Yo descubrí algo muy provocador

Itinerario espiritual de Peter Seewald, el “entrevistador” de Joseph Ratzinger

Peter Seewald nació en Baviera en 1954. Periodista, ha trabajado para las revistas Spiegel y Stern, así como en el periódico Süddeutsche Zeitung. Entre sus publicaciones más conocidas están dos libros de entrevistas con el Cardenal Joseph Ratzinger, titulados La sal de la tierra (1996) y Dios y el mundo (2000). Además, acaba de aparecer su semblanza del papa: Benedicto XVI. Una mirada cercana. Él mismo ha conocido una significativa evolución interior.

Alfonso Riobó

-Desde hace algunos años, es Usted conocido en todo el mundo por sus libros-entrevista con el Cardenal Joseph Ratzinger. Ahora también es autor de una biografía del Santo Padre. En esos libros se advierte que el entrevistador ha evolucionado personalmente: se advierte en los comentarios y hasta en la formulación de las preguntas. ¿Podría explicarnos cuáles fueron sus raíces religiosas?

Es cierto que son cosas difíciles de contar. Pertenecen a ese ámbito de las cuestiones íntimas, que no pueden expresarse fácilmente con palabras. Pero lo intentaré con mucho gusto.

Yo provengo de una zona muy católica de Alemania, la baja Baviera, y fui “socializado” en un sentido católico. De pequeño era un monaguillo entusiasta. Mis raíces son estas, y están entrelazadas con la liturgia. Cuando ahora pienso en aquellos tiempos, me doy cuenta de que son los momentos más bellos. Recuerdo cuando participaba en la misa del vicepárroco, en aquella pequeña capilla; por ejemplo, en los días anteriores a Navidad, las misas rorate me impresionaban mucho y me llenaban. Mis padres no me obligaban a ir; iba voluntariamente. Ellos no eran tan religiosos como quizá se supone que debería ser normal en aquella región.

Tardé bastante en comprender hasta qué punto la época de Hitler apartó de la fe a la generación de mis padres. Se propusieron apartarles de la religión cuando aún eran niños, y los metían en las juventudes hitlerianas, lo que dañó su fe católica anterior para largo tiempo.

EL PASO POR EL COMUNISMO

-Sin embargo, no permaneció usted en la Iglesia católica.

Cuando comenzó en Alemania la época de la revuelta antiautoritaria, yo emprendí una senda totalmente nueva. En mi pequeña ciudad de origen, Passau, me convertí en inspirador de un pequeño movimiento de izquierda radical. Al inicio no éramos comunistas, pero luego comenzamos a acercarnos a los ideales del comunismo. Leíamos el “Manifiesto comunista”, mantuvimos contactos con grupos de esa ideología,… hasta que me convertí en un comunista convencido. Siendo así, ya no tenía sentido permanecer en la Iglesia. No me había apartado de la fe porque hubiera dejado de compartir los contenidos de la fe; simplemente prescindí de ella, como quien se quita un abrigo. Para nosotros, el Papa era parte de imperialismo internacional, un servidor del capital. Sencillamente, nos colocamos entonces unas gafas diferentes para mirar las cosas, y eso nos situó en otro campo.

-¿Cuánto duró su comunismo?

Allí permanecí durante algunos años, aproximadamente cinco. Me alejaría luego progresivamente. Sobre todo, me molestaba que en esos grupos comunistas -y, más en general, en la ideología del marxismo- la dignidad del hombre siempre quedaba en lugar secundario; su defensa nunca es firme, sino que está sometida siempre a un criterio de utilidad.

En todo caso, lo cierto es que en un cierto momento decidí abandonar formalmente la Iglesia. Tenía 18 años.

- Más adelante, algo le debió de hacer cambiar.

Mi nueva situación me comenzó a producir una sensación de vacío, tanto en lo político, porque ya no era un comunista convencido, como en lo religioso. Sí, ciertamente: había abandonado la Iglesia , e incluso lo habría hecho antes si hubiera sabido que podía hacerse. Además, había experimentado ese paso como una liberación: me parecía llegado el momento de hacer algo nuevo, y me gustó quitarme ese traje, como lo hace un niño. Pero esa situación tampoco me llenaba. Me sentía en tierra de nadie.

-¿En qué sentido?

Continuaba siendo de izquierdas, desde el punto de vista de mi convicción política, que seguía unida a la ilustración y al progreso. Por eso, durante la juventud me había atraído sobre todo el compromiso social y el trabajo a favor de la paz y la justicia en el mundo. Posiblemente haya que entender esta postura también en la perspectiva de una visión cada vez más crítica de una sociedad que se alejaba abiertamente de sus tradiciones anteriores, y especialmente de los fundamentos de la fe cristiana.

-¿Qué deficiencias observaba en esa sociedad?

Si antes estábamos convencidos de que sería una liberación abandonar la religión y expulsar a los apóstoles de la moral, que quería dictarnos cómo teníamos que vivir y nos incomodaban con indicaciones morales, ahora yo veía cada vez con más claridad que, si se pierden aquellos fundamentos y uno se escapa de la influencia de la religión y de la Iglesia , no nace  automáticamente una sociedad más justa, más libre ni más comprometida. Todo lo contrario. Observando con ojos despiertos la evolución de la sociedad, podía advertirse que habíamos caído en la insustancialidad.

            Esta constatación puso en cuestión mi visión del mundo. Me resultaba clara la necesidad de una cierta ética, y deducía que ésta no podía proceder del Estado ni de los partidos.

UNOS HIJOS “PAGANOS”

- ¿Por qué emprendió el camino de regreso?

Mis hijos fueron un detonante de primera magnitud, que hizo que de nuevo me volviera ocupar de la religión. No estaban bautizados: eran auténticos paganos. Pero crecían, y yo observaba su crecimiento con preocupación. Mi mujer y yo decidimos que acudieran a la clase de religión, como quien en la necesidad se aferra a un ancla. Al menos conocerían así la cultura y el pensamiento cristianos. Nosotros, por estar fuera, no podíamos transmitírselos. Pero yo no quería que mis propios hijos fueran ajenos a mi pasado personal, y no pudieran siquiera entender lo que antes me había movido a mí, o lo que caracterizaba nuestra cultura europea.

- Sin embargo, no estaban bautizados.

Tampoco quisimos dejarlos en la simple asistencia a la clase de religión. Decidimos bautizarlos, por un motivo que tampoco sé ahora precisar; soy consciente de que suena un poco absurdo, puesto que yo ni era miembro de la Iglesia ni tenía la intención de volver a serlo.

Un motivo, paradójico, estaba relacionado con mi concepto de libertad. Pensaba: más tarde les será muy difícil encontrar la oportunidad de conocer el cristianismo y de volver a la Iglesia. Yo quería ofrecerles esa posibilidad, dejando que, en todo caso, decidieran después ellos mismos. Ser libre significa, primero, conocer algo, que luego puede abandonarse como resultado de una decisión personal. También intervenía un cierto apego a mis raíces religiosas, aunque fuera algo no motivado racionalmente, porque me decía: si los bautizas, los pones del lado más seguro. Es desagradable el sentimiento de tener hijos que no están bautizados.

Ese fue el siguiente paso: el bautizo de los niños.

LA IGLESIA DE SIEMPRE

- Pero, ¿y Usted mismo?

Con mis hijos comencé luego a ir a la iglesia. Había perdido mi anterior relación con ella hacía más de 20 años. Se había convertido para mí en algo muy lejano, como pueda serlo una cultura extraña de un continente lejano. Me acuerdo muy bien de las primeras veces. En una primera reacción, casi me escandalizó que existieran todavía determinadas cosas que conocía desde la infancia: se cantaban las mismas canciones, las cosas se sucedían de la misma manera…. Otras habían cambiado: había desaparecido el latín, era otro el modo de recibir la comunión, las homilías eran distintas.

Sin embargo, luego me día cuenta de que, en los aspectos sustanciales, era mucho lo que había permanecido igual. Si uno vuelve a una iglesia y continúa yendo, para conocer mejor lo que pasa tiene que acostumbrarse y meterse dentro. No basta con sentarse en un banco: hay que ir un paso más adelante y comenzar a participar. Con la convicción de que quería volver a conocerlo, aunque primero contra mi voluntad, comencé a hacerlo: para saber lo que encierra, si es que hay algo, para averiguar por qué la gente está aquí, o qué influencia tiene sobre ellos.

- ¿Pudo encontrar algo?

Se notaba enseguida que en las misas y en los otros actos del culto católico hay algo que conmueve  interiormente. Esta experiencia puede hacerla cualquiera que esté dispuesto a afrontarla. Además, era sorprendente comprobar que sentaba bien. Después de aquel primer momento de sorpresa e inseguridad en que uno se dice: ¿cómo es posible que siga habiendo estas cosas?, viene un segundo paso en el que se quita las gafas y ve las cosas de otra manera. Lo explica muy bien la siguiente imagen: la belleza de los ventanales de la iglesia solo puede contemplarse desde dentro. Si se da ese paso, entonces no sólo se dice: ¡qué cosas tan viejas!, sino: ¡qué maravilla! ¡Aún tienen estas magníficas canciones, estos textos antiquísimos! Se despierta algo bueno, algo que no perderá nunca su efecto. Con esta nueva perspectiva se comienza no sólo a entender la fe, sino también a aceptar su influjo. Esta fase duró bastante tiempo.

- ¿Por qué duró tanto?

Yo mismo me consideraba situado a una distancia crítica, pero también me veía ganado por un sentimiento de afecto. Era un admirador “por libre” de esas comunidades parroquiales que se han quedado pequeñas en las grandes ciudades. En contraposición al mundo consumista, superficial y vacío de sentido, empezó a parecerme cada vez más moderno aplicar a la vida diaria aspectos de la fe, cosas que había olvidado y de las que sentía su influencia benéfica. Me refiero, por ejemplo, a ir a misa alguna vez entre semana, a encender una vela al entrar en una Iglesia, a hacer un momento de oración en silencio, a meditar... “Meditación”: antes, la palabra estaba relacionada para nosotros con no se sabe qué exóticas religiones orientales. Meditar en la iglesia nos resultaba extraño; pero cuando se hace, los propios sentidos adquieren vida.

EXIGENCIAS PROVOCADORAS

-Los sentimientos le ayudaron… Pero imagino que experimentaría algún problema de tipo intelectual.

Ciertamente. Sobre todo, todavía nos causaban problemas los dogmas de la Iglesia. Muchos de los principios de la fe son aparentemente del todo opuestos a nuestra manera de vivir, y, por otro lado, esa confrontación también produce un efecto muy saludable.

Hay que distinguir primero el nivel de los sentidos, y luego el nivel de la razón; ambos están estrechamente unido. Ese enfrentamiento me parecía muy interesante y me permitía descubrir nuevos ámbitos de vida, como quien encuentra paisajes o islas que habían desaparecido del mapa. Precisamente en la confrontación con mi mundo, con el ambiente externo que me rodeaba como periodista, con la cultura de las redacciones y el modo de pensar de mis amigos y colegas, todo eso que yo había comenzado resultaba muy provocador. Desde luego es provocador decir: amigos, vosotros estáis contra la Iglesia tan sólo por definición, pero… también podría ser que a veces el Papa tenga razón, que en ciertos casos la fe tenga un contenido irrenunciable para nuestra vida y para la sociedad… Esto era mucho más provocador, que yo cuando era comunista y vendía por la calle mi periódico revolucionario.

-¿Tuvo esa actitud alguna consecuencia?

En cierto sentido, provocar así me divertía. Pero tenía también sus consecuencias: en mi ambiente, igual que en otros, si se defiende al Papa, antes o después se experimentan las consecuencias. No lo digo sólo negativamente, en el sentido de que a uno le pongan la etiqueta negativa, sino también en sentido positivo: uno casi no puede sustraerse a esta fascinación e irradiación. Para mí, esto representa un gran misterio. Encierra algo encerrado que es más fuerte que la cultura de nuestro tiempo. Lo mismo se advierte si se contempla con mirada sobria el hecho de que, aunque  haya  alrededor de mí muchos millones de personas que, por la presión de los medios de comunicación y por lo que nosotros hacemos, hayan asumido rasgos predominantemente paganos, sin embargo, al menos nominalmente, pertenecen  al cristianismo. Es ciertamente una paradoja que después de veinte o treinta años de propaganda anticristiana siga habiendo millones de personas capaces de permanecer fieles a esta Iglesia.

- ¿Lo hacen por pura inercia?

Cada vez veo con más claridad que no hay nada más exigente, en cualquier época, que ser cristiano. Ninguna ideología, ningún partido, ningún Estado: nadie en el mundo tiene ideales tan altos como el cristianismo. Que sean siempre alcanzados o no es otra cuestión; en todo caso, aquí se proclama algo que no puede ser superado.

He podido entender que el cristianismo continúa siendo un movimiento de protesta. En mi pasado como izquierdista, esa era la actitud que me había atraído y fascinado.

- El cristianismo, ¿es de izquierda?

Ahora veo el cristianismo como un movimiento de protesta. El papa Juan Pablo II decía una y otra vez palabras nunca oídas, que, en realidad, eran verdaderas enormidades: precisamente Juan Pablo II me enseñó que la Iglesia puede ser una organización “de lucha”, en un movimiento de defensa del amor y la paz. Yo había perdido completamente esta visión de la religión. Me quedaba en los aspectos de la institucionalización de la Iglesia , o de las actitudes de la simple administración de la fe por parte de algunos dirigentes de la iglesia, de algunos obispos, etc. No eran completamente inventadas las caricaturas en las que se representaba a algunos dirigentes de la Iglesia como jerarcas cómodamente sentados sobre sus beneficios. Pero ahora mi punto de partida era completamente distinto.

CARDENAL RATZINGER

- ¿Qué supusieron sus encuentros con el entonces cardenal Ratzinger?

 Recibí de la redacción de mi revista el encargo de hacer una semblanza sobre él. Era una situación especial, pues la revista para la que trabajaba nos daba gran libertad, y no estábamos muy vinculados ni en cuanto al tema ni en cuanto a la orientación ideológica. Éramos un equipo que buscaba nuevos caminos, y que intentaba ver lo ya conocido con ojos nuevos, de manera más exacta, más allá de los viejos esquemas, como si en la redacción se abriera una nueva ventana. Por eso pude ocuparme del Cardenal Ratzinger de un modo distinto.

Era el año 1992. A Joseph Ratzinger, que llevaba más de 10 años como Prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe , le dirigían todo tipo de insultos y lo despreciaban como el Panzerkardinal. Nos dijimos: por una vez, vamos a mirarlo con más precisión, y veamos si corresponden a la realidad esos juicios que todo emplean. Eso fue todo. Por tanto, la búsqueda de la verdad fue lo que me abrió este nuevo acceso.

- ¿Qué encontró?

Sorprendido, descubrí que lo que los análisis de la sociedad que había emitido J. Ratzinger en su época de obispo de Munich se habían cumplido, eran ciertos. El tiempo es un criterio magnífico; basta con mirar lo que se dijo hace varios años. Este hecho me inquietó, a la vez que me llenaba de entusiasmo. De repente, yo, izquierdista, coincidía con un dirigente eclesiástico que se suponía era conservador y de derechas. ¿Qué pasa? O yo estoy yo loco, o él está loco… o tiene razón.

-¿Es posible ayudar a sus colegas del periodismo, de la intelectualidad, etc., a experimentar una evolución como la suya?

Esta es la gran tarea de nuestro tiempo. No existe una receta fácil y universal. Parece claro que la belleza del mundo de los sentidos y la belleza de la verdad han de resultar visibles y perceptibles. Si se ofrecen a los hombres, para que descubran en ellas una riqueza para su vida personal, entonces la experiencia se vuelve contagiosa.

A partir de esa base, se vuelve a entender que el Evangelio no es un invento de ninguna clase, una escritura exótica o una ideología, sino una introducción a la vida. A través de la belleza de la fe, se volverá a descubrir la belleza de Dios, su amor y su providencia. Ya no se pensará que la religión y el mensaje de Cristo nos quitan la libertad, sino que nos la da. Además, nos permite descubrir nuevamente la “facilidad” de la vida.

- ¿A qué alude con esa “facilidad”?

Ponerse bajo la dirección de Dios, con su amor y su ayuda, hace que tantas cosas en la vida sean mucho más fáciles. Se vuelve uno más ligero: las cosas no le parecen tan costosas, sabe que hay también una redención, y que esta redención supera nuestra existencia terrena. Nuestro camino en la vida no es limitado, sino infinito.

Hay que decir, finalmente, que decir que el modo principal de hacer propaganda del cristianismo son los propios cristianos. Ellos, con su ejemplo auténtico, deben mostrar a los otros que este mundo es magnífico, y es correcto: era así al comienzo, ha funcionado así, y así será hoy de nuevo. El hombre debe saber que siempre tiene la ayuda de alguien más grande, que está por encima de nosotros.