Y se hizo la noche. La verdadera historia del pecado original
Es uno de los dogmas más descuidados y negados. Pero para Benedicto
XVI es "de una evidencia aplastante". Ha hablado tres veces
sobre él en ocho días. Sin él, ha dicho, la redención cristiana
"perdería su fundamento"
por Sandro Magister
ROMA, 11 de diciembre del 2008 – Benedicto XVI ha insistido tres veces
en ocho días en un dogma que casi ha desaparecido de la predica común
y que es negado por los teólogos neomodernistas: el dogma del pecado
original.
Lo ha hecho el lunes 8 de diciembre en el Angelus de la fiesta de la
Inmaculada; el anterior miércoles 3 en la audiencia semanal con miles
de fieles y peregrinos; y una vez más en la audiencia general del miércoles
10.
En el Angelus de la Inmaculada el Papa Joseph Ratzinger se expresó de
la siguiente manera:
"El misterio de la Inmaculada Concepción de María, que hoy
solemnemente celebramos, nos recuerda dos verdades fundamentales de
nuestra fe: ante todo el pecado original, y luego la victoria de la
gracia de Cristo sobre él, victoria que resplandece en modo sublime en
María Santísima.
"La existencia de aquello que la Iglesia llama pecado original es
lamentablemente de una evidencia aplastante, con sólo mirar alrededor
nuestro y antes dentro de nosotros mismos. La experiencia del mal es de
hecho tan consistente que se impone por sí misma y suscita en nosotros
la pregunta: ¿de dónde proviene? Especialmente para un creyente la
interrogante es aún más profunda: si Dios, que es Bondad absoluta, ha
creado todo, ¿de dónde viene el mal? Las primeras páginas de la
Biblia (Gen 1-3) responden precisamente a esta pregunta fundamental que
interpela a cada generación humana, con el relato de la creación y de
la caída de los padres: Dios ha creado todo para que exista, en
particular creó al ser humano según su propia imagen; no ha creado la
muerte, sino que ésta entró al mundo por la envidia del diablo que
rebelándose a Dios, atrajo con el engaño también a los hombres,
induciéndoles a la rebelión (cfr. Sb 1, 13-14; 2, 23-24). Es el drama
de la libertad, que Dios acepta hasta el final por amor, pero
prometiendo que habrá un hijo de mujer que aplastará la cabeza de la
antigua serpiente (Gen 3, 15).
"Desde el principio, pues, 'el eterno consejo' – como diría
Dante (Paraíso, XXXIII, 3) – tiene un 'final establecido': la Mujer
predestinada a ser madre del Redentor, madre de Aquel que se humilló
hasta el extremo para llevarnos nuevamente a nuestra original dignidad.
Esta Mujer, a los ojos de Dios, tiene desde siempre un rostro y un
nombre: 'llena de gracia' (Lc 1, 28), como la llamó el Ángel visitándola
en Nazaret. Es la nueva Eva, esposa del nuevo Adán, destinada a ser
madre de todos los redimidos. Así escribía san Andrés de Creta: 'La
Theotókos María, el común refugio de todos los cristianos, ha sido la
primera en ser liberada de la primitiva caída de nuestros padres'
(Homilía IV sobre la Navidad, PG 97, 880 A). Y la liturgia de hoy
afirma que Dios ha preparado una digna morada para su Hijo y, en previsión
de la muerte de Él, la ha preservado de toda mancha de pecado' (Oración
Colecta).
"Queridísimos, en María Inmaculada contemplamos el reflejo de la
belleza que salva al mundo: la belleza de Dios que resplandece en el
rostro de Cristo".
* * *
Pero en la audiencia general del miércoles 3 de diciembre el Papa ha
ido más al fondo sobre el pecado original.
Cada miércoles, desde que se ha iniciado el Año Paulino, Benedicto XVI
dedica sus catequesis semanales a ilustrar la vida, los escritos, la
doctrina del apóstol Pablo. Esta era la decimoquinta catequesis de la
serie. En las dos anteriores el Papa había explicado la doctrina de la
justificación y el nexo entre la fe y las obras. Esta vez, en cambio,
el tema de partida era la analogía entre Adán y Cristo, desarrollada
por Pablo en la primera carta a los Corintios y más aún en la carta a
los Romanos. Recorriendo esta analogía, Pablo evoca el pecado de Adán
para dar la mayor relevancia a la gracia salvadora donada por Cristo.
Como generalmente ocurre en las catequesis de los miércoles, Benedicto
XVI se ha valido de un texto escrito por expertos colaboradores. Pero
como ha pasado en otras ocasiones, se ha salido del mismo. Esta vez más
de lo usual. Del tercer acápite en adelante se ha dirigido directamente
a los presentes, improvisando.
Ha hecho lo mismo en la audiencia del miércoles siguiente, 10 de
diciembre. Tenía en la mano un texto escrito, pero habló casi
totalmente improvisando. Y en la parte inicial volvió sobre el pecado
original de la siguiente manera:
"Queridos hermanos y hermanas, siguiendo a san Pablo hemos visto en
la catequesis del miércoles pasado dos cosas. La primera es que nuestra
historia humana desde los inicios está contaminada por el abuso de la
libertad creada, que intenta emanciparse de la voluntad divina. Y así
no encuentra la verdadera libertad, sino que se opone a la verdad y
consecuentemente falsifica nuestras realidades humanas. Falsifica sobre
todo las relaciones fundamentales: la relación con Dios, la relación
entre hombre y mujer y aquella entre el hombre y la tierra. Hemos dicho
que esta contaminación de nuestra historia se difunde a todo su tejido
y que este defecto heredado ha ido aumentando y hoy es visible por todas
partes. Esta era la primera cosa. La segunda es esta: hemos aprendido de
San Pablo que existe un nuevo inicio en la historia y de la historia en
Jesucristo, Aquel que es hombre y Dios. Con Jesús, que viene de Dios,
comienza una nueva historia formada por su sí al Padre, fundada por
tanto no sobre la soberbia de una falsa emancipación, sino sobre el
amor y sobre la verdad.
"Pero ahora se pone la cuestión: ¿cómo podemos entrar nosotros
en este nuevo inicio, en esta nueva historia? ¿Cómo llega a mí esta
nueva historia? Con la primera historia contaminada estamos
inevitablemente unidos por nuestra descendencia biológica,
perteneciendo todos nosotros al único cuerpo de la humanidad. ¿Pero cómo
se realiza la comunión con Jesús, el nuevo nacimiento para entrar a
ser parte de la nueva humanidad? ¿Cómo llega Jesús a mi vida, a mí
ser? La respuesta fundamental de san Pablo, de todo el Nuevo Testamento
es: llega por obra del Espíritu Santo. Si la primera historia se
inicia, por decirlo así, con la biología, la segunda se inicia en el
Espíritu Santo, el Espíritu de Cristo resucitado. Este Espíritu ha
creado en Pentecostés el inicio de la nueva humanidad, de la nueva
comunidad, la Iglesia, el Cuerpo de Cristo".
* * *
Estas improvisaciones son un indicio importante para entender el
pensamiento de Benedicto XVI. Estas hacen notar las cosas que más le
interesan, las que quiere imprimir más en las mentes de los oyentes.
El pecado original, este dogma que hoy está tan descuidado, es una de
estas verdades que el Papa Ratzinger siente la necesidad de darle nuevo
vigor.
Y el motivo lo ha explicado a los fieles de la siguiente manera en la
catequesis del 3 de diciembre, más ampliamente dedicada al tema,
reproducida completa a continuación:
El pecado original en la enseñanza de san Pablo
por Benedicto XVI
Queridos hermanos y hermanas, en la catequesis de hoy trataremos sobre
las relaciones entre Adán y Cristo, delineadas por san Pablo en la
conocida página de la carta a los Romanos (Rm 5, 12-21), en la que
entrega a la Iglesia las líneas esenciales de la doctrina sobre el
pecado original. En verdad, ya en la primera carta a los Corintios,
tratando sobre la fe en la resurrección, san Pablo había introducido
la comparación entre el primer padre y Cristo: "Pues del mismo
modo que en Adán mueren todos, así también todos revivirán en
Cristo. (...) Fue hecho el primer hombre, Adán, alma viviente; el último
Adán, espíritu que da vida" (1 Co 15, 22.45). Con Rm 5, 12-21 la
comparación entre Cristo y Adán se hace más articulada e iluminadora:
san Pablo recorre la historia de la salvación desde Adán hasta la Ley
y desde ésta hasta Cristo. En el centro de la escena no se encuentra Adán,
con las consecuencias del pecado sobre la humanidad, sino Jesucristo y
la gracia que, mediante él, ha sido derramada abundantemente sobre la
humanidad. La repetición del "mucho más" referido a Cristo
subraya cómo el don recibido en él sobrepasa ampliamente al pecado de
Adán y sus consecuencias sobre la humanidad, hasta el punto de que san
Pablo puede llegar a la conclusión: "Pero donde abundó el pecado
sobreabundó la gracia" (Rm 5, 20). Por tanto, la comparación que
san Pablo traza entre Adán y Cristo pone de manifiesto la inferioridad
del primer hombre respecto a la superioridad del segundo.
Por otro lado, para poner de relieve el inconmensurable don de la
gracia, en Cristo, san Pablo alude al pecado de Adán: se podría decir
que, si no hubiera sido para demostrar la centralidad de la gracia, él
no se habría entretenido en hablar del pecado que "a causa de un
solo hombre entró en el mundo y, con el pecado, la muerte" (Rm 5,
12). Por eso, si en la fe de la Iglesia ha madurado la conciencia del
dogma del pecado original, es porque este está inseparablemente
vinculado a otro dogma, el de la salvación y la libertad en Cristo.
Como consecuencia, nunca deberíamos tratar sobre el pecado de Adán y
de la humanidad separándolos del contexto de la salvación, es decir,
sin situarlos en el horizonte de la justificación en Cristo.
Pero, como hombres de hoy, debemos preguntarnos: ¿Qué es el pecado
original? ¿Qué enseña san Pablo? ¿Qué enseña la Iglesia? ¿Es
sostenible también hoy esta doctrina? Muchos piensan que, a la luz de
la historia de la evolución, no habría ya lugar para la doctrina de un
primer pecado, que después se difundiría en toda la historia de la
humanidad. Y, en consecuencia, también la cuestión de la Redención y
del Redentor perdería su fundamento. Por tanto: ¿existe el pecado
original o no?
Para poder responder debemos distinguir dos aspectos de la doctrina
sobre el pecado original. Existe un aspecto empírico, es decir, una
realidad concreta, visible —yo diría, tangible— para todos; y un
aspecto misterioso, que concierne al fundamento ontológico de este
hecho. El dato empírico es que existe una contradicción en nuestro
ser. Por una parte, todo hombre sabe que debe hacer el bien e íntimamente
también lo quiere hacer. Pero, al mismo tiempo, siente otro impulso a
hacer lo contrario, a seguir el camino del egoísmo, de la violencia, a
hacer sólo lo que le agrada, aun sabiendo que así actúa contra el
bien, contra Dios y contra el prójimo.
San Pablo en su carta a los Romanos expresó esta contradicción en
nuestro ser con estas palabras: "Querer el bien lo tengo a mi
alcance, mas no el realizarlo, puesto que no hago el bien que quiero,
sino que obro el mal que no quiero" (Rm 7, 18-19). Esta contradicción
interior de nuestro ser no es una teoría. Cada uno de nosotros la
experimenta todos los días. Y sobre todo vemos siempre cómo en torno a
nosotros prevalece esta segunda voluntad. Basta pensar en las noticias
diarias sobre injusticias, violencia, mentira, lujuria. Lo vemos cada día:
es un hecho.
Como consecuencia de este poder del mal en nuestra alma, se ha
desarrollado en la historia un río sucio, que envenena la geografía de
la historia humana. El gran pensador francés Blaise Pascal habló de
una "segunda naturaleza", que se superpone a nuestra
naturaleza originaria, buena. Esta "segunda naturaleza" nos
presenta el mal como algo normal para el hombre. Así también la típica
expresión "esto es humano" tiene un doble significado.
"Esto es humano" puede querer decir: este hombre es bueno,
realmente actúa como debería actuar un hombre. Pero "esto es
humano" puede también querer decir algo falso: el mal es normal,
es humano. El mal parece haberse convertido en una segunda naturaleza.
Esta contradicción del ser humano, de nuestra historia, debe provocar,
y provoca también hoy, el deseo de redención. En realidad, el deseo de
que el mundo cambie y la promesa de que se creará un mundo de justicia,
de paz y de bien, está presente en todas partes: por ejemplo, en la política
todos hablan de la necesidad de cambiar el mundo, de crear un mundo más
justo. Y precisamente esto es expresión del deseo de que haya una
liberación de la contradicción que experimentamos en nosotros mismos.
Por tanto, el hecho del poder del mal en el corazón humano y en la
historia humana es innegable. La cuestión es: ¿Cómo se explica este
mal? En la historia del pensamiento, prescindiendo de la fe cristiana,
existe un modelo principal de explicación, con algunas variaciones.
Este modelo dice: el ser mismo es contradictorio, lleva en sí tanto el
bien como el mal. En la antigüedad esta idea implicaba la opinión de
que existían dos principios igualmente originarios: un principio bueno
y un principio malo. Este dualismo sería insuperable: los dos
principios están al mismo nivel, y por ello existirá siempre, desde el
origen del ser, esta contradicción. Así pues, la contradicción de
nuestro ser reflejaría sólo la contrariedad de los dos principios
divinos, por decirlo así.
En la versión evolucionista, atea, del mundo vuelve de un modo nuevo
esa misma visión. Aunque, en esa concepción, la visión del ser es
monista, se supone que el ser como tal desde el principio lleva en sí
el bien y el mal. El ser mismo no es simplemente bueno, sino abierto al
bien y al mal. El mal es tan originario como el bien. Y la historia
humana desarrollaría solamente el modelo ya presente en toda la evolución
precedente. Lo que los cristianos llaman pecado original sólo sería en
realidad el carácter mixto del ser, una mezcla de bien y de mal que,
según esta teoría, pertenecería a la naturaleza misma del ser. En el
fondo, es una visión desesperada: si es así, el mal es invencible. Al
final sólo cuenta el propio interés. Y todo progreso habría que
pagarlo necesariamente con un río de mal, y quien quisiera servir al
progreso debería aceptar pagar este precio. La política, en el fondo,
está planteada sobre estas premisas, y vemos sus efectos. Este
pensamiento moderno, al final, sólo puede crear tristeza y cinismo.
Así, preguntemos de nuevo: ¿Qué dice la fe, atestiguada por san
Pablo? Como primer punto, la fe confirma el hecho de la competición
entre ambas naturalezas, el hecho de este mal cuya sombra pesa sobre
toda la creación. Hemos escuchado el capítulo 7 de la carta a los
Romanos, pero podríamos añadir el capítulo 8. El mal existe,
sencillamente. Como explicación, en contraste con los dualismos y los
monismos que hemos considerado brevemente y que nos han parecido
desoladores, la fe nos dice: existen dos misterios de luz y un misterio
de noche, que sin embargo está rodeado por los misterios de luz. El
primer misterio de luz es este: la fe nos dice que no hay dos
principios, uno bueno y uno malo, sino que hay un solo principio, el
Dios creador, y este principio es bueno, sólo bueno, sin sombra de mal.
Por eso, tampoco el ser es una mezcla de bien y de mal; el ser como tal
es bueno y por eso es un bien existir, es un bien vivir. Este es el
gozoso anuncio de la fe: sólo hay una fuente buena, el Creador. Así
pues, vivir es un bien; ser hombre, mujer, es algo bueno; la vida es un
bien. Después sigue un misterio de oscuridad, de noche. El mal no viene
de la fuente del ser mismo, no es igualmente originario. El mal viene de
una libertad creada, de una libertad que abusa.
¿Cómo ha sido posible, cómo ha sucedido? Esto permanece oscuro. El
mal no es lógico. Sólo Dios y el bien son lógicos, son luz. El mal
permanece misterioso. Se lo representa con grandes imágenes, como lo
hace el capítulo 3 del Génesis, con la visión de los dos árboles, de
la serpiente, del hombre pecador. Una gran imagen que nos hace adivinar,
pero que no puede explicar lo que es en sí mismo ilógico. Podemos
adivinar, no explicar; ni siquiera podemos narrarlo como un hecho junto
a otro, porque es una realidad más profunda. Sigue siendo un misterio
de oscuridad, de noche.
Pero se le añade inmediatamente un misterio de luz. El mal viene de una
fuente subordinada. Dios con su luz es más fuerte. Por eso, el mal
puede ser superado. Por eso la criatura, el hombre, es curable. Las
visiones dualistas, incluido el monismo del evolucionismo, no pueden
decir que el hombre es curable; pero si el mal procede sólo de una
fuente subordinada, es cierto que el hombre puede curarse. Y el libro de
la Sabiduría dice: "Las criaturas del mundo son saludables" (Sb
1, 14).
Y finalmente, como último punto, el hombre no sólo se puede curar, de
hecho está curado. Dios ha introducido la curación. Ha entrado
personalmente en la historia. A la permanente fuente del mal ha opuesto
una fuente de puro bien. Cristo crucificado y resucitado, nuevo Adán,
opone al río sucio del mal un río de luz. Y este río está presente
en la historia: son los santos, los grandes santos, pero también los
santos humildes, los simples fieles. El río de luz que procede de
Cristo está presente, es poderoso.
Hermanos y hermanas, es tiempo de Adviento. En el lenguaje de la Iglesia
la palabra Adviento tiene dos significados: presencia y espera.
Presencia: la luz está presente, Cristo es el nuevo Adán, está con
nosotros y en medio de nosotros. Ya brilla la luz y debemos abrir los
ojos del corazón para verla, para introducirnos en el río de la luz.
Sobre todo, debemos agradecer el hecho de que Dios mismo ha entrado en
la historia como nueva fuente de bien. Pero Adviento quiere decir también
espera. La noche oscura del mal es aún fuerte. Por ello rezamos en
Adviento con el antiguo pueblo de Dios: "Rorate caeli desuper".
Y oramos con insistencia: Ven Jesús; ven, da fuerza a la luz y al bien;
ven a donde domina la mentira, la ignorancia de Dios, la violencia, la
injusticia; ven, Señor Jesús, da fuerza al bien en el mundo y ayúdanos
a ser portadores de tu luz, agentes de paz, testigos de la verdad. ¡Ven,
Señor Jesús!
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Todas las catequesis sobre san Pablo que Benedicto XVI ha tenido en las
audiencias generales del miércoles, en el sitio del Vaticano:
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Audiencias
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El análisis textual de cinco catequesis tipo de Benedicto XVI, las
dedicadas el pasado invierno a san Agustín, poniendo en evidencia las
palabras que el Papa dijo aparte del texto escrito:
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Exclusivo. Las palabras que Benedicto XVI agrega improvisando cuando
predica a los fieles (11.3.2008)
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Las replicas vaticanas al teólogo neomodernista Vito Mancuso, según
el cual "el pecado original es un auténtico monstruo especulativo
y espiritual":
>
Un teólogo pone de cabeza la fe católica. Pero la Iglesia dice no
(8.2.2008)
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11.12.2008
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