Seamos sinceros - Hoja de Ruta

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Seamos sinceros, por EfectiVida
José Iribas



Hoy en Dame tres minutos tenemos un regalo. Y no es el primero que nos hace Jaír.

Vaya para él – que es lo mismo que decir para @efectivida – todo mi agradecimiento.

Sinceramente, es un placer leer sus posts.

Y, por ello, hago ya mutis por el foro y te dejo con él (¡que son tres minutos y no quiero robarle ni medio!).

¡Ah, me guardo una sorpresa! No he visto los vídeos que nos regala. Así que… los disfrutaré a la vez que tú. Al menos… eso espero. Te lo digo con total sinceridad.

Te dejo con Jaír.

Seamos sinceros, por EfectiVida

¿Has oído alguna vez una de estas expresiones? “A ver… seamos sinceros” – “Sé sincero, ¡dime!” – “Siendo sincero…” – “Mira… ¡voy a serte sincero!”.

¿A qué sí que las has oído? Y probablemente también las has pronunciado.

El caso es que, no sé por qué, en uno de estos días de reflexión pensé: ¿Y por qué hay que SER sincero? ¿Es que acaso no lo somos siempre?

El origen de la palabra sincero

Pues si nos fijamos en estas frases, parece ser que no. Y por eso se repite tanto la expresión tipo: VERBO SER + SINCERO (cambiando el género o el número). Es como si tuviéramos que animarnos o convencernos para decir la verdad. Quizá estés pensando: “bueno… tampoco es para tanto, al fin y al cabo son frases hechas que decimos sin pensar”. Es probable, pero… seamos sinceros… la verdad es que no siempre somos cien por cien transparentes.

A propósito de esto, me gustan mucho las etimologías de la palabra “sinceridad”. Según muchos, en la época renacentista, cuando a un escultor no le salía del todo bien su obra, tapaba los defectos con cera. Así, si una estatua era fiel al modelo, se le decía “sin cera”.

Indagando un poco más, parece ser que esta etimología es falsa. Pero… ¿a que queda muy bien? La etimología real se refiere simplemente a algo que ha nacido de un solo sitio, sin mezclar, puro.

La sociedad del postureo

Sea como sea, lo cierto es que esto de la sinceridad es un recurso para tapar nuestras imperfecciones. Y hoy en día más que nunca. Vivimos en la sociedad del “postureo”, de las fotos editadas, del “qué dirán”, y todos estos clichés.

Es como si una fuerza externa nos obligara a tener que ser de cierta manera. Desde que te sales de las medidas convencionales, dejas de ser aceptado. Hasta tal grado se nos presiona para entrar en el corsé, que a muchos les parece que no les queda más remedio que echarse cera encima. Y estoy hablando casi literalmente. No es cera, sino bótox, silicona o sustancias similares.



Claro, no se puede juzgar a los demás por intentar mejorar su cuerpo, aparentar algo que no son o por hacer declaraciones poco sinceras. Quizás, detrás de todo eso hay buenos sentimientos, necesidad de agradar, falta de autoestima y un montón de cosas más que no pueden ser reprobadas porque sí.

En mi decálogo (una cursilada que tengo como fondo de pantalla), hay una frase (no recuerdo bien de dónde salió) que dice: “Quiero ser lo que aparento, y aparentar lo que soy”.

Por supuesto, siendo sinceros, si lo tengo en el decálogo es porque, en más de una ocasión, no lo he cumplido. Me calma la conciencia, por lo menos, pensar que al menos lo tengo como objetivo. No es fácil esto de que lo que somos y lo que aparentamos coincida, pero merece la pena el esfuerzo.

¿Valen las “mentirillas”?

No todos opinan así. Para muchos habrá mil motivos para no ser sincero, para ocultar la verdad. Hay incluso quien lo justificará como si fuera algo bueno. Hace poco escuché una charla Tedx que hablaba sobre la mentira y los sesgos, y defendía, en cierto modo, que hay mentiras útiles. Interesante…

Claro, quizá el problema aquí podría estar en definir qué es una mentira y qué no lo es. Y también habría que saber qué significa eso de “pequeñas mentirillas” o “mentiras piadosas”. Lo que está claro, es que, a la larga, mentir para cubrirte las espaldas, o para librarte de las consecuencias de tus propios actos, no suele traer buenos resultados. Eso es, al menos, lo que dice la señora Experiencia. Todos conocemos gente que no fue sincera. Empezaron mintiendo, o faltando a la verdad, que es lo mismo, repitieron, y al final la bola de nieve se hace tan grande que les termina engullendo. Ya sabes eso que dicen de que una mentira cubre a otra mentira. Al final… todo se sabe. Y… ¡qué quieres que te diga! Es más sencillo decir la verdad desde el principio.

Decir la verdad tiene ventajas

Me gusta mucho una frase que leí hace un tiempo:

“El que dice la verdad no necesita tener buena memoria (Mark Twain)”

Una vez más: SÉ sincero. ¿Qué opinión te merecen estas personas que, cuando hablan, nunca se sabe si lo que dicen es cierto o no?

Al contrario, decir la verdad te honra. Cuando dices la verdad, tu palabra empieza a valer algo. Ser sincero te acerca a las personas. Cuando la sinceridad se une al encomio, los resultados son extraordinarios. Además, ser sincero con uno mismo ayuda a mejorar, a rectificar los errores.


Sincero, no sin tacto, ni acusica

Esto no quiere decir que tengamos que ir por ahí diciéndole a alguien lo feo que es, por muy cierto que sea. Hay que ser “sincero”, no “sin tacto”. No, no es esa la cuestión. Para todo, la clave es el equilibrio. En muchas situaciones, simplemente no se requiere que digamos lo que pensamos. Por ejemplo, ¿le darías un consejo a alguien que no lo va a aceptar? ¿Que además se va a enfadar contigo? ¿Es ese consejo tan importante como para darlo pase lo que pase?

Otra cuestión interesante es eso que llaman ser un “acusica”, o un traidor, si prefieres la palabra más fuerte. Decir siempre la verdad no implica que vayamos contando a todo el mundo nuestras intimidades. Tampoco criticando lo que les sucede a los demás. Hay un extracto de la película “Perfume de mujer”, al que llaman “El discurso del coronel”. Lo protagoniza Al Pacino, y deja una frase épica: “Él no va a vender a nadie para comprar su futuro. Y eso, amigos, se llama integridad”.



Así que ser sinceros tampoco es vender a los demás.

Creo que, una vez más, los niños nos dan el ejemplo. Casualmente, en el primer post que publiqué como invitado, justo en esta misma casa, hablé sobre la capacidad de los niños para crear y cuánto tenemos que imitarles. En esto de la sinceridad también nos ganan por goleada. Un niño no se plantea si lo que va a decir tendrá consecuencias o no. Sencillamente, lo suelta y listo. Como decíamos antes, la clave es el equilibrio. Probablemente los niños se pasan de sinceridad. Los niños, y parece ser que también les pasa a los borrachos.

Por qué no somos sinceros siempre: el jarrón roto

La cuestión es: ¿Te has planteado por qué los niños dejan de ser sinceros? Creo que hay varios factores implicados.
Uno tiene que ver con los castigos que a veces imponemos a nuestros hijos. Les pedimos que nos cuenten la verdad, pero no la premiamos cuando esa verdad no nos gusta.

Imagina la siguiente situación. Llegas a casa y ves que tu jarrón preferido (pon si quieres otro objeto caro que te guste mucho) ha desaparecido. Preguntas y nadie sabe. Pero tú te hueles algo. Vas a la basura, y… ¡ahí está el jarrón! Bueno, lo que queda de él. Así que montas en cólera, y vas directo a por el niñito travieso que te mira con los ojos abiertos a lo que dan sus órbitas. Las manos cruzadas en la espalda y los dientes apretados. “Has sido tú, ¿verdad?” -Silencio- “¡Pues castigado un mes sin videojuegos!”.

Ahora piensa en lo siguiente. ¿Tú crees que la próxima vez que rompa algo va a ir corriendo a decírtelo? ¡Claro que no! Lo que va a hacer es inventarse otra historia, eliminar las pruebas e insistir hasta la extenuación en que él no ha sido. Qué diferente hubiera sido si, pasado el enfado, hubieras ido a tu hijo, te hubieras agachado, con una mano por encima de su hombrito, y le hubieras dicho algo así como: “Mira hijo, sé que has sido tú, pero no pasa nada. Las cosas se rompen. Me gustaría saber qué ha pasado. Cuéntame”. Igual el niño debe asumir las consecuencias de sus actos, sobre todo si le dio al jarrón con esa pelota que le dijiste que no podía usar en casa. Pero incluso si decides castigarle, el niño debe tener la seguridad de que decir la verdad sale barato.

Da el ejemplo

Pero esto de la educación no es lo único que destruye la sinceridad de nuestros pequeños. ¿Qué le dices cuando muere alguien cercano a la familia? ¿Y quién le dices que le regaló eso que tanto quería? ¿O qué le cuentas si, desgraciadamente, hay una separación o un divorcio? No es fácil explicar ciertas cosas a los niños, pero tampoco es imposible hacerlo sin mentirles. Por cierto, con los adultos sucede lo mismo.

Podría poner más ejemplos, pero creo que la cosa está clara como el agua. No podemos pretender que los adultos del futuro sean sinceros si nosotros no lo somos, si inventamos historias increíbles, si no reconocemos nuestros errores ni pedimos perdón.

Y si no, piensa: ¿hace cuánto no has oído una frase como esta?:

“Lo siento, me equivoqué. Haré lo que esté en mi mano por arreglarlo. No volverá a ocurrir”.

Es una expresión en peligro de extinción.

“Raro, raro, raro”. Con este panorama de insinceridad, al final resulta normal que autoridades de todo tipo, incluso estamentos enteros, se dediquen a mentir hasta la saciedad. Siguiendo el símil de las estatuas, se sacaría cera en cantidad industrial.

Viene al caso lo que le escuché a Álex Rovira en una de sus conferencias:

“No hables, haz.

No convenzas, da el ejemplo.

No prediques…

tu hijo te está mirando”


Es posible que no concuerdes con algunas de las cosas que he expresado en los párrafos anteriores. Cada cual tiene su opinión. Y de eso se trata, de ser sinceros, de expresar nuestras opiniones sin miedo. Como dijo Voltaire (o su biógrafa):

“Estoy en desacuerdo con lo que dices, pero defenderé hasta la muerte tu derecho a decirlo”.

Y es que, al fin y al cabo, a todos nos gusta la sinceridad. En definitiva, querido lector, ¡SEAMOS (más) SINCEROS!

Aquí Jaír concluye el post.

Pero no quiero dejar que esta entrada finalice sin recomendarte que visites su magnífica web en la que habla -el nombre lo dice todo- de efectividad. ¿De qué? Él te lo explica si pinchas aquí.

¡Haz clic! Te gustará. Sinceramente.

 
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