¿Vivan
los toros y mueran los hijos?
Fernando
Pascual | fpa@arcol.org La
violencia gratuita contra animales provoca reacciones de rechazo. Duele
ver cómo un animal es golpeado, herido, incluso matado, en medio de
contorsiones de dolor que muchos no son capaces de observar serenamente. Existen,
por desgracia, formas de violencia gratuita contra seres humanos.
Algunas, en lo más escondido del hogar. Otras, en algunos edificios y
en cárceles de sistemas totalitarios. Otras, a la luz del día o ante
las cámaras de televisión, desde atentados miserables o gestos
arbitrarios de violencia callejera. Una
forma de violencia que afecta cada año a millones y millones de seres
humanos es la que se lleva a cabo en el aborto. Porque la supresión de
la vida de un hijo indefenso en el seno de su misma madre es un acto
agresivo e innatural, que destruye al más indefenso de los humanos en
sus primeras semanas de existencia. Por
eso, mientras algunos luchan contra formas de violencia contra los
animales que son indignas del ser humano, hace falta la movilización de
quienes aman la justicia para que nunca el aborto sea visto como un
derecho, para que nunca una mujer sea dejada sola en su maternidad. La
sociedad parece haber perdido el rumbo cuando se aprueban leyes que
protegen la vida de toros y de gatos, de águilas y de osos, mientras se
aprueban otras leyes que convierten el aborto en una opción más entre
los servicios que se ofrecen en los hospitales y clínicas de un estado. Un aborto no es un acto médico, sino la injusta supresión de una vida humana inocente. En algunos lugares es urgente recordarlo, para que no se llegue a la paradoja de tratar a algunos animales con más cuidado y con más “respeto” que a los hijos en el seno de sus madres
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