La desgracia de ser rico - Servicio Católico

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La desgracia de ser rico

La desgracia de ser rico
La desgracia de ser rico (I)

BY ANTONIO ARGANDOÑA
Posted on 06/10/2017
blog.iese.edu/antonioargandona/

Una noticia que recogía hace unos días la agencia Reuters decía que el número de millonarios había aumentado un 8% el año pasado, que eran ya unos 16,5 millones de personas (no sé si solo el titular o si incluye a su familia) y que habían alcanzado los 63,5 billones (españoles, trillones anglosajones) de dólares. Pero no quiero tratar aquí de esta noticia, sino de un artículo de Simon Kuper en el Financial Times del 6 de septiembre, que era una recensión del libro de Rachel Sherman Uneasy Street, en el que la autora hace entrevistas a muchos ricos de todo el mundo (no he leído el libro, solo la reseña). Hay cosas que me llaman la atención, sobre todo la opinión de un rico que se recoge al comienzo del artículo del FT: “Nadie se la merece [la riqueza]. No. ¡Oh, Dios mío! ¿Me estás tomando el pelo?”. De ahí el título que he dado a esta entrada: ser rico debe ser una desgracia.

A muchos ricos les molesta ser reconocidos como ricos (no debe molestarles serlo, porque debe ser bastante fácil “perder” unos cuantos millones de dólares, aunque, la verdad, mi experiencia no pasa del extravío de alguna moneda de un euro).
Por tanto, algunos lo ocultan; por ejemplo, procuran que sus casas no parezcan algo suntuoso. A menudo, les avergüenza aparecer como ricos ante sus parientes o amigos no tan ricos.
Otros tratan de aparentar lo que son, es decir, vivir como sus pares, y consideran legítimo hacer lo que hacen los demás, aunque sea objetivamente extravagante.
Suelen dar dinero, a veces mucho, pero siempre menos del que podría poner en peligro su nivel de vida.
Algunos se sienten culpables, pero es una culpabilidad más sociológica que moral, porque consideran que ser rico en general es inmoral, o quizás que su riqueza es inmoral. Otros muchos, no. En parte, depende del barrio en que viven: si están rodeados de ricos, les parece más natural que si ellos son la excepción.
El argumento moral no es el núcleo del libro, ni de la reseña, pero es el que me interesó más. El tratamiento ético de la riqueza, al menos en la reseña, se limita a lo que los ricos piensan: ¿Es ético ser rico? ¿Me he ganado honradamente mi patrimonio? ¿Es ético el sistema económico que me ha permitido tener esa riqueza?  ¿Es ético el uso que hago de mi riqueza? En el artículo no hay argumentos teóricos o doctrinales.

El tema moral tiene, me parece, varias vertientes. La primera es el origen de la riqueza: ¿es fruto de negocios limpios? Y si es heredada, ¿fueron limpios los negocios de tus antepasados? Le pido al lector que no me haga ir mucho más lejos, porque el análisis de estas cuestiones no puede quedarse en los principios generales. Una cosa es que tú falsificaste el testamento de tu tía rica para quedarte con todo y desheredar a tu hermano, que se ha quedado en la miseria, y otra es que sospechas que tu tatarabuelo debió vender algún barco de esclavos hace siglo y medio… Pero en todo caso, aquí hay un deber de reparar, primero a los perjudicados, si los conoces, y luego a la sociedad en general (pero esto pertenece más al apartado del uso que haces ahora de tu riqueza que al de su origen).

Algunos de los encuestados reducen la moralidad del origen al esfuerzo: si me ha costado esfuerzo, si me la he trabajado, tengo derecho a ella, es mía. Lo del esfuerzo debe tener algo que ver con la ética protestante, pero deja fuera otras muchas cuestiones importantes: si montar un negocio de prostitución y trata de mujeres me ha costado mucho esfuerzo, si gestionarlo me lleva muchas horas y llego a la noche cansado… ¿quiere decir que esa riqueza me la he ganado limpiamente? ¡Anda ya!

Una variante de esto es la inmoralidad del sistema económico: si, como dicen los marxistas, la propiedad privada es un robo, tu riqueza es un robo. De todos modos, hay argumentos bastante sólidos que muestran que lo del robo de la propiedad privada es un argumento ideológico o político, más que moral.

En todo caso, lo más jugoso del argumento moral está en el uso de la riqueza. Pero de esto me ocuparé otro día.
La desgracia de ser rico (II)

BY ANTONIO ARGANDOÑA
Posted on 09/10/2017

En una entrada anterior me refería a un libro de Rachel Sherman, comentado por Simon Kuper en el Financial Times, sobre lo que los ricos piensan de ellos mismos y de su riqueza. Y, como es habitual en mí, me puse a filosofar sobre la ética de ser rico. Primero empecé comentando el origen de la riqueza. No di respuestas claras porque, dije, la valoración dependerá de muchos factores: si fue una acción mía intencionada y directa que causó un daño a otro y a mí me hizo rico; si fue un golpe de suerte; si el origen presuntamente inmoral está en mis antepasados… Ya sé que los medios de comunicación no se contentan con estas divagaciones, pero me parece que la ética no se puede reducir a principios, sobre todo cuando hay varios principios en juego y tienen signos opuestos. Y también hice notar que el esfuerzo no justifica el resultado: la teoría del valor trabajo (que lo único que da valor a las cosas es el trabajo que ha costado producirlas) no tiene muchos adeptos hoy (aunque está muy viva, por ejemplo, en las reivindicaciones sobre igual salario para el mismo trabajo; pero de esto hablaré otro día).

En todo caso, me parece que lo que hoy en día es más relevante es ¿qué uso hacemos de la riqueza? Esto se ve muy claro -me parece- en, por ejemplo, los ingresos de una estrella del rock o de un jugador de fútbol de primer nivel. ¿Es justo que gane tanto? Mi respuesta es: probablemente, sí, si hay miles de personas que están dispuestas a pagar grandes cantidades por verles cantar o jugar, y por comprar las camisetas que ellos patrocinan. Una prueba a la inversa: si el jugador exitoso renuncia a la mitad de su sueldo, ¿quién recibe ese dinero? ¿Los espectadores, las cadenas de televisión, el club? ¿Es esto más justo? Probablemente nos gustaría que hubiese otro reparto de ese dinero, quizás entre jugadores no tan afortunados, o entre personas de bajos ingresos… Pero esto quiere decir que el problema no es la cuantía del sueldo del jugador, sino qué se hace con ese dinero. Y este es, me parece, el punto principal de la “maldición” del rico, que mencionaba en la primera entrada.

La ética, al menos la ética que me convence a mí, dirá, probablemente: te has ganado limpiamente tu riqueza, es tuya. Pero… no olvides que no vives solo, sino en una sociedad, con unos fines sociales que se nutren de las aportaciones (económicas, de trabajo, de ideas, de virtudes…) de todos, y con otras personas, que tienen necesidades que ellos solos no pueden atender. Esto es lo que en la filosofía moral social de hace unos siglos se llamaba la función social de la propiedad. Toda propiedad, desde la de un par de euros hasta unos cuantos miles de millones, tiene una función social, no está solo para las necesidades (o los caprichos) del propietario. Y la legitimidad de esa riqueza depende, como ya dije, de su origen, pero también de su uso.

Este uso tiene dos vertientes: sacar provecho de esa riqueza para generar riqueza y empleo para los que no la tienen, y usar esa riqueza de manera apropiada, sin despilfarro ni ostentación. El libro que mencionaba al principio reconoce que, para muchos ricos, el problema es “cómo ser un buen rico”. Las claves las he dado más arriba. ¿Hay que dar? Sí, claro, un rico tiene que dar y, como decía aquel, “dar, hasta que duela”. Teniendo en cuenta, claro, las necesidades propias y de la familia. Por cierto, que el artículo del FT habla también de la preocupación de los ricos por la formación de sus hijos como “ricos buenos”. Pero las recomendaciones que hacen dan algo de pena: “hay que enseñar a los niños ricos a ser agradecidos por los lujos que tienen, y animarles a practicar la caridad con los pobres”. A veces pienso que la práctica de la ética necesita un poco más de imaginación. Al final, parece que los ricos que contestaron a las preguntas de Rachel Sherman estaban interesados, sobre todo, en tranquilizar su conciencia -lo que no los diferencia mucho de unos cuantos millones de conciudadanos, quizás también de nosotros mismos. De modo que, al final, probablemente delegarán esa función en el Estado redistribuidor, como si los políticos y los funcionarios fuesen ejemplares en el manejo del dinero ajeno…
 
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