Vivir la pureza necesita gracia, valor y buen
gusto |
| Guillermo Urbizu |
| Actualizado 26 julio 2010 |
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Cuando baja la marea religiosa, la hediondez de las almas se
difunde.
N.G.D.
La relajación de costumbres se está convirtiendo en paradigma
de un progreso hueco, en el ejemplo de toda una generación que
abomina de lo correcto, de una vida limpia. La virtud es ya una
pamplina, algo que no está en consonancia con lo que nos pide
el cuerpo. No digamos la pureza. La publicidad y la moda son los
nuevos mandamientos. Escandalizar o hacer el ridículo es lo de
menos, siempre y cuando se pueda lucir el palmito. El sexo es el
reclamo más fácil, en una sociedad inmadura de afectos. Es una
auténtica obsesión, que tiene un algo de enfermizo. El impudor
es ya una costumbre. Sexo libre, negocio increíble. Con
absoluta bellaquería nos encadenan al instinto. Se enaltecen
los actos más viles. Llaman amor a lo que siempre ha sido
lujuria, obscenidad o lascivia. Cuando la palabra amor -su
significado- es el último resquicio de civilización que nos
queda. Y con ella intentan justificar el desmadre. Culto al
cuerpo en el templo pagano de un refinamiento narcisista y una
política de burdel. La inteligencia anda desnuda de todo
aparejo espiritual. Como mucho en tanga posmoderno. El proceso
cognitivo se ha transmutado en un gregarismo “coitivo”. Es
la dictadura de la apetencia, del placer inmediato. “Sex
food”. Entre lo absurdo y lo trágico. Entre lo irracional y
la mentira.La reproducción del ser humano ha pasado a un
segundo plano, con toda su jerarquía de ternura, afectos, niños
y deberes. Para aquellos que todavía creemos en la
responsabilidad y no en el capricho, en la fidelidad y no en el
alterne. Pobres memos ignaros, que desconocemos la liberación
sexual, viendo así incumplidos los deseos más tortuosos del
inconsciente y su desenfreno dionisiaco. Pero esa supuesta
liberación es en realidad una perpetua inmadurez adolescente,
una letanía de esclavitudes, una tristeza que salta a la vista.
Es decir, algo tan viejo como el hombre. Viene a la memoria la
obra de D. H. Lawrence, que creyó descubrir en los poderes del
sexo el hálito de una verdadera fe. O pienso en André Gide, en
su búsqueda voluptuosa de una referencia profunda, que le
acarreó tantos sinsabores. Y mil autores más que creyeron
siempre que la Iglesia era el obstáculo mayor para la evolución
del “buen gusto”. Pero no me voy a ir por los cerros de la
literatura. Pienso que una de las crisis del hombre contemporáneo
es precisamente la crisis del sexo. En definitiva, el vilipendio
de la moral cristiana. La pureza es vista como algo enfermizo.
Su vulgarización ha supuesto -y supone- un trastorno espiritual
y social considerable, un lastre emocional que nos está
saliendo demasiado caro. Y esto es sólo el principio. Que cada
uno puede hacer de su capa un sayo es un hecho, pero también es
un hecho que prevalece la brutalidad epicúrea de un erotismo
desaforado, que en ocasiones evoluciona hacia la lubricidad más
asquerosa. La maravilla que es el cuerpo humano se corrompe en
una exhibición fría, prostituida, vacía. Sin encanto. Seamos
serios. ¿Qué hay detrás de toda esta servidumbre sexual? Una
sociedad sin alma, un hastío generalizado, un comercio sin escrúpulos,
una campaña sombría. Y un dejarse llevar por lo más fácil.
Los gobiernos quieren erigirse como los máximos legisladores
del sexo. Sin que se les pase una. Con sus burócratas de turno
y ministros impulsores del lenocinio. ¿Para qué tanto
empecinamiento soez, tanto celestineo pelmazo? Lo dicho, es el
escándalo como práctica política habitual, como enajenamiento
social. Pero los cristianos no debemos permanecer a la
intemperie de lo que nos ofrezcan, sin luchar, sin ser
coherentes con nuestra fe. "La ética debe ser la estética
de la conducta", dice Gómez Dávila. En estos días
veraniegos se nos ofrece una estupenda posibilidad para dar
criterio y ejemplo. Porque debemos programar las vacaciones
cristianamente, lo que no quiere decir que seamos unos pasmados
o vivamos en otro mundo. Nuestro mundo es éste, y debemos
intentar llevar el amor de Dios a cada rincón. Incluidas las
playas. Pero sin ser ingenuos ni tentar la suerte. Alma a alma.
¿Que nos llaman radicales o puritanos o meapilas? Bueno, ¿y qué?
Un cristiano no tiene miedo de nada. Si acaso un poco de
precaución consigo mismo.
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