Friedrich
Nietzsche dijo una vez: "La habilidad no está en organizar una
fiesta, sino en encontrar a las personas capaces de sacarle alegría".
Según la Escritura, la alegría es fruto del Espíritu Santo (Ga 5,22):
este fruto se percibía abundantemente en los días de Sydney. Como un
largo camino precede a las Jornadas de la Juventud, así les sigue también
un largo camino posterior. Se forman amistades que alientan a un estilo
de vida diferente y lo sostienen desde dentro. Las grandes Jornadas
tienen, no como el final, el objetivo de suscitar tales amistades y de
hacer surgir de este modo en el mundo lugares de vida en la fe que son a
la vez lugares de esperanza y de caridad vivida.
La alegría como fruto del Espíritu Santo: y así hemos llegado al tema
central de Sydney que, justamente, era el Espíritu Santo. En esta
retrospectiva quisiera referirme de manera resumida a la orientación
implícita en tal tema. Teniendo presente el testimonio de la Escritura
y de la Tradición, se reconocen fácilmente cuatro dimensiones del tema
"Espíritu Santo".
1. Existe ante todo la afirmación que nos viene al encuentro desde el
inicio del relato de la creación: se nos habla del Espíritu creador
que aletea sobre las aguas, crea el mundo y continuamente lo renueva. La
fe en el Espíritu creador es un contenido esencial del Credo cristiano.
El dato de que la materia lleva en sí una estructura matemática, está
llena de espíritu, es el fundamento sobre el cual se apoyan las
modernas ciencias de la naturaleza. Sólo porque la materia está
estructurada en modo inteligente es que nuestro espíritu está en la
capacidad de interpretarla y de remodelarla activamente. El hecho de que
esta estructura inteligente proviene del mismo Espíritu creador que nos
ha donado el espíritu también a nosotros, comporta juntamente una
tarea y una responsabilidad. En la fe sobre la creación está el
fundamento último de nuestra responsabilidad por la tierra. Ella no es
simplemente propiedad nuestra que podemos usufructuar según nuestros
intereses y deseos. Es más bien don del Creador que ha diseñado sus
ordenamientos intrínsecos y con ello nos ha dado las señales
orientadoras a las cuales atenernos como administradores de su creación.
El hecho de que la tierra, el cosmos, reflejen el Espíritu creador,
significa también que sus estructuras racionales, que más allá del
orden matemático, en el experimento se hacen casi palpables, llevan en
sí también una orientación ética. El Espíritu que las ha plasmado
es más que matemática: es el Bien en persona que, mediante el lenguaje
de la creación, nos indica el camino de la vida recta.
Ya que la fe en el Creador es una parte esencial del Credo cristiano, la
Iglesia no puede y no debe limitarse a trasmitir a sus fieles solamente
el mensaje de la salvación. Ella tiene una responsabilidad por lo
creado y debe hacer valer esta responsabilidad también en público. Y
haciéndolo debe defender no sólo la tierra, el agua y el aire, como
dones de la creación para todos. Debe proteger también al hombre
contra la destrucción de sí mismo. Es necesario que haya algo como una
ecología del hombre, entendida en el sentido justo. No es una metafísica
superada si la Iglesia habla de la naturaleza del ser humano como hombre
y mujer y pide que este orden de la creación sea respetado. Aquí se
trata del hecho de la fe en el Creador y de la escucha del lenguaje de
la creación, cuyo desprecio sería una autodestrucción del hombre y
por lo tanto una destrucción de la misma obra de Dios. Lo que
frecuentemente es expresado y entendido con el término de "género",
se resuelve en definitiva en la autoemancipación del hombre de lo
creado y del Creador. El hombre quiere hacerse solo y disponer siempre y
exclusivamente solo de aquello que le incumbe. Pero de este modo vive en
contra de la verdad, vive en contra del Espíritu creador. Los bosques
tropicales ameritan, sí, nuestra protección, pero no la merece menos
el hombre como creatura, en la cual está inscrito el mensaje que no
significa contradicción de nuestra libertad, sino su condición.
Grandes teólogos de la Escolástica han calificado el matrimonio, es
decir la unión para toda la vida entre un hombre y una mujer, como
sacramento de la creación, que el mismo Creador ha instituido y que
Cristo – sin modificar el mensaje de la creación – ha luego acogido
en la historia de su alianza con los hombres. Hace parte del anuncio que
la Iglesia debe trasmitir el testimonio a favor del Espíritu creador
presente en la naturaleza en su conjunto y en especial modo en la
naturaleza del hombre, creado a imagen de Dios. Partiendo de esta
perspectiva sería necesario volver a leer la "Huamanae
vitae": la intención del Papa Pablo VI era defender el amor en
contra de la sensualidad como consumo, el futuro en contra de la
pretensión exclusiva del presente y la naturaleza del hombre en contra
de su manipulación
2. Sólo una ulterior breve alusión sobre las otras dimensiones de la
pneumatología. Si el Espíritu creador se manifiesta ante todo en la
grandeza silenciosa del universo, en su estructura inteligente, la fe, más
allá de eso, nos dice una cosa inesperada, que este Espíritu habla,
por decir así, también con palabras humanas, ha entrado en la historia
y, como fuerza que plasma la historia, es también un Espíritu
parlante, más aún, es Palabra que en los Escritos del Antiguo y del
Nuevo Testamento nos viene al encuentro. San Ambrosio ha expresado
maravillosamente en una de sus cartas qué es lo que esto significa para
nosotros: "También ahora, mientras leo las divinas Escrituras,
Dios pasea en el Paraíso" (Ep. 49, 3). Leyendo las Escrituras,
nosotros podemos también hoy casi vagar en el jardín del Paraíso y
encontrar a Dios que pasea allí: entre el tema de la Jornada Mundial de
la Juventud en Australia y el tema del Sínodo de los Obispos existe una
profunda conexión interior. Los dos temas "Espíritu Santo" y
"Palabra de Dios" van juntos. Pero leyendo la Escritura
aprendemos también que Cristo y el Espíritu Santo son inseparables. Si
Pablo con desconcertante síntesis afirma: "El Señor es el Espíritu"
(2 Cor 3,17), parece no sólo, en el trasfondo, la unidad respecto a la
historia de la salvación: en la pasión y resurrección de Cristo son
arrancados los velos del sentido meramente literal y se hace visible la
presencia de Dios que está hablando. Leyendo la Escritura junto con
Cristo aprendemos a escuchar en las palabras humanas las voces del Espíritu
Santo y descubrimos la unidad de la Biblia.
3. Con ello llegamos ya a la tercera dimensión de la pneumatología que
consiste, precisamente, en la inseparabilidad de Cristo y del Espíritu
Santo. En la manera quizá más bella esta se manifiesta en el relato
del san Juan sobre la primera aparición del Resucitado frente a los
discípulos: el Señor sopla sobre los discípulos y les dona de este
modo el Espíritu Santo. El Espíritu Santo es el soplo de Cristo. Y
como el soplo de Dios en la mañana de la creación había trasformado
el polvo del suelo en hombre viviente, así el soplo de Cristo nos acoge
en la comunión ontológica con el Hijo, nos hace nueva creación. Por
esto es el Espíritu Santo el que nos hace decir junto con el Hijo:
"¡Abba, Padre!" (Jn 20,22; Rom 8,15)
4. Así, como cuarta dimensión, emerge espontáneamente la conexión
entre Espíritu e Iglesia. Pablo, en la Primera a los Corintios 12, y en
Romanos 12, ha ilustrado la Iglesia como Cuerpo de Cristo y precisamente
así como organismo del Espíritu Santo, en el cual los dones del Espíritu
Santo funden a los individuos en una unidad viva. El Espíritu Santo es
el Espíritu del Cuerpo de Cristo. En el conjunto de este Cuerpo
encontramos nuestra tarea, vivimos los unos para los otros y los unos en
dependencia de los otros, viviendo en la profundidad de Aquel que ha
vivido y sufrido por todos nosotros y que mediante su Espíritu nos
atrae a sí en la unidad de todos los hijos de Dios. "¿Quieres tú
también vivir del Espíritu de Cristo? Entonces estate en el Cuerpo de
Cristo", dice Agustín al respecto (Tract. in Jo. 26, 13).
Así, con el tema "Espíritu Santo", que orientaba las
jornadas en Australia y, en modo más sutil, también las semanas del Sínodo,
se hace visible toda la amplitud de la fe cristiana, una amplitud que
desde la responsabilidad por lo creado y por la existencia del hombre en
sintonía con la creación conduce, a través de los temas de la
Escritura y de la historia de la salvación, hasta Cristo y desde allí
a la comunidad viviente de la Iglesia, en sus órdenes y
responsabilidades como también en su amplitud y libertad, que se
expresa tanto en la multiplicidad de los carismas como en la imagen
pentecostal de las multitud de lenguas y de culturas.
Parte integrante de la fiesta es la alegría. La fiesta se puede
organizar, la alegría no. Ella sólo puede ser ofrecida como un don; y,
de hecho, nos ha sido donada en abundancia: por esto estamos
agradecidos. Como Pablo califica la alegría como fruto del Espíritu
Santo, así también Juan en su Evangelio ha conectado estrechamente el
Espíritu y la alegría. El Espíritu Santo nos dona la alegría. Y Él
es la alegría. La alegría es el don que resume todos los otros dones.
Ella es la expresión de la felicidad, del estar en armonía con uno
mismo, lo que puede derivar sólo del estar en armonía con Dios y con
su creación. Hace parte de la naturaleza de la alegría el irradiarse,
el quererse comunicar. El espíritu misionero de la Iglesia no es otra
cosa que el impulso de comunicar la alegría que nos ha sido donada. Que
ella esté siempre viva en nosotros y por lo tanto se irradie al mundo
en sus tribulaciones: tal es mi deseo al final de este año. Junto con
un vivo agradecimiento por todo vuestro fatigarse y obrar, deseo a todos
vosotros que esta alegría que viene de Dios nos venga donada
abundantemente también en el año nuevo.[...]
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El texto completo del discurso de Benedicto XVI del 22 de diciembre del
2008 a la curia romana, en el sitio web del Vaticano:
>
"Signori cardinali..."
__________
Los discursos por Navidad de los tres años anteriores, reproducidos y
analizados en www.chiesa:
>
Sorpresa: el Papa lleva la curia a Brasil (24.12.2007)
>
Balance de cuatro viajes. Y de un año de pontificado
(27.12.2006)
>
Papa Ratzinger certifica il Concilio. Quello vero (23.12.2005)
__________
El discurso del Papa en la vigilia del 19 de julio del 2008 en Sydney,
con la catequesis sobre el Espíritu Santo, "la Persona olvidada de
la Santísima Trinidad":
>
"Queridos jóvenes..."
__________
Sobre la crítica hecha contra la encíclica "Humanae Vitae"
del cardenal Carlo Maria Martini en su libro "Conversaciones
nocturnas en Jerusalén ":
>
El Jesús del cardenal Martini no hubiera escrito jamás la
"Humanae Vitae" (3.11.2008)
Y para un análisis más general del mismo libro:
>
Dios no es católico, palabra de cardenal (12.11.2008)
__________
Traducción en español de Juan Diego Muro, Lima, Perú.
__________
24.12.2008
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