El vía crucis de María

 

Séanos permitido, tras ese velo de silencio, hecho de respeto y de sobriedad, con que el Evangelista encubre la figura de la Virgen hasta el momento culminante en que aparece al pie de la Cruz, séanos permitido, digo, rastrear sus pasos, como perros fie­les, con ese olfato del alma, que es lo que llamaba el poeta «entendimiento de amor». Adivinemos a María tras el velo morado del silencio, como de niños, en espera del regocijo de Gloria, adivinábamos al trasluz, el Sábado Santo, la inquieta candelería del altar.

Vamos a hacer el «Vía Crucis» de María. Un «Vía Crucis» de
pudor y silencio: un «Vía Crucis» hecho de adivinaciones de amor.