La parábola de Lázaro y el rico - Hoja de Ruta

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La parábola de Lázaro y el rico

Juan Luis Caballero
Profesor de Nuevo Testamento, Universidad de Navarra / revista palabra



Quien no escucha a Dios en su palabra “ordinaria” (en la Escritura, Dios muestra el camino, y el hombre “escucha” o no voluntariamente), no le hará caso en la “extraordinaria”: ni a un Lázaro, al que seguramente conocen los hermanos (quizá el Lázaro de Jn 11), ni al mismo Jesús resucitado

Entre las parábolas del Evangelio de Lucas que no están en los otros dos Sinópticos se encuentra la de Lázaro y el rico (Lc 16, 19-31). Para comprenderla bien, debemos fijarnos en su dinámica narrativa, dejando hablar al texto por sí mismo, y no intentando enmendar lo que nos parece menos comprensible. El autor ha creado un “mundo” con el que transmitir un mensaje. Si corregimos el texto, lo vaciaremos de sentido.

Esta parábola se encuentra después de la del hijo pródigo (Lc 15, 11-32), en la que éste obtiene misericordia al arrepentirse y en la que también se banquetea (aunque por otra razón). Atendiendo al contexto inmediato, se sitúa después de un pasaje al que sirve de contrapunto: unos fariseos cuyo señor son las riquezas (Lc 16, 13) son reprendidos por ampararse en una falsa justicia (Lc 16, 14-15); la Ley y los Profetas manifi estan la voluntad de Dios (Lc 16, 16-18).

La parábola consta de tres escenas. La acción se desarrolla desde una situación de partida (las dos escenas finales se sitúan en el Mas Allá, aunque la tercera mira, además, al mundo de los vivos), generando dos tipos de tramas: unas de “resolución”, en las que algo sucede, y otra de “revelación”, en la que algo se desvela.

Primera escena

“Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino finísimo, y todos los días celebraba espléndidos banquetes. En cambio, un pobre llamado Lázaro estaba tendido a su puerta, cubierto de llagas, deseando saciarse de lo que caía de la mesa del rico. Y hasta los perros venían a lamerle las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abrahán; murió también el rico y fue sepultado” (vv. 19-22).

La parábola habla primero de un rico sin nombre y, después, de un pobre llamado Lázaro (= Eleazar = “Dios ayuda”). El nombre del pobre evita que su caso se aplique a todo pobre; el “no nombre” y el nombre anticipan la inversión de situaciones tras la muerte: los ricos son conocidos en esta vida mientras que éste, después de ella, permanece anónimo; los pobres, en esta vida, son anónimos, pero éste tiene nombre en la otra.

El rico vive de una forma extravagante (cfr. Pr 31, 22). Lázaro, por su parte, se “ve obligado” (“estaba tendido”; cfr. Mt 8,6.14; 9,2) a pedir ante la casa del rico (quizá por causa de sus llagas) pero, en lugar de recibir las sobras de su mesa (cfr. Mt 15, 27), él mismo sirve como “alimento” a los perros del rico (lamen sus llagas y le atormentan), que son los que se han alimentado de las sobras.

Ambos, en fin, se igualan en el momento de la muerte, pero ahora la parábola sitúa primero al pobre, que no es enterrado (esto sería lo piadoso; cfr. 1R 14, 13), pero es “llevado” (como Henoc y Elías) al seno de Abraham (hospitalario en vida, no como el rico: cfr. Gn 18, 1-15; cfr. Jn 13, 23), recibiendo así las bendiciones prometidas al patriarca. El rico es, sin más, “sepultado” (se va sin nada y sin nadie: en realidad era pobre, dice san Juan Crisóstomo).

Segunda escena

“Estando en los infiernos [en el Hades], en medio de los tormentos, levantando sus ojos vio a lo lejos a Abrahán y a Lázaro en su seno; y gritando, dijo: ‘Padre Abrahán, ten piedad de mí y envía a Lázaro para que moje la punta de su dedo en agua y me refresque la lengua, porque estoy atormentado en estas llamas’. Contestó Abrahán: ‘Hijo, acuérdate de que tú recibiste bienes durante tu vida y Lázaro, en cambio, males; ahora aquí él es consolado y tú atormentado. Además de todo esto, entre vosotros y nosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieren atravesar de aquí hasta vosotros, no pueden; ni tampoco pueden pasar de ahí hasta nosotros’” (vv. 23-26).

Los contrastes se acentúan: el rico está ahora entre tormentos (el premio por sus obras buenas ya lo recibió en vida; cfr. Lc 6, 24); el pobre es consolado en el seno de Abraham: ha sido premiado con una “nueva vida”. El rico, por el contrario, está “muerto”: “sepultado” y en el Hades, lugar que alude a una condena (cfr. Jds 6-7; 1P 3, 19-20). En el plano religioso, el rico se siente “hijo de Abraham” (= judío), pero eso contrasta con la distancia insalvable que hay entre ellos: él no ha sido bendecido y, por tanto, no es verdadero “hijo”; Abraham querría ayudarle, pero ya no puede. El texto alude a una falsa conciencia de justicia por el hecho de haber tenido riquezas en vida y a la creencia de que las desgracias son un castigo divino (cfr. Jn 9, 1-3).

El rico, además, llama a Lázaro por su nombre: esto quiere decir que le conocía y sabía de su situación y, aún así, no acudió en su ayuda. El relato expresa que no es la riqueza en sí misma la que condena ni la pobreza la que salva (la parábola no se aplica a todos los ricos y a todos los pobres), sino que lo condenable es del desprecio del pobre al que se podría haber ayudado y lo laudable es la aceptación paciente de los sufrimientos y el desprecio (san Juan Crisóstomo). El rico, que es el “protagonista” de la parábola, sigue tratando a Lázaro como potencial siervo, y a través de él pide alivio (misericordia; cfr. Lc 17, 13; 18, 38-39) a su sufrimiento, aunque ya demasiado tarde. El fuego, imagen del castigo (cfr. Is 66, 24; Si 21, 9-10), intensifica la de una sed que el rico siempre buscó satisfacer en vida y ahora seguirá sintiendo, pero sin poder apagarla (cfr. Mt 7, 2).

Tercera escena

“Y él dijo: ‘Te ruego entonces, padre, que le envíes a casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les advierta y no vengan también a este lugar de tormentos’. Pero replicó Abrahán: ‘Tienen a Moisés y a los Profetas. ¡Que los oigan!’. Él dijo: ‘No, padre Abrahán; pero si alguno de entre los muertos va a ellos, se convertirán’. Y le dijo: ‘Si no escuchan a Moisés y a los Profetas, tampoco se convencerán ni aunque uno resucite de entre los muertos’” (vv. 27-31).

En la conversación se ve que Abraham no se presenta como juez ni quiere insistir en la retribución, sino que busca hacer reflexionar a los vivos. De las respuestas del rico se deduce que el problema ha sido su desprecio a lo dicho por la Ley y los Profetas (cfr. Lc 16, 16; 24, 27.44; Hch 28, 23), y que eso ha endurecido su corazón (también el de sus hermanos; cfr. Hch 7, 51-53). Quien no escucha a Dios en su palabra “ordinaria” (en la Escritura, Dios muestra el camino, y el hombre “escucha” o no voluntariamente), no le hará caso en la “extraordinaria”: ni a un Lázaro, al que seguramente conocen los hermanos (quizá el Lázaro de Jn 11), ni al mismo Jesús resucitado.

La última trama de resolución no tiene desenlace: está en la mano del oyente o lector. El tiempo de escucha y conversión se acaba con la muerte. En cuanto a la trama de revelación, la parábola nos dice mucho: Dios nos ofrece la oportunidad de conversión hasta el último momento; existe vida después de la muerte; hay un juicio y una retribución acorde con las propias obras; ya no es posible cambiar tras la muerte; es erróneo interpretar la prosperidad en la tierra como un premio a la rectitud moral, o la adversidad como un castigo.



 
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