Cumplimiento de la Escritura

San Mateo, recorre muy deprisa la Vida dolorosa, anotando únicamente, como de pasada, la requisa de Simón Cireneo para que ayudase a llevar la Cruz hasta lo alto del Gólgota.

Allí -una, antes de la crucifixión, y otra, después de la crucifixión- tiene lugar el cumplimiento de dos Escrituras.

Antes de la crucifixión le dieron a beber vino mezclado con hiel. Era una especie de narcótico para suavizar el horroroso dolor que le esperaba.

Quizá se lo daban a todos; sin embargo, sólo en ese momento se cumplía en plenitud el Salmo 69, 22: "En mi sed me dieron vinagre".

Pero Jesús no hizo sino probarlo. Lo paladeó, como para agradecer aquel gesto, pero no lo bebió. Otro cáliz bebió, y lo bebió hasta el fondo: el cáliz de dolor que le fue presentado.

Entonces lo clavaron en la Cruz.

San Mateo no da más detalles de este hecho. Pasa a dar razón de la segunda Escritura, en este caso el salmo 22, 19, que dice: "Se han repartido mis vestiduras y han echado a suertes mi túnica".

Efectivamente eso mismo hicieron los soldados: se repartieron sus vestidos, echándolos a suerte con los dados a ver qué le tocaba a cada uno. Luego se sentaron para vigilar, de modo que nadie intentase bajarlo de la Cruz antes de que se produjese la muerte.

Quizá ninguno de ellos conocía el salmo 22. Quizá si alguien se lo leyese en ese momento se estremecerían. Era un retrato fiel de todo lo que había ocurrido allí: "Me acorrala una jauría de mastines, me cerca una banda de malhechores; me taladran las manos y los pies, puedo contar todos mis huesos; se reparten mi ropa y echan a suertes mi túnica..."

Realeza de Jesús

Por encima de la cabeza de Jesús, en el palo de la Cruz que sobresalía, clavaron la causa de la condena. Decía:

- Este es Jesús, el Rey de los judíos.

Primero el nombre: Jesús.

Luego, la acusación principal que pesaba sobre El, la que había dado lugar a la sentencia de muerte: El Rey de los judíos.

Desde el punto de vista romano era una acusación política: alguien que se había hecho rey a sí mismo en flagrante oposición a los derechos absolutos del César.

A los judíos les molestó esa inscripción. Incluso intentaron que Pilato la modificase: que no escribiese: "Este es...", sino: "Este dijo: Yo soy..." Pero Pilato no les hizo ningún caso, y lo escrito, escrito quedó.

Desde el punto de la tradición bíblica, en la cumbre del Calvario, y escrito en los principales idiomas del mundo antiguo, quedó clavada para siempre la proclama del mesianismo regio de Jesús.

Ninguno de los cuatro evangelistas dice que le hubiesen quitado a Jesús la corona de espinas. Cuando Isaac, en el último instante, fue preservado de la muerte, Abraham buscó una víctima sustitutoria. La encontró en un carnero que, según el libro del Génesis, estaba allí enredados sus cuernos, su cabeza, en unas zarzas llenas de espinos. Jesucristo es esa víctima sustitutoria: Rey de los judíos, coronado de espinas, en el trono de la Cruz: "Regnavit a ligno Deus", Dios reina desde el madero de la Cruz.

Ultrajes a Jesús

Comienza ahora la tercera ronda de insultos, afrentas, ultrajes a Jesús. Ya había tenido lugar en el palacio de Caifás, y luego en el Pretorio de Pilato.

Ahora, en la cumbre del Gólgota. Aquí las burlas y las blasfemias le vienen , desde tres frentes distintos:

- Los que pasaban le insultaban y le decían: "Tú que destruías el Templo y en tres días lo reedificabas... ¡sálvate a tí mismo!, ¡baja de la Cruz!.

- También los príncipes de los sacerdotes, juntamente con los escribas y los ancianos

del pueblo, se burlaban de El: "Salvó a otros y no puede salvarse a sí mismo... Que baje de la Cruz y creeremos en El ..."

- Del mismo modo le injuriaban los ladrones,, que habían sido crucificados con El.

Lo insultaban, se burlaban, lo injuriaban... Toda la carga del odio interior se manifestaba en esas ofensas, ultrajes y agravios: diabólico enseñamiento con un Crucificado.

El abandono en la Cruz

Cristo sufrió el abandono de Pedro, sus negaciones; y también el abandono del pueblo, que pedía su crucifixión; ahora siente -y es un misterio insondable- el abandono del Padre.

Todo es desolación en el Calvario: desde las doce del mediodía -momento en que lo clavaron en la Cruz- hasta las tres de la tarde -hora en que murió-, una densa oscuridad lo cubrió todo alrededor. Estas tinieblas no son naturales, no se deben a un eclipse de sol, tienen un marchamo de orden superior. Cristo, Luz del mundo, muere. El sol, luz de la naturaleza, hace causa común con su Señor, y se apaga en aquella tierra deicida.

En ese momento, se oyen las palabras del salmo 22 en labios de Jesús:

- ¡Dios mío, Dios mío! ¿por qué me has abandonado?.

Quizá -sin quizá- haya sido éste el dolor más hondo de Jesucristo en todo el proceso de su Pasión. Era el último sorbo, el más acerbo, del cáliz redentor por el pecado del mundo.

Ciertamente las palabras de Jesucristo están transidas de confianza, y no tienen nada que ver con algo que se parezca ni de lejos a la desesperación, pero son manifestativas de una horrorosa soledad interior que ninguna mente humana es capaz de calibrar adecuadamente.

La muerte

La sentencia había sido: Pena capital mediante crucifixión.

Y éste es el momento en que se cumple.

"Jesús, clamando con voz fuerte, exhaló el espíritu".

En el evangelio hay muchos que claman: claman los ciegos, pidiendo luz para sus ojos, clama Pedro cuando se siente hundir en las aguas del mar, clama la cananea suplicando la salud para su hija; claman las gentes del pueblo -en la entrada de Jesús en Jerusalén- diciendo "Hossana" al hijo de David...

Todos estos clamores llegan a Cristo, y Cristo los asume todos. Él mismo se hace clamor grande en nombre de toda la humanidad. Y así, con ese inmenso clamor, entrega su espíritu.

El pneuma,, el espíritu de Jesús se separó del cuerpo. Esa es la muerte. Pero ni su cuerpo -que quedó en el sepulcro- ni su espíritu -separado del cuerpodejaron de estar unidos a la divinidad.

Por lo demás, la muerte de Cristo ya es donación del Espíritu en el sentido más trascendente.