Los placeres de la virtud - Servicio Católico

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Los placeres de la virtud

Los placeres de la virtud
 ANTHONY ESOLEN

El otro día en una de mis clases en Saint Thomas More College, una joven muy brillante dijo algo que casi me deja atónito: «Los muchachos en nuestra clase son en verdad excelentes», dijo con el pulgar hacia arriba y asintiendo con apreciación y gratitud.

En todos mis años en una universidad estadounidense, nunca escuché a nadie decir algo así sobre el sexo opuesto. Nadie lo dijo en Princeton, donde fui estudiante; ni en Chapel Hill, donde obtuve mi doctorado; ni en Furman, un nido de víboras donde di clases dos años como profesor titular; ni en donde llegué y fui docente por veintisiete años (un lugar que no nombraré).

Estoy tratando de aclarar en mi cabeza el porqué de esto.

La primera cosa que se me ocurre es que en aquellos sitios los hombres y las mujeres competían entre sí, y algo acerca de ello es incómodo para ambos sexos. Después de todo, los hombres están hechos para competir con otros hombres por la atención de las mujeres, y ellas hacen lo mismo por la de los hombres. No se supone que seamos enemigos: los hombres son para las mujeres y las mujeres para los hombres; esa es la naturaleza humana.

La competencia de unos contra otros introduce algo extraño en sus relaciones, algo que parece suprimir lo mejor en los muchachos y que saca en las chicas un dejo de desprecio por sus hermanos, que prefieren abandonar o seguir de largo antes que parecer estar en apuros.

En todos esos otros lugares, el matrimonio o el cortejo que lleva a él, la relación natural y paradigmática entre el hombre y la mujer no se cruza por la cabeza de nadie.

Se lo considera como un peligro a la billetera, una amenaza a las cosas más importantes en la vida, como convertirse en un burócrata de rango medio en una empresa financiera, o un profesor adjunto de sociología, o algo.

Sin embargo, un abismo llama a otro: el hombre y la mujer todavía se necesitan y se desean, les guste o no.

Lo que me lleva a al segundo tema: en aquellos lados, lo que debería ser matrimonio se suplanta por «relación», lo que debería ser cortejo se reemplaza con fornicación regular, y lo que debería ser formas inocentes para que los jóvenes se conozcan entre sí se reemplaza por nada en lo absoluto, o nada que yo esté dispuesto a describir aquí; y eso no hace a feliz a nadie.

No necesito llamar como testigos a los católicos conservadores. Pido que lo hagan las mujeres mismas, que vuelan en bandada como palomas heridas a la seguridad de las asignaturas de los «estudios feministas», o a los cursos dentro de otros programas que seguro ahuyentan a los estudiantes varones  que ayudan a pagarlos. Deseo que testifiquen aquellos que afirman, con información incorrecta pero lo suficientemente precisa cuando se trata de evaluar el ambiente envenenado, que los campus de nuestra universidad están presos de una «cultura de la violación». Asimismo, a los que llevan adelante las sesiones de orientación para los estudiantes de primer año, quienes siempre deben debatir qué significa o no «consentir», pero que nunca hablan de amor, y que reparten canastas con preservativos pero nunca tarjetas del día de los enamorados.

Lo que me lleva al tercer tema. Donde reina el vicio, un placer enfermizo arde como fiebre y deja agotamiento, desilusión, resentimiento y soledad como secuela.

Está la soledad de aquellos que no son arrastrados en el vicio, a veces porque desean ser parte del juego pero no pueden, y en otras porque su instrucción moral les da la fuerza o la sabiduría para decir que no al charlatán.

Existe la soledad más grande de los que quieren creer que el vicio no es vicio sino la forma que el amor toma en nuestros días, solo para ser desengañados de la fantasía por un o una joven para quien la consumación sexual está a un paso del aburrimiento.

En todos esos lugares, los hombres y las mujeres construyeron en sus recuerdos, en su mente y en sus terminales nerviosas en el cuerpo, un accidente tras otro, una noche sórdida con alguien que no les interesaba, una traición de alguien que sí pero que no prometió nada, un rompimiento que se sintió como ser destripado. El vicio les dio verdaderas razones para odiar, y mientras más responsables ustedes sean de sus errores, de manera más obstinada culparán a aquellos que fueron la causa de ellos.

Imagine un lugar donde nada de eso sea así.

La virtud, que el perpetuo adolescente conocido como hombre moderno no entenderá, no es una restricción de la libertad sino un poder liberador. Si ustedes abusan de sus rodillas, no contarán con una forma alternativa de caminar; estarán lisiados. Si abusan de los poderes morales, se transformarán en lisiados morales.

Si hay muchos como ustedes, y si las personas primero perdonan y luego aceptan y por último imitan sus malos hábitos, ustedes no tendrán otra opción de trato social. Serán tullidos morales, con grandes dificultades para disfrutar cualquier tipo de sociedad genuina.

No obstante, en Thomas More, los alumnos pueden dar por sentado que no estarán las perversiones que afligen a otras universidades, y eso brinda confort y placer real, un respiro para los tímidos y un canal práctico y dinámico de las energías de los que de otra forma podrían ser proclives a la disipación.

Es realmente un gusto estar rodeado de personas que disfrutan la felicidad de ser jóvenes y todavía inocentes. No digo que sean santos, aún no. Son lo que se solía llamar normales; y cada minuto que paso con ellos me regocija.

La paz, decía Agustín, es la tranquilidad del orden; aquí la encontré. Ténganlo en cuenta todos ustedes a los que les importa la educación católica. ¿Por qué acercar a Belial un incensario lleno de dinero en llamas?

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