
–¿Y si aquellos que han recibido verdades de la fe y han
sido enviados para predicarlas, no las predican, de qué hablan
entonces al personal?
–Buena pregunta. Está claro que predicarán mentiras y tonterías
vanas, incapaces de salvar al hombre. Pero lo que no está tan
claro es que realmente hayan recibido las verdades de la fe. Siga
leyendo, y ahora estudiamos el asunto.
Cristo salva a los hombres por la predicación de la
verdad. Él ha venido al mundo «para dar testimonio de la
verdad» (Jn 18,37). Él quiere «que todos los hombres se salven, y
lleguen al conocimiento de la verdad» (1Tim 2,4). Cristo sabe que
Él es «la verdad» (Jn 14,6), la luz del mundo, y que quien le
sigue «no anda en tinieblas, sino que tendrá luz de vida» (Jn
8,12). Y pide: Padre, «santifícalos en la verdad» (17,17), es
decir, santifícalos por obra del Espíritu Santo, que es «el Espíritu
de la verdad» (16,13). Sabe Cristo que solo «la verdad nos hará
libres» (8,32) del demonio, del mundo y de la carne, es decir, de
nosotros mismos. Según todo esto, por tanto, todo silenciamiento de
las verdades de la fe que nos salva impide o dificulta la salvación
de los hombres. Es algo gravísimo.
Los Apóstoles, enviados a predicar el Evangelio, entendieron
esto perfectamente. «El justo vive de la fe + la fe es por la
predicación + y la predicación por la palabra de Cristo» (Rm
1,17; 10,17). Ellos sabían bien que cuando se debilita o cesa la
predicación de una verdad de la fe, se debilita o cesa esa convicción
de fe, y consiguientemente se arruina la vida cristiana que suscita
«la fe que obra por la caridad» (Gál 5,6).
Silenciamiento del Evangelio y apostasía.
Tratando en este blog de la reforma de las Iglesias locales
descristianizadas, he ido señalando en varios posts, a modo de
ejemplo, las consecuencias nefastas de ciertos silenciamientos crónicos:
sobre salvación o condenación (8-9), pudor (10-12), predicación
de la conversión en las misiones (13), adulterio (14-15), demonio y
exorcismos (16-18), vida cristiana como batalla contra el diablo y
victoria total de Cristo en la parusía (19-20). Pero como esos
ejemplos considerados, podrían señalarse cien más, y en muchos
casos se referirían a verdades de fe de aún mayor importancia.
Ahora bien, es evidente que una verdad de la fe silenciada en
forma absoluta durante largo tiempo equivale a una negación de
la misma. Y que por tanto la causa principal de la apostasía
creciente entre los cristianos es precisamente el silenciamiento de
muchas verdades fundamentales del Evangelio.
Si un párroco, por ejemplo, durante veinte años nunca afirma
la presencia real de Cristo en el sagrario, y pasa ante él sin
hacer el menor signo de reverencia, lo quiera o no, está
predicando a su feligresía que Cristo no está presente en el
sagrario. Que allí no hay nadie. Más aún, hay fundamento real
para sospechar que ese sacerdote no cree en la presencia
eucarística de Cristo. Si creyera, la predicaría y exhortaría a
los fieles a la devoción eucarística, ya que «de la abundancia
del corazón habla la boca» (Lc 6,45).
Las causas del silenciamiento del Evangelio, que
conducen al pueblo a la apostasía de la fe, sea en forma explícita
o implícita, deben ser conocidas y reconocidas, para superarlas con
la gracia de Dios. Señalaré algunas de las más importantes.
Todas, como es obvio, se relacionan entre sí y se implican
mutuamente.
–El desconocimiento de las verdades por ignorancia.
Un cristiano, sacerdote o laico, no puede enseñar aquellas verdades
de la fe que desconoce. En tiempos antiguos, en los que faltaban
seminarios, institutos de catequesis, etc. ese desconocimiento tenía
forma normalmente de ignorancia. Imagínense ustedes cuál sería,
por ejemplo, la situación del clero en el siglo IX cuando, bajo el
impulso de la reforma carolingia, uno de los concilios de Aguisgrán
–creo que el de 817– determinó que no fuera ordenado sacerdote
aquel que no supiera leer, al menos los libros litúrgicos. O
imaginen la situación del clero rural en Francia, antes de que en
aquella Iglesia se aceptaran ¡en 1615! los decretos del concilio de
Trento. Conoció San Vicente de Paul (1581-1660) no pocos casos de
curas que en la Misa o en la confesión balbuceaban una monserga que
hacía dudar de la misma validez del sacramento. En una situación
semejante, el silenciamiento de muchas verdades de la fe procede
simplemente de una enorme ignorancia, muchas veces inculpable.
–El desconocimiento de las verdades por mala doctrina.
Pero el problema hoy es muy distinto, y sin duda aún más grave.
Actualmente son innumerables los centros docentes para seminaristas,
catequistas, religiosos, novios, etc. La ignorancia, pues, y el
silenciamiento consiguiente de tantas verdades fundamentales de la
fe católica se debe principalmente a la doctrina falsa que
en esos centros se inculca con no escasa frecuencia. En ciertas
Iglesias locales, especialmente maleadas en la doctrina, hallamos la
fe católica genuina casi exclusivamente en un resto sencillo de
fieles que, por la misericordia de Dios, se han librado de
ciertos aggiornamentos doctrinales tenebrosos. O que, también
por gracia de Dios, se han salvado del diluvio universal en el arca
de algún movimiento cristiano fiel a la Iglesia. Es gravísimo lo
que digo, pero no exagero.
Juan Pablo II, en un discurso a misioneros populares, describe
en 1981 de modo semejante una situación de falsificación
doctrinal generalizada: «Es necesario admitir con realismo,
y con profunda y atormentada sensibilidad, que los cristianos de
hoy, en gran parte, se sienten extraviados, confusos, perplejos, e
incluso desilusionados. Se han esparcido a manos llenas ideas
contrastantes con la verdad revelada y enseñada desde siempre. Se
han propalado verdaderas y propias herejías en el campo dogmático
y moral, creando dudas, confusiones, rebeliones. Se ha
manipulado incluso la liturgia. Inmersos en el relativismo
intelectual y moral, y por tanto en el permisivismo, los
cristianos se ven tentados por el ateísmo, el agnosticismo, el
iluminismo vagamente moralista, por un cristianismo sociológico,
sin dogmas definidos y sin moral objetiva» (6-2-1981). El diagnóstico
que hizo el Cardenal Ratzinger en su Informe sobre la fe,
en ese mismo tiempo, era exactamente coincidente.
Pues bien, el Papa, al describir ese inmenso deterioro actual de
la doctrina católica, no está pensando, por supuesto, en la prensa
laicista, en Universidades agnósticas, en estadios deportivos,
playas y teatros. Está pensando en seminarios, noviciados,
facultades de teología, centros catequéticos, editoriales y librerías
«católicas». En consecuencia, ¿ha de extrañarnos, pues, que no
pocos Obispos, párrocos, teólogos, catequistas, religiosos, grupos
laicales, que se formaron doctrinal y espiritualmente en esa situación
descrita por el Papa, silencien verdades centrales de la fe?
En muchos casos las silencian, sencillamente, porque no las
recibieron. Por el contrario, recibieron justamente los errores
contrarios. Así las cosas, lo verdaderamente admirable, lo que
constituye un milagro de la bondad de Dios hacia su Iglesia, es que
no pocas de estas personas perseveren heroicamente en sus
ministerios, y aún habiendo recibido tan pésima formación filosófica
e histórica, doctrinal y moral, espiritual y litúrgica, todavía transmitan,
aunque sea con graves deficiencias, muchas veces inculpables, algunos
elementos de la fe católica.
–Falta de fe. «Creí, por eso hablé; también
nosotros creemos, y por eso hablamos» (2Cor 4,13). Por el
contrario, «no creemos y por eso no hablamos». Los silenciamientos
sistemáticos de tantas verdades de la fe católica están indicando
que no hay fe en esos misterios revelados por Dios y enseñados por
la Iglesia. Un sacerdote, un catequista, el profesor de un colegio
católico, un padre de familia, si nunca hablan de la
inhabitación de la Trinidad en el cristiano en gracia, si jamás
aluden a la eterna salvación o condenación, a la Providencia
divina sobre lo grande y lo mínimo, al horror del adulterio o de la
anticoncepción, a la urgencia de evangelizar a los incrédulos,
etc. es porque no creen en esas verdades de la fe, o porque
la fe en ellos es tan débil que no da de sí como para «confesarla
ante los hombres» (Lc 12,8). Veámoslo con un ejemplo:
El silencio casi total sobre la grave maldad de la
anticoncepción fue denunciado por el Obispo Victor Galeone,
de San Agustín (Florida, USA), en una carta pastoral
(15-11-2003). Él habla porque cree en la
doctrina católica. Consigna primero que el divorcio se ha
triplicado, las enfermedades sexuales han aumentado de 6 a 50,
crece la pornografía en todos los campos, aumenta la esterilización
y la reducción extrema del número de los hijos, etc. Y declara
que, a su juicio, la causa principal de todos esos males está en
la anticoncepción generalizada. «La práctica está tan
extendida que afecta al 90% de las parejas casadas en algún
momento de su matrimonio, implicando a todas las denominaciones»
(se refiere a todas las confesiones cristianas, también a la católica).
«La gran mayoría de la gente de hoy considera la anticoncepción
un tema fuera de discusión». Describe de modo impresionante el
profundo y multiforme deterioro que la anticoncepción crónica
produce en la vida de matrimonios y familias.
«Me temo que mucho de lo que he dicho parece muy crítico con
las parejas que utilizan anticonceptivos. En realidad, no las
estoy culpando de lo ocurrido en las últimas décadas. No es un
fallo suyo. Con raras excepciones, los obispos y sacerdotes
somos los culpables debido a nuestro silencio». Y concluye
con algunas normas prácticas «para ir en contra del silencio
que rodea la enseñanza de la Iglesia en esta área», pidiendo
en el nombre de Cristo, como Obispo de la diócesis, la aplicación
de ciertas normas sobre estudio de la doctrina católica,
confesores, homilías, cursos de preparación al matrimonio,
catequesis y escuelas superiores. Es obvio, no hay otro camino:
reforma o apostasía.
–Falta de esperanza. No se intenta lo que se
considera imposible. No se predica para intentar superar aquellos
errores y males que se consideran irrevocables. Falta conciencia en
la fe de que el mismo Dios que asiste con su gracia al predicador
para decir la verdad es el Dios que asiste al oyente para
darle crédito. Y así se admiten como hechos consumados e
irrevocables, la anticoncepción, el absentismo de la Misa, la
polarización en el enriquecimiento y tantos otros pecados. Y poco o
nada se predicará y se hará para superarlos con la gracia de
Cristo. Sin esperanza, sin esperanza teologal –la que se pone en
Dios, y solo en Cristo: «lo que es imposible para los hombres es
posible para Dios» (Lc 18,27)– los males de la humanidad y de la
Iglesia no tienen remedio. Ni siquiera se intenta superarlos, porque
se consideran inevitables. Un ejemplo:
En amplias regiones de la Europa medieval era tan general
la simonía, la compra de Obispados, Abaciatos, etc. que no
causaba apenas escándalo ni en la Jerarquía apostólica ni en
los fieles. No se predicaba ni se hacía nada efectivo para
desarraigarla, y perduraba impunemente. Cientos y cientos de
Abades y Obispos simoníacos, reyes y nobles, se apoyaban
mutuamente, unidos por intereses comunes. Innumerables teólogos y
canonistas callaban discretamente, «conservando sus vidas» (Lc
9,23-24). Solo algunos hombres santos creyeron entonces, como
Abraham, «contra toda esperanza» (Rm 4,18) que Cristo Salvador
quería purificar a su Esposa, la Iglesia, de un pecado tan grave
y generalizado. Nicolás II (Papa, 1059-1061), San Gregorio VII
(1015-1085), San Bruno (+1101), San Bernardo (1090-1153) y con
ellos otros hombres de fe y de esperanza, sabiendo que se exponían
a sufrir calumnias, atropellos, exilios, cárcel, emboscadas
mortales, pobreza, se atreven a iniciar y a mantener una lucha
total contra la bestia diabólica de la simonía. Bernardo escribe
a Eugenio III (Papa, 1145-1153): «si queréis ser un fiel
seguidor de Cristo, haced que se inflame vuestro celo y se ejerza
vuestra autoridad contra esta plaga universal» de la
simonía. Por gracia de Dios, la esperanza de estos hombres «le
dejó obrar a Cristo» en su Iglesia, y la simonía fue vencida
progresivamente, con la ayuda decisiva de Concilios que ellos
mismos impulsaron (Romano, 1060; Guastalla, 1106; Laterano II,
1139; Laterano III, 1179; etc).
Reforma o apostasía. Faltan hoy en nuestra
Iglesia hombres audaces en la esperanza. Muchos, incluso entre
los mejores, se resignan ya a una Iglesia siempre decreciente,
reducida a un Resto, y a un Resto dividido, en el que hay a veces más
errores que verdades, y más rebeldías que obediencias. Pues bien,
sin estos hombres de esperanza no habrá reforma, no la concederá
el Señor, y sin reforma, proseguirá creciendo la apostasía. Todos
los males de la Iglesia –doctrinas falsas, abusos disciplinares–
son perfectamente remediables, pues Dios ama a la Iglesia, la
Esposa del Hijo, y es omnipotente. Es verdad que muchas veces no será
posible superar esos males sin verdaderos milagros morales.
Pero los milagros necesarios son normales en esa historia
de la salvación que la Iglesia está viviendo hasta que vuelva
Cristo. Y el Señor hace siempre esos milagros de salvación a través
de cristianos creyentes y mártires. Cuando en uno de sus viajes
evangelizadores estuvo Jesús en Nazaret, entre sus paisanos, «no
hizo allí muchos milagros por su falta de fe» (Mt 13,58).
José María Iraburu, sacerdote