“Macho y hembra los creó”, el Patriarca sobre “La vida buena”
2, 2011
traducción de Carmina Vasquez para Kaire
Continúa, con el número de febrero de 2011, la colaboración del cardenal Angel Scola, con el “Mensajero de santo Antonio“. Cada mes se dirigirá a los lectores de la revista hablando de vida buena, relacionándose al homónimo libro-entrevista con el periodista Aldo Cazzullo.
La Biblia lo dice y es completamente evidente. Sin embargo muchas veces es difícil admitir que la diferencia sexual es un dato constitutivo, originario del ser humano y no algo adquirido con la evolución de las culturas.
Les propongo un juego: acérquense a la salida de una escuela superior algún instante antes del timbrazo liberatorio del final de lecciones y, al dispersarse de la masa ruidosa y alegre, distingan los chicos de las chicas, estableciendo de ello el porcentaje. Les puedo conceder también una aproximación, debido a los tiempos reducidos a disposición. ¿Renuncian? En efecto es prácticamente imposible distinguirlos, camuflados como son, con los mismos plumíferos, los mismos vaqueros, los mismos zapatos… Hoy la moda de los jóvenes, (y no sólo), se divierte en ocultar la diferencia sexual. Por no hablar luego de la publicidad en que dominan indescifrables y ambiguos modelos andróginos, que no son ni hombres ni mujeres. O mejor, podrían ser indiferentemente ambos. Sin embargo en la “realidad real” no es así: la diferencia sexual es un dato irreprimible y precioso, con innumerables valencias positivas. Tratar de eliminarla no es razonable.
“Macho y hembra los creó”, Gén 1,27, la Biblia dice, desde su primera página: para el hombre de todos los tiempos y todas las latitudes ésta es una evidencia tan lógica que no necesita ser demostrada. Del resto también la ciencia confirma que la diferencia sexual invade todo el ser humano, hasta en la última partícula: el cuerpo del hombre es, en cada una de sus células, masculino como aquel de la mujer es femenino.
La diferencia sexual es por tanto un dato constitutivo, originario; no algo que se produjo con la evolución de las culturas, algo exterior a la persona y como tal modificable. “¿Cómo no? -salta alguien-. ¡Si ya algunas legislaciones han reemplazado, en los documentos del registro civil, las denominaciones padre y madre con padre 1 y padre 2 para no discriminar a los hijos de las parejas de homosexuales!”. Además, reponer el acento sobre la diferencia entre el hombre y la mujer es peligroso, porque pudiera borrar las fundamentales conquistas del feminismo, reabriendo el camino a odiosas discriminaciones. Atentos por lo tanto a no hacer confusión: decir diferencia no es decir diversidad. Como sugiere la raíz latina de la palabra, diferencia (dif-ferre) significa “llevar el mismo en otro lugar”, mientras diversidad (de-versus) “vuelto en otro lugar”, indica siempre una relación con el otro.
Reflexionando, por lo tanto, la diferencia sexual es una propiedad de la persona, está antes de la relación e indica más bien la capacidad de la persona de entrar en relación. Pues no puede engendrar nunca desigualdad y discriminación. Las diversidades en cambio, que implican siempre relación con el otro, pueden convertirse en manantial de desigualdad y discriminación, como se ve bien en el caso de la raza, del censo, etcétera.
La mujer, en nada inferior al hombre ni por dignidad ni por sustancia, es sin embargo un ser completamente irreducible al hombre. Constituye el llamado más potente a salir de sí. Expresa, en un modo completamente singular, la fuerza del otro. ¿Puedo añadir una observación un poco atrevida? El otro por excelencia es Dios. En un cierto sentido entonces la mujer es el marcador de posición de Dios. Me parece que, en cuanto a valorización, no se bromee… ¡ningún complejo de inferioridad! Imitar al hombre, en cambio, desnaturaliza sea a la mujer que, al final, al hombre mismo.
Pero desafortunadamente en una sociedad como las del viejo Occidente en que se va cada vez más debilitando la familiaridad con el Dios Uno y Trino, cuesta comprender el valor de cada diferencia, también aquella sexual. Los de mi generación lo han aprendido desde pequeños con el catecismo: en Dios, Uno y Trino, vive la máxima diferencia dentro de la absoluta unidad. El hombre y la mujer, creados “a Su imagen”, son diferentes y esto nada quita a la identidad y a la dignidad personal del uno y de la otra. Vale la pena trabajar un poco sobre estos temas.
Angelo Scola
