Ideología de género. Una visión antropológica - Servicio Católico

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Ideología de género. Una visión antropológica

Ideología de género. Una visión antropológica
Pedro López García. Biólogo




1.- ¿Qué es la “ideología de género”?




Habría que señalar, en primer lugar, que la ideología, como su nombre indica, es un pensamiento circular y cerrado, como una creencia, un dogma, que supone siempre un acto de fe cuasi-religiosa, es un pensamiento clausurado que no admite más que partidarios o detractores. En el caso de la ideología de género, centrado en la psico-sexualidad. La ideología de género propugna la igualdad identitaria de todo ser humano en cuanto a su expresión corporal, difuminando a la vez la propia identidad. Si todos queremos ser iguales, hay que erradicar cualquier diferencia. La sexualidad es una diferencia, pues nos hace machos o hembras y, en consecuencia, según la ideología de género, hay que abolir la esclavitud multisecular que ha padecido la mujer y, yendo más allá, hasta la radicalidad, abolir cualquier diferenciación sexual-corporal, que está en la base de toda opresión. Se trata de anular la identidad personal-sexual diferente (y complementaria), asumiendo un polimorfismo sexual, para lograr la igualdad. Pero la igualdad sólo se puede conseguir si, y sólo si, se renuncia a la diferencia. Lo que sencillamente no es transferible: yo soy yo y no puedo dejar de ser yo. No es una cuestión de igualdad o desigualdad, sino de diferencia entre incomparables: y esto es propio y original de la sexualidad. Y lo que no capta la ideología de género: es refractaria.



La sexualidad no se da en “abstracto”, sino en singular, en personal (yo/tú) que son siempre seres sexuados, del mismo modo que uno es blanco y otro moreno, alto y bajo, de un temperamento o de otro, y multiciplicidad de condicionamientos biológicos, topográficos, ambientales, climatológicos, culturales, etc.




La complementariedad sexual (macho/hembra) no abole la diferencia, sino que realiza precisamente esa diferencia. La apertura al otro sexo nos enseña que la diferencia no agota la humanidad; y que la “complementariedad”, sin confusión ni identidad al otro, nos lleva al misterio de lo realmente distinto que yo, que no puede absorber en su singularidad: yo soy yo, pero soy por otro y para otro.




Según la ideología de género, el rol sexual no lo da la biología, sino la construcción cultural que cada uno, en uso de su libertad, quiera darse así mismo, a su cuerpo, como epifanía de su individualidad. En consecuencia, no hay sexualidad determinada, sino polivalencia según sea el sentimiento personal, como uno se sienta más a gusto consigo mismo, por lo que puede ser cambiante a lo largo de la propia biografía.




Quién queda atrapado en sus planteamientos le impide construir un proyecto integrador y de futuro, pues la persona se desvanece en su soledad. El individuo es banalizado porque su propia corporeidad –y la sexualidad es corporeidad- queda desligado de cualquier trabazón: se trivializa.




Lo perverso de la ideología de género es que quien “crea” en ella tiene muchas papeletas para un estrepitoso fracaso personal y social, pues postula la deconstrucción de lo humano para, con sus restos, volver a realizar una quimera a gusto de cada uno. No estamos ante una cuestión moral (desviación o como se le quiera llamar, aunque lo sea): estamos ante una cuestión de mayor envergadura puesto que lo que se compromete es el propio ser y hacer del ser humano. Por tanto, no conviene asomarse desde un punto de vista axiológico. Con un convencido no hay posibilidad de diálogo, a no ser que se pueda entrar a nivel antropológico (y admita el diálogo, lo que no es ciertamente fácil). La moral y los valores han de quedar excluidos, en un primer momento, para dialogarlo después, en un segundo plano, pues la persona convencida considera que lo moral es lo que él haga con su libertad, independientemente de otras consideraciones morales (inexistentes, por otro lado, desde su punto de vista). Esta es la razón última de que nos encontramos ante una verdadera ideología: un círculo cerrado sobre sí mismo, una fe dogmática y, por esa misma razón, no desmontable.




Un gran precedente lo tenemos en una de las mayores feministas de todos los tiempos: Simone de Beauvoir, que hizo famosa la frase de que la “la mujer no nace, se hace”.




2.- Antecedentes filosóficos y antropológicos de la ideología de género




En realidad, la ideología de género es un subproducto típico de la postmodernidad. Si nos adentramos en la historia del pensamiento es fácil descubrir algunos pormenores que quizá pasan desapercibidos a primera vista. Hemos de remontarnos un poco…, para explicar lo inexplicable.




En primer lugar la fractura que Ockham produce en el Medievo, con la intención de subrayar la absoluta omnipotencia de Dios. Para lograrlo ha de escindir la razón (entendimiento) de la voluntad, como dos cosas que acontecen separadas (como en nosotros); y da prioridad a la voluntad (amor voluble). Pero ignora que la consecuencia es hacer de la voluntad divina un puro arbitrio como lo entiende la criatura humana: elección entre el bien y del mal. Acontece, sin embargo, que Dios no puede querer el mal (¡tiene límite!) ni mandarlo: sería arbitrario que Dios hiciese bueno lo malo; y no sólo eso, sino que Dios, que es Amor, está condicionado por ese amor. Y la mostración palpable es precisamente la Encarnación del Verbo. Dios se ha hecho vulnerable.




Lutero, con su escisión religiosa, produce a su vez otra división muy importante inaugurando, en cierto sentido, la modernidad: el subjetivismo religioso. La libre interpretación de la Biblia, con la sola fides y la sola scriptura. Desligado de cualquier magisterio, la religión queda, a su vez, escindida de la razón: es un sentimiento individual en cierto modo, caprichoso: de ahí la multitud de grupos protestantes que observamos hoy día.




Descartes, en el orden filosófico, subraya, a su vez, la duda metódica, (cogito, ergo sum; pienso, luego existo), fracturando la realidad en dos ámbitos tangenciales: la res extensa y la res cogitans. El mundo del pensamiento queda así escindido del mundo de la naturaleza, tal y como la concebían los filósofos de la antigüedad y del Medioevo: la “Physis” griega que se traduce por “Naturaleza” en lengua latina, ya no significa lo que acontece, lo que se me da, lo que encuentro sin haberlo “fabricado” yo con mi pensamiento, lo “nacido”. Es materia bruta. Esta escisión es capital para entender el moderno proceso de producción y fabricación en la que la naturaleza queda despojada de todo misticismo, encantamiento. Las nuevas ciencias que aparecen son las matemáticas y la física, como rectoras de lo real. Newton, Leibniz, etc. traducirán a la realidad las concepciones del pensamiento. La naturaleza ya no es sagrada (como los antiguos), ni siquiera “encantada” como dice el pensamiento cristiano: ahora la contemplamos absolutamente desencantada, mecanizada.




Más adelante, Kant escindirá, a su vez, el pensamiento metafísico del de la ciencia. Lo único que es real es lo racional. La religión queda en un ámbito privativo, aunque conveniente para mantener el orden social.




El siglo XIX va a conocer dos movimientos importantes en la historia del pensamiento. Por un lado, Hegel, para el que el todo no es ni más ni menos que el absoluto (del pensamiento) evolucionado históricamente (tesis, antítesis y síntesis): no hay naturaleza, solo historia (pensante). De ahí, surgirá el ateísmo (Schopenhauer, Feuerbach) y el materialismo dialéctico (Marx, Engels), en el que no hay más que determinismo lógico inmanentista: la dialéctica hegeliana abre los caminos hacia las ideologías totalitarias y ateas (marxismo, nazismo, etc.).




Por otro lado, el siglo XIX dará lugar a un movimiento de signo opuesto: el romanticismo (Fichte, Schelling). Aquí ya no es la razón suprema la que marca la realidad, sino el sentimiento del yo, la afectividad. El yo que padece, que sufre, que ignora, que llora.




A la situación anterior reacciona Kierkeegaard, profundamente cristiano (luterano), del existencialismo personal, y profundamente antihegeliano, y exponente, decenios más tarde, de dos corrientes filosóficas de gran envergadura: el personalismo (Mounier, Marcel, Maritain, Guardini, Wojtyla, etc.); y la fenomenología: Husserl, Heidegger, etc.




Llegamos ya a finales del siglo XIX y comienzo del XX. Para entonces, la filosofía se despliega en el paradigma de la modernidad: la ciencia y la técnica nos salvarán. Es el positivismo. La verdad, según Compte, sólo está en las ciencias positivas o naturales.




A comienzos de siglo XX aparece un filósofo respondón: Nietzsche. Para Nietzsche el individuo es un manojo de fuerza. Es la voluntad aniquiladora de lo no-yo. La voluntad de dominio. Hay que dejarse de gaitas e ir a lo importante: no hay Dios. Yo soy mi dios.




Después de las dos guerras mundiales hace explosión el pensamiento de la modernidad -la ciencia como paradigma- y se produce un encogimiento hacia la individualidad que padece y su sentido (V. Frankl, etc.); pero también aparece un  existencialismo nihilista de origen nietzscheano (Sartre, Camus, Marcuse, Althusser, etc.) influidos a su vez por las ideas freudianas del yo y del superyó, que reprime los instintos básicos y que genera los procesos neuróticos.




3.- Inicio de la ideología de género. El mayo francés de 1968




Con los antecedentes, uno puede observar fácilmente la explosión revolucionaria que supuso el mayo de 1968: “hagamos el amor y no la guerra”. Se inicia un proceso de liberalización sexual (efecto hippy). Surge el movimiento deconstruccionista (Derrida, Claude Lévi-Strauss), al tiempo que se va haciendo fuerte el feminismo radical que da un giro importante con motivo de la conferencia de Pekín sobre la mujer, 1995: Judith Butler, Alison Jagger, etc. Es, en primera instancia, un coletazo del marxismo agonizante. La opresión ya no sería por la economía (proletarios contra burgueses), sino por la sexualidad (mujeres contra hombres) hasta conseguir la liberación de todo sometimiento: una sociedad sin clases opresoras y oprimidas (aunque no se sabe muy bien de qué, o en qué consistiría esa sociedad…).




Por tanto, para la ideología de género, ya bien estructurada y con poder e influencia a nivel mundial, lo primero que hay que hacer es deconstruir la familia hasta lograr el polimorfismo sexual (será una tarea eminentemente educativa para las nuevas generaciones, que deberá controlar los movimientos de tipo LGTB). Además, la ideología de género puede ayudar, y quizá mucho, al control de la “superpoblación” del planeta, ya que si los hombres son homosexuales y las mujeres lesbianas, no se daría reproducción.




4.- Consistencia de la ideología de género




En realidad, se trata de un constructo con los pies de barro, porque se da de bruces con la realidad “natural”.




Pongamos un ejemplo que recoge Frabrice Hadjadj en su libro ¿Qué es una familia? (ed. Nuevoinicio; Granada 2015; págs. 138-139). Como se puede observar -¡horror!- son coincidentes los planteamientos del hombre cibernético con (en este caso) la naturista y lesbiana de turno:




“Consideremos a dos personajes que no se parecen nada a priori. Me refiero a Michéle Causse y a Kevin Warwick. La primera, francesa, procedente de los medios literarios, traductora, autora de ensayos, de novelas, de poesía y, finalmente, lesbiana militante de las de la primera hora. El segundo, inglés, salido del ambiente tecnocientífico, profesor de cibernética en la Universidad de Reading, pionero de las interfaces "brain to computer" y militante, por su parte, del advenimiento del hombre-máquina. Aparentemente los dos se oponen entre sí. Ninguno de los dos querría casarse con el otro. Y, sin embargo, nuestro siglo es tal que, sin saberlo, los dos se esposan, animados por unos hilos que los atan pero que ellos no manejan y que ni siquiera ven (y es que con la llegada de lo "inalámbrico" los cables des­aparecen). Prueba de esto es el paralelismo que se puede establecer entre sus declaraciones más evocadoras.




Kevin Warwick declara en la revista Wired: "Yo nací hu­mano, pero ése es un accidente del destino, una simple circunstancia de lugar y de tiempo. Creo que es algo que tenemos el poder de cambiar....Quiero hacer algo de mi vida: quiero convertirme en un cíborg".




Michéle Causse, por su parte, escribe como encabeza­miento de su epitafio: "Muerta en varias ocasiones, no es­toy segura de haber nacido". Cuando, en 2010, a la edad de 74 años, se somete a un suicidio doblemente asistido (con la asistencia de los empleados de la casa Dignitas de Zúrich, pero asimismo con la asistencia de numerosos te­lespectadores, ya que las cámaras de la televisión suiza gra­baron la escena), elige la fecha del 29 de julio, el día de su cumpleaños: "Her birthday is her deathday" (su cumpleaños es su día de muerte). Porque no quiere matarse, precisa ella misma, sino "des-nacer".




Hay, sin duda, una gran diferencia entre suicidarse y apli­carse un upgrade (actualización informática). Con todo, en los dos casos, se pretende la evasión de la propia condición humana exonerándo­se del peso del nacimiento. Causse reivindica un estatuto de "de-generada", como ella dice, mientras que Warwick intenta "superarse"; no obstante, ambos confluyen en su consideración de que la llegada a este mundo mediante la generación sexuada es un desgraciado accidente, que con­viene arreglar. El alumbramiento debería ser alumbrado con una nueva luz” (págs. 139-141)




En realidad se trata de lo mismo: independizarse de la materia. Continúa Fabrice Hadjadj (op. cit, págs. 147 y ss.):




“Hoy día, se pretende que lo que nos quita la añoranza de madre -lo que remedia la fatalidad del nacimiento- no es un saber espiritualista, sino un hacer tecnicista. Lo cual no quiere decir que, en nosotros, el hacer y el nacer se contradigan por sí mismos. Sólo hay humanidad allí donde haya un "ha­cer nacer", es decir, allí donde la naturaleza (cuyo nombre se deriva del verbo "nacer") ya haya sido recuperada para siempre por una cultura. Entran en ella la comadrona y el funcionario del registro civil. Porque no hay funcionario del registro civil entre los chimpancés. Ni comadrona entre los delfines. Por muy inteligentes que sean, los animales nacen, pero no hacen nacer.




Existe una ilusión tan atractiva como el proyecto de un útero artificial y que, además, se corresponde con él, en tanto que reacción. Es el de la "simplicidad de los partos en las sociedades primitivas": la señora es más autónoma que una yegua de cría, pare en un instante y reemprende su marcha en la caravana. Pero es indiscutible que la mujer, por muy baja que sea su condición, no se agacha para dejar a su hijo en el suelo; ella lo trae al mundo… La identidad de la madre es visible (se puede ver de qué vientre ha salido el niño), mientras que la identidad del padre sólo es audi­ble. Tiene que hablar la madre, tiene que designar al progenitor para que, inmediatamente, éste legitime al peque­ño. Todo nacimiento es también reconocimiento. Contra todo dualismo, justo cuando el vientre de la mujer florece y sus pechos se llenan de leche, justo cuando se realiza más claramente su carácter de mamífero, es cuando se realiza también su ser político, nombrando al padre y al linaje por medio de su palabra: el hijo lleva el nombre del padre solamente porque la madre se lo ha dado”.




Esto es lo relevante. Cuando a un niño de 4 ó 5 años le preguntamos quién es, nos dirá las dos cosas más significativas para todos (y principalmente para él): contestará me llamo Juan, y mi mamá es Carmen y mi papá es Luis. Esto es lo que nos identifica.




Tenemos pues que aprender a considerar al otro, igual en dignidad, irreductible en su alteridad, ineludible en su presencia. Hadjhaj lo expresa así: “¿Por qué la diferencia sexual es anterior tanto a la dife­rencia específica como a la diferencia individual? La lógica exigiría que fuera la diferencia específica: la primera dife­rencia sería la que existe entre lo humano y lo no humano, animal, planta, cosa, o incluso entre mortales e inmorta­les... Por su parte, el individualismo abogará por la prima­cía de la diferencia individual: aquí estoy yo, y luego están Pierre, y Paul, o aquel otro pelmazo, etc. Indudablemente, la diferencia sexual desempeña un papel primario y media­dor debido a que está situada entre las otras dos diferencias (específica e individual). Sirve de vehículo a la clasificación porque, aunque ya es lo suficientemente general, sigue siendo también perfectamente concreta.




Ello es así, con más certeza aún, porque la diferencia se­xual es un deseo. Ni que decir tiene que encuentro diferente al buey almizclado, pero no me siento impulsado a volverme hacia su diferencia ni a desearla. Igual me pasa con la diferencia que tengo con Juan. Mientras que, si se trata de Juana..., ¡me atrae, la llamo y llego a reque­rirla a voz en grito! Es una diferencia sin indiferencia, que, aun dejándome diferente, tampoco me deja idéntico” (op. cit., 74).




Podríamos decir que, como señala Hannah Arendt la única y verdadera novedad en este mundo es el nacimiento de un ser humano. Este acontecimiento extraordinario construye la sociedad. Desde ese mismo instante los progenitores son mamá y papá.




La ideología de género preconiza la independencia de la materia, del barro con el que estamos hechos, para modelarlo a placer, como si fuera plastilina, amorfa. Es la desligación de la naturaleza, de lo que aparece, que no es más que materia bruta que se puede “recrear” artificialmente. Desligación del nacimiento y pérdida de la identidad que no puede sustraerse de la pérdida de las raíces existenciales.




La ideología de género no es más que un epifenómeno de la ruptura o fragmentación del yo. Para el que quiera profundizar, un libro aconsejable es el de Charles Taylor "Fuentes del yo: la construcción de la identidad moderna" ("Sources of the Self: The Making of the Modern Identity"; 1989). La postmodernidad nos ha dejado los restos de un naufragio y al ser humano como tal, agarrado a la primera tabla que encuentra, al albur de los acontecimientos, sin capacidad de dirigirse a ninguna parte. Esto es así, porque el ser humano postmoderno tiene una fractura inconmensurable que no se puede suturar, salvo que recomience desde el principio, deje a un lado lo políticamente correcto, los lugares comunes, los tópicos y eslóganes engañosos y se ponga a pensar (ejercicio ciertamente arduo en nuestro ambiente cultural). Esto es así porque el desgarro es profundo: la razón, si es que va, va por su cuenta, sin referencias ni norte. Es una razón pragmática, calculadora, racionalista, incapaz de hacerse cargo del otro, de entrar en diálogo. La voluntad es voluntad de dominio, egocéntrica, avariciosa, acaparadora; incapaz, por eso mismo, de darse cuenta de las necesidades y dependencias ajenas. Y los sentimientos, volubles de por sí, son los que realmente mandan, aunque no se quiera reconocer. En realidad, el pensamiento débil, líquido, plasma, que subyace es un constructo apergaminado, como de esos entablaos que simulan un pueblo del oeste en el que se rueda un western y en el que, detrás de la fachada, no hay nada. Es, vamos a decirlo así, la pseudoracionalización de una mala voluntad que sólo quiere centralizar todo en las apetencias y deseos socapa de “intelectualidad”: al fin y al cabo, sólo se vive una vez y hay que aprovechar al máximo, al precio que sea. Y así no hay ni puede haber sociedad, porque el resultado es la ley de la selva, en el que el más fuerte impone su gusto a los demás: lo quieran o no.




Como toda ideología, la de género, se basa en un principio reductivo, básico, simple (y mentirosamente perverso) según la cual, mi cuerpo me pertenece; y no tiene consistencia de naturaleza (me lo debo a mí mismo merecidamente). Es la libertad de ejercicio suprema de constituirse en mónada, solipsista, ególatra, individualista. Un engendro.




5.- Bases antropológicas de la ideología de género




Lo primero que, siguiendo el deconstruccionismo, va a planear la ideología de género es romper definitivamente con la naturaleza (en el sentido de physis: lo que aparece ante mí, sin mi intervención), con la sexualidad y, en consecuencia, con la institución natural derivada de la diferencia sexual por excelencia que es la familia.




Para tal efecto, conviene, en primer lugar, deconstruir la realidad, para, con sus pedazos, como si de un mecano se tratara, reconstruir nuevas alternativas, tantas como la imaginación desbordante sugiera.




Conviene incidir que, para un convencido de la ideología de género, no es una cuestión moral (la moral, no existe para él/ella, en sentido estricto: solo lo conveniente como placentero, útil, satisfactorio, que hay que buscar a toda costa; o lo inconveniente, como doloroso e inútil, de lo que hay que evadirse a marchas forzadas). En realidad lo que subyace es una completa antropología en la que:




a)   Dios no existe. El hombre es dios para sí mismo. La conciencia -eso que ya la neurofilosofía rechaza y que explica como mecanismos instintivos de conservación y placer- es inexistente o caótica. No hay normatividad, sino sólo conveniencias marcadamente afectivas.




b)   El hombre no es un ser espiritual: ni tiene origen (solo azar), ni tiene finalidad (necesidad de ser para la muerte). Estamos ante una ideología completamente materialista.




c)   La materia es maleable. Yendo al fondo, la materia se desmaterializa porque, al final, no estamos más que ante un conjunto de componentes mezclados: partículas subatómicas, átomos, moléculas, genes y proteínas, que pueden combinarse para conseguir beneficio, entendido como un bien. Estamos pues a un desquiciamiento ideológico: un materialismo desmaterializado. En mi opinión una gran bobada.




Para la ideología de género, no se puede hablar de lo “natural”; porque lo “natural” no es más que un constructo, un invento cultural, pero no de la naturaleza, sino de la cultura multisecular para someter unos a otros. La naturaleza, como ya he indicado es meramente un “material bruto” e inexistente en sí misma, porque es meramente un proceso evolutivo, que con los conocimientos actuales podemos determinar a nuestro antojo. La realidad es histórica, no dada. Por eso, bebe en las fuentes del marxismo: en el origen de toda dominación –la nueva “lucha de clases”- está en la diferenciación hembra-macho: en el sexo. De ahí el patriarcado, el machismo, la dominación del hombre sobre la mujer a la que ha dejado de lado para ser mera reproductora. Y sobre esta base ideológica, hay que construir la nueva sociedad.




A lo anterior, hay que contraponer una antropología que explique el hecho de que somos un mamífero pensante, espiritual. Para profundizar en el tema, sugi9ero alguno de los siguientes ensayos:




a)   Antropología: una guía para la existencia. Juan Manuel Burgos




b)   El hombre y el animal: nuevas fronteras de la antropología. Leopoldo Prieto




c)   ¿Quién es el hombre? Un espíritu en el tiempo. Leonardo Polo




d)   Antropología filosófica. José Ramón Ayllón




e)   Antropología teológica. Juan Luis Lorda




En definitiva, para desmontar la ideología de género es necesario un estudio serio de la antropología, de la naturaleza y de lo que nos diferencia de los animales.




6.- Una nueva sociedad sin clases




Lo que hay que destacar es la deconstrucción de la familia (en el sentido peyorativo, que hoy se le da, de “familia tradicional”): no hay triángulo padre-madre-hijo.




De lo que primero que hay que abjurar es de la dependencia generacional: el ideal de la ideología de género es cambiar el útero femenino por un matrix de laboratorio. Esto está lejos de conseguirse, pero la utopía de la ideología hará lo posible para que ello suceda (maternidad subrogada, fecundación in vitro, etc.). Pero a ello se contrapone la evidencia: basta con mirarse al ombligo para reconocer que fuimos engendrados y que nos dieron a luz: no nos preguntaron. Nuestros padres nos recibieron como un  don gratuito e inefable. Para la ideología de género, mientras no se consiga la matrix de laboratorio, lo que propone es des-nacer para volver a nacer. Y esto ¿cómo se consigue? Sencillamente, abjurando de la genealogía e intercambiando genealogía por lógica tecnicista. Esto explica, por ejemplo, en parte, el ideal corporal y el subsiguiente negocio: uno quiere parecerse a un cantante de pop, pero le disgusta parecerse a su padre o a su madre, y recurre a la clínica-cirugía  estética correspondiente, que han crecido como hongos.




Lo segundo que conviene hacer es destacar es que para el ideólogo del género (gender, en inglés) no existe finalidad en  algo tan “ordinario” como el sexo. En realidad, el sexo biológico es un mero accidente. Lo importante es lo que yo sienta. El género es maleable, palabra mágica. En un plis, lo mismo tengo rol de varón que de mujer, o anfíbol. La biografía, la historia, me va cambiando. Los roles son intercambiables, manipulables, independientemente del sexo que se tenga.




Así, por ejemplo, afirma Judith Butler, una ideóloga del movimiento, que “el género es una construcción cultural; por consiguiente, no es el resultado causal del sexo, ni tan aparentemente fijo como el sexo… Al teorizar que el género es una construcción radicalmente independiente del sexo, el género mismo viene a ser un artificio libre de ataduras. En consecuencia varón y masculino podrían significar tanto un cuerpo femenino como uno masculino; mujer y femenino, tanto un cuerpo masculino como uno femenino”. J. Butler. Gender Trouble: feminism and the Subversion of Identitiy (Routlege, New York 1990, pág. 6).




Ante esta segunda afirmación, hay que oponer la vista. Si se mira un poco más abajo del ombligo se observa, ¡horror!, que el varón tiene “testigos” y la mujer, vagina. Y ¿qué es mi sexo?: la señal de que no estoy hecho para mí mismo, sino que, en mi misma carne, tiendo, voy hacia otros. Y esto es tan cierto que, en lugar de mirar a mi sexo, miro a las mujeres; y que, antes de tomar conciencia de mi ombligo, vi el rostro de mi madre, o de mi padre…. “En resu­men, mi ombligo y mi sexo escapan a mí. Y aunque uno me desata (de mi madre) mientras que el otro me ata (a mi mujer), ambos me muestran que siempre estoy en medio, precedido por otros en mi origen, adelantado por otros en mi final”: cfr. Fabrice Hadjadj (op. cit., págs. 52-53). Y eso es el sexo, ni más ni menos.




Es decir, hemos de mentir sobre nuestra condición sexuada para obtener un rol distinto del que nos corresponde biológicamente; pero la sexualidad no sólo es gonadal, ni genético (aunque todas nuestras células sean sexuadas), ni afectivo, ni psicológico, ni espiritual…. Para la ideología de género, todo es cultura y yo puedo cambiar todo eso a placer, según me guste a mí mismo o no.




Esto no deja de ser una patología, como la de la  anoréxica/anoréxico, al que se la hacer ver en el espejo y, aunque esté en los huesos, él/ella se sigue viendo “gordo/a”, y no hay manera de hacerle entender que está famélico, al borde de la muerte por inanición. Es imposible hacerle cambiar de óptica, porque su deformación ideológica conspira  para transformar la realidad a su magín previamente enfermo (o lavado). La ideología de género es una patología cultural.




Fabrice Hadjadj (op. cit., págs. 90 y ss) describe cómo Alan Turing, pionero de la inteligencia artificial, señaló la posibilidad de que la inteligencia artificial, no vinculada al sexo, pudiera “pensar” como un ser humano; e inteligentemente dispuso que la computadora, si fuera posible, debería simular el sexo. Es el famoso test de Turing:




“Los que hablan de inteligencia artificial olvidan esta condición carnal de la inteligencia humana. Se la representan, de manera ininteligente, como un poder instrumental, como un medio para dominar el mundo. Pero, antes que ser capacidad de dominio y de adaptación, la inteligencia es capacidad de apertura a lo que nos supera, a lo que escapa a nuestro dominio, a lo que viene a constituir un acontecimiento, como el encuentro con la belleza (con el otro sexo).




Si, en contra de su enraizamiento sexual, nos representamos la inteligencia como capacidad de cálculo y de planificación, entonces las máquinas ya poseen una inteligencia superior a la nuestra. Pero ello es así porque nuestra concepción de la inteligencia es ya artificial, llena de tecnicismo, desencarnada (abstracta). Si reconocemos que nuestra inteligencia es, ante todo, apertura maravillada a lo real, apertura al otro en tanto que otro, en lo que tiene de más desestabilizador, entonces tenemos que admitir que la máquina no será nunca inteligente. Y la máquina no será nunca inteligente como el hombre no porque no tenga suficiente potencia de cálculo, sino porque no tiene sexo. La desesperada multiplicación de sus bits nunca podrá remediarlo. El fundamento del superordenador más “inteligente” no está en aquello en lo que piensa (en realidad la máquina nunca podrá reflexionar sobre sí misma, ni sabrá que conoce): se limita a funcionar. Al ordenador no le desgarra el deseo del otro en tanto que otro.




Turing propuso un protocolo experimental para decidir si es razonable considerar como un ser pensante a un ordenador. Ese protocolo es totalmente sintomático. Se basa en dos aspectos fundamentales. El primero se refiere a la construcción del ordenador: debe ser obra de un equipo formado exclusivamente por personas del mismo sexo.




El segundo aspecto se refiere al test en sí mismo. Se trata de poner frente a frente a un ordenador y a un hombre, ambos con la misión de hacerse pasar por una mujer ante un tercero que los interroga a ciegas (el interrogador no ve, no oye voces y no puede notar, a fortiori, el odor di feminá).




¿Por qué hacerse pasar por una mujer? Porque es necesario que las situaciones sean equiparables. Un hombre que tuviera que ser él mismo no estaría en una situación de simulación comparable a la del ordenador. Por tanto, hace falta que simule la feminidad. Si no llegamos a descubrir diferencias notorias entre las facultades del hombre y del ordenador para hacerse pasar por una mujer, si el interrogador se deja engañar tan fácilmente por uno como por el otro, podremos considerar al ordenador como ser pensante.




Este protocolo, tan famoso en el mundo de la inteligencia artificial, es bastante significativo. Tanto en la construcción de la máquina como en el test se neutraliza la diferencia sexual. En lo primero, excluyendo al otro sexo; en lo segundo, simulándolo. Porque, así como por casualidad, en este test tan técnico, el juego limpio plantea una exigencia: un hombre debe fingir ser una mujer para que una máquina pueda aparecer como una cosa que piensa. O, expresado de otra forma, lo único análogo que puede hacer un hombre cuando una máquina es capaz de pasar por un ser humano, es pasar por una mujer. ¿Acaso un paralelo como éste no es del todo sugerente? Artificializar la inteligencia equivale a desnaturalizar la sexualidad, y especialmente el sexo femenino -el que lleva la vida -, hasta el punto de reducirla a su vez a una construcción, a un rol, a un género, a un cálculo.




Ciertamente, Turing no buscaba poner esto al descubierto. Es algo que se revela incidentalmente a su pesar. Su test no ha encontrado todavía el ordenador suficientemente competente como para asociar las ventajas del supermotor de búsqueda con las de una muñeca hinchable convincente, pero ha demostrado fehacientemente que una inteligencia artificial sólo se calibra en un contexto en el que el pensamiento se presente desencarnado y el sexo sea permutable -un contexto en el que lo virtual tenga preeminencia sobre lo carnal-, de modo que lo que pierde ese pretendido pensamiento es lo que hace que la inteligencia humana despierte a uno mismo y a los demás, y que renuncie así tanto a su apertura metafísica como a la social. Por lo tanto, no es fortuito que las teorías de género se desarrollen al par que las pantallas informáticas. En unas y otras trabaja la misma artificialización, la misma reducción de la inteligencia a una facultad de manipulación.”




Podríamos incidir también que decir no a la naturaleza abre a la lógica del poder y del dominio impersonal, al totalitarismo. Lejos de desembarazarnos de las ligazones familiares y sociales que nos sostienen, lo que sucedería es que caeríamos en la más fangosa de las esclavitudes: no tener en quien confiar, en quién apoyarnos. Ser un zombi.




7. ¿Es deconstruible la familia?




La experiencia histórica nos dice que no. Ya los filósofos griegos (sobre todo Aristóteles), no muy “igualitario” por cierto (es partidario del esclavo, la mujer tiene una condición inferior, etc.), afirmaron que la familia es de orden prepolítico: no se fundamenta en un pacto, sino que se constituye como una anarquía (Chesterton); y da origen a la polis, a la civilización y la convivencia social.




Y esto es así porque el hombre es zoon politikon. Cuando Adán, cuenta el génesis, se vio delante de los animales (naturaleza), dio nombre a cada uno (tomó posesión comprensiva), pero él se sentía solo. Y entonces Dios, dijo: no es bueno que el hombre esté solo. Y lo sumió en un profundo sueño y le extrajo una costilla con la que formó a Eva. Al despertar, se entusiasmó y la llamó mujer, porque del varón ha sido tomada (Gn 2, 23). Adán entonces, pronuncia por primera vez su nombre propio de hombre (varón), ish (en hebreo), a partir del cual sale el de la mujer (hembra,  literalmente “varona” se diría en castellano), ishah, y hace este descubrimiento con un grito de alabanza: ¡esto sí que es hueso de mis huesos y carne de mi carne!.




En definitiva, lo esencial no se puede deconstruir sin destruir, ni tampoco “fundamentar o demostrar”, porque es originario y originante y simplemente aparece. Es previo a todo, condición inherente, hilo de la existencia y fundamento de todo el orden social.




Sin familia, no podemos esperar sociedad, sino un caos en el que cada uno lejos de estar en una situación estable y permeable, se quedaría desenraizado, al albur de su suerte, poseído por el más fuerte si él no lo es.




Fabrice Hadjadj, lo dice así (op. cit., pág. 38): “Puesto que no es algo construido, lo dado esencial o natural no es susceptible de deconstrucción. La única manera de deconstruirlo es destruirlo por completo. Pero, ya que junto con la familia habría que destruir al hombre, la mayoría de las veces basta con deformarla o con parodiarla. Asistimos así al curioso retorno del reprimido familiar. Los mismos que denigraban ayer el matrimonio y la familia reivindican hoy un matrimonio y una familia a su manera. Aunque desdeñan lo dado de los sexos, la conciben, a pesar de todo, como la asociación de dos adultos y de uno o varios niños, demostrando de este modo su dependencia y su fascinación con respecto al modelo revelado en la unión natural del hombre y de la mujer, como si no hubieran podido ir más allá. Después de todo, su marginalidad aceptada habría podido ser algo más creativa y proponer, por ejemplo, un matrimonio de n personas, una especie de remodelación sentimental de la asociación sin ánimo de lucro, o incluso un matrimonio con individuos de otra especie, animal o vegetal o manufacturada (muchos se aparean con su ordenador), para desarrollar después una paternidad verdaderamente nueva, con la adopción de viejos, por ejemplo, o la reproducción asistida de híbridos de robot y chimpancé, alto funcionario y caniche, top model y planta carnosa... Pero no, han conservado tanto y tan bien el orden simbólico papá-mamá-bebé que su subversión sigue siendo sumisión, y sus ofensivas presuponen ho­menajes inconscientes.




Aristóteles sugiere que la prohibición del incesto viene causada porque  los hijos son en relación con sus padres como efectos en relación con su causa. Entre los primeros principios de la inteligencia está el principio de causalidad. Según Aristóteles, saber es conocer las causas, es decir, por qué las cosas son así y no de otra forma. E indica que hay un lazo aún más profundo entre el sexo y la razón: "Desde el punto de vista de la razón, la sexualidad es un caso particular de causalidad: los hijos provienen de los padres ("y del sol", añade Aristóteles, incluyendo así to­dos los demás factores exteriores — incluso a Dios como primer motor inmóvil). Pero, desde el punto de vista de la existencia concreta, ese caso particular aparece como un fundamento general, porque esa causalidad de la genera­ción es la primera causalidad vivida, experimentada car­nal y simbólicamente, de modo que podemos suponer que toda confusión en la filiación podría ocasionar una confu­sión en la racionalidad (a menos que dicha confusión sea superada en el sentido de una filiación más elevada, como ocurre con Antígona, que se remite a las leyes no escritas de los dioses). Para protegerse contra esa doble confusión, que atenta contra la doble raíz de la humanidad, sexual y racional, las sociedades humanas, han establecido, como por instinto, la prohibición de las prohibiciones (la primera prohibición y, al mismo tiempo, el fundamento de la libertad, puesto que es el apoyo carnal del principio causal): la prohibición del incesto. Prohibir el incesto, prohibir que el padre se acueste con su hija, o el hijo con su madre, es prohibir la confusión de los efectos y las causas y, así, permitir el dis­cernimiento, la distinción y la relación real en la diferencia aceptada, en una palabra, lo razonable. El orden lógico y el orden genealógico, aun cuando son irreducibles el uno al otro, se implican mutuamente” (Fabrice Hadjadj, op. cit., pág. 39)




Hadjahj también afirma que la “Primera especificidad: el amor familiar es esencialmente un amor sin preferencia. No depende de la elección ni de la comparación. Esto vale especialmente para la relación entre los padres y los hijos (aun cuando, tras cierto tiem­po, valga también para la relación mutua entre los padres, pues el tiempo los avejenta). El amor de padres e hijos se fundamenta en la filiación misma, y no en afini­dades electivas. Es algo que se nota rápidamente cuando el padre es lector de Tito Livio y el hijo se consagra a los videojuegos. Jamás habrían soñado encontrarse en un mis­mo salón. Jamás habrían fundado juntos un club. Pero la familia es lo contrario de un club electivo o selectivo. Los lazos de sangre rompen por igual las cadenas de la opción y las cadenitas del capricho.




El hijo es siempre tal como los padres no lo hubieran querido, pero también es tal como lo aman y, por tan­to, como consienten incondicionalmente en acogerlo. Los padres, tal como los hijos los hubieran preferido, siempre son héroes de película, Charles Ingalls, por ejemplo, o el maestro Yoda, pero son también tal como ellos los aman, a pesar de todo, con ese amor constitutivo, que precedió a la propia conciencia de sí mismos y, por tanto, tal como ellos deben honrarlos incondicionalmente.




La familia es siempre el amor entre el viejo gilipollas y el joven atontado, y eso es lo que la hace tan admirable, lo que hace de ella la escuela de la caridad. La caridad es el amor sobrenatural al prójimo, al que no ha sido elegido y que, a primera vista, nos resulta antipático. Ahora bien, los primeros prójimos a los que no hemos elegido, y que a menudo nos son insoportables, son nuestros familiares, dados naturalmente.” (op. cit., págs. 38-39)




Naturalmente, los sexos no son intercambiables. Una mujer no puede ser nunca varón; ni viceversa. “Nada más natural que la relación humana entre los sexos y, al mismo tiempo, nada más extraño, porque el otro sexo presenta, en esa relación, una alteridad irrecuperable (inconmensurable). Su casamiento es más disparatado que el de la carpa y el aren­que, y su unión más íntima que la de la llama y el combus­tible… El hecho de que la inteligencia esté anclada en la sexua­lidad le impide ser reducida a una facultad dominadora de cálculo o de captación exhaustiva. La inteligencia nos abre a la verdad del otro, es decir, a una verdad que no es sólo adecuación de la inteligencia con el objeto, sino alianza con lo real hasta en su misma inadecuación. El paradigma de lo verdadero ya no se encuentra, por tanto, en el sistema que lo comprende todo: está en el matrimonio que acoge lo que excede de él” (Hadjahj, op. cit., pág. 86).




La sexualidad es algo mistérico porque nos abre al otro, al distinto, al diferente, a lo inconmensurable y, en consecuencia, a lo divino. La espiritualidad y la trascendencia están ligadas a lo sexual. Esto se nota de modo especial en el cristianismo: la religión de la Encarnación.




Dicho por Hadjadj: “¿Qué es, por tanto, una familia? Podemos vislumbrarlo a partir de lo que ya hemos dicho: la familia es el cimiento carnal de la apertura a la trascendencia. La diferencia sexual, la diferencia generacional y la diferencia entre esas dos diferencias nos enseñan a volvernos hacia el otro en tanto que otro. Es el lugar del don y de la recepción incal­culable de una vida que se despliega con nosotros pero a pesar nuestro, y que siempre nos impulsa hacia delante en el misterio de la existencia. Como primer lugar de la existencia, es también lugar de resistencia. Resistencia a la ideología, al pensamiento po­líticamente correcto, a la programación. La familia es la comunidad original, dada en el comienzo por la naturaleza y no solamente instituida por convención. Por lo tanto, siempre ofrece, por su anclaje sexual, un contrapunto al ar­tificio, y dispone un espacio para lo que podríamos llamar una verificación” (op. cit., pág. 44).




Para que se entienda mejor, cuando el CEO de una multinacional dice  “A”, toda la compañía, desde el primero al último empleado, dicen “A” (lo ha dicho el jefe) y se ponen a trabajar en esa dirección. Cuando ese CEO llega a su casa y le dice al mocoso de su hijo (eso si no es un adolescente que lo manda a paseo) “A”, muy posiblemente éste le diga “B”. Esta es la grandeza de la familia: es más amplia y rica por dentro que por fuera, que cualquier otra organización humana.




8.- Razón última de la ideología de género




Si tan de bruces se da con la realidad, si constituye un puro “producto” degradado de la postmodernidad, ¿cómo es posible que aparezca incluso en el lenguaje de tantos/as? ¿Cómo está omnipresente en todos los ambientes de Occidente hasta la exaltación del día orgullo gay que se da en las plazas de nuestras ciudades? ¿Cómo se le puede llamar “homófobo” al discrepante de la ideología de género? ¿Cómo impera con tanto desparpajo? ¿Por qué y con qué ahínco se enseña en la escuela a hurtadillas de los padres? ¿Cómo se han inclinado los mass-media hacia posturas claramente partidarias de la ideología de género? ¿Hay alguien cuerdo por ahí?




Son preguntas que me hago. Aunque la lista podría ser mucho más amplia, basta estas cuantas interrogaciones para darse cuenta del fenómeno: es un virus contagioso que despedaza sencillamente toda la organización social, comenzando por la familia y siguiendo por el individuo que queda así a merced del poder político imperante. La cuestión es antropológica, pero afecta a lo más íntimo de nuestro ser y pensar, y tiene ciertamente arraigadas raíces metafísicas (o si se prefiere, religiosas).




Desde hace un tiempo, el hombre ha querido redimirse por sí mismo: ya no necesitamos a un redentor que nos libere de la culpa (Jesucristo): yo me basto y me sobro. La no necesidad de la redención -y su consecuencia, la revelación- hace que Dios sea en realidad un ser ocioso (deus otiosus, que no tiene nada que ver con este mundo). Ese dios es perfectamente prescindible (ateísmo) y, en consecuencia “liberarnos”, pues, con sus pretensiones e imposiciones,  no viene a ser más que un competidor de mi libertad y, en consecuencia, un antagonista de mi propia felicidad.




Eliminado a Dios, y sabiendo que estamos solos (Monod) en este cosmos (orden, en griego), es fácil intuir que el universo (o multiverso, que da lo mismo) no es más que un epifenómeno caótico, como se desprende de la física cuántica: pura materia bruta en evolución sin origen ni finalidad (Hawking). Si la ciencia me lleva a conocer los intríngulis de la materia, ¿Por qué no cambiarla si tengo instrumentos y tecnoestructura para hacerlo? Ahora estamos en una gnosis al revés: ya no es que neguemos la materia para centrarnos en el espíritu, es que ahora, negado el espíritu, negamos también a la materia su estatuto ontológico: no hay materia, simplemente disposiciones de algo bruto y caótico que podemos deconstruir –y reconstruir- a nuestro gusto. Lógicamente, en este nuevo transhumanismo, un Dios que se ha hecho carne –además varón- es la más inverosímil de las invenciones. Un Logos carnal es increíble; y absolutamente rechazable. Además, proviene de una madre que es virgen, que es el mayor de los despropósitos de la ideología de género, que abomina de la maternidad y ridiculiza hasta el paroxismo la virginidad, pues de lo que se trata es de ejercer el sexo sin cortapisa alguna. Incomprensible y monstruoso (para los postmodernos). Porque ahora lo que se lleva es lo virtual: ya no hay matriz, ni ombligo, ni testigos, sólo hay MATRIX: una realidad virtual, un sueño dentro de otro sueño, en indefinidos sueños. Todo es apariencia y juego. Nada es serio. Ni siquiera, la destrucción: ya no es serio siquiera suicidarse que viene a ser un juego irrelevante que termina: game-over (y que es sencillamente des-nacer). Quizá, podamos volver a comenzarlo con un poco de suerte (play-on o reencarnación). Aunque jugar indefinidamente causa aburrimiento, por lo que finalmente es deseable prescindir del juego totalmente y desaparecer de Matrix, mediante un interruptor eléctrico (off).




Dicho de manera magistral por Ratzinger (en su libro-entrevista “La sal de la tierra”):




“La ideología de género es la última rebelión de la creatura contra su condición de creatura. Con el ateísmo, el hombre moderno pretendió negar la existencia de una instancia exterior que le dice algo sobre la verdad de sí mismo, sobre lo bueno y sobre lo malo. Con el materialismo, el hombre moderno intentó negar sus propias exigencias y su propia libertad, que nacen de su condición espiritual. Ahora, con la ideología de género el hombre moderno pretende librarse incluso de las exigencias de su propio cuerpo: se considera un ser autónomo que se construye a sí mismo; una pura voluntad que se autocrea y se convierte en un dios para sí mismo”.




Caffarra lo resume a su modo de esta manera: Todo esto es una obra diabólica. El último desafío que el diablo lanza a Dios creador, diciéndole: yo te enseño como construyo una creación alternativa a la tuya y verás que los hombres dirán: se está mejor así. Tú les prometes la libertad, yo les propongo el arbitrio. Tú les das el amor, yo les ofrezco emociones. Tú quieres la justicia, yo la igualdad que anule toda diferencia”




Las raíces de todo esto, no son más que las cuestiones íntimamente relacionadas entre lo religioso (específicamente cristiano) y la visión subsiguiente de carácter antropológico: ¿Quién soy? ¿De dónde vengo? ¿A dónde voy? Son idénticas las cuestiones que se formulaban en Grecia hace 25 siglos; y las mismas  posiblemente para el hombre que habitaba en las cuevas de Altamira. Y las que se seguirán planteando dentro de otros tantos siglos, si la humanidad pervive para entonces. La condición humana, no ha cambiado ni cambiará. Somos así. ¡Qué vamos a hacer!


 
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