Razón y fe en el Diario íntimo, de Miguel de Unamuno - Servicio Católico

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Razón y fe en el Diario íntimo, de Miguel de Unamuno


Razón y fe en el Diario íntimo, de Miguel de Unamuno

Celso Medina


Sólo es humilde de verdad el que humilla su razón
Miguel de Unamuno   

I

El Diario íntimo1 es un texto singular en la vastísima obra de Miguel de Unamuno. Esa singularidad estriba en su peculiaridad genérica y en los abordajes temáticos que en él pudiéramos asumir.

Este diario fue escrito entre el 9 de abril y el 28 de mayo 1897, en su retiro a Alcalá de Henares. Y según Cirilo Flórez en él Unamuno “somete a prueba su primera filosofía y con ella la filosofía moderna” (1998). Es también el producto de la llamada “crisis unamuniana”, que consistió no sólo en un estado de criticidad frente al pensamiento moderno, sino en una asunción muy personal del autor ante su propia biografía.

Y frente a una crisis que en principio era personal, nada más adecuado que una escritura de la intimidad: el diario, que permite al autor prácticamente desnudarse, dejarse llevar por una escritura “anotacional”, que se alimenta de lo fragmentario. Pero, ¿significa eso que esta obra de Unamuno es un simple testimonio egótico? No, porque más que un testigo de su existencia, el diario es un exponente de un pensamiento originario; es decir, de un pensamiento que se nos hace presente en el mismo momento en que éste se está pensando. Y allí la escritura diarística se contamina del tono ensayístico. Por ello, nos situamos frente a un texto reflexivo, donde lo íntimo no va a ser óbice para que se despliegue la subjetividad unamuniana.

De modo que El Diario íntimo convoca el tono reflexivo del ensayo y el tono íntimo del diario para producir un pensamiento que va creciendo ante nosotros sin ningún control de la razón escritural. Por ello no sería fácil catalogar este diario de Unamuno como meramente biográfico.

La crisis unamuniana de 1897 pudo haberse generado por una agudización de las contradicciones existenciales que tuvo que afrontar el pensador español con la razón positivista, en la que se formó. Sus ensayos anteriores se obsedían por urdir un pensamiento del “ser español” (ejemplo: En Torno al Casticismo). En ellos el pensador “se pensaba” a partir de un sentimiento gregario, colectivo. La ciencia era una verdad inobjetable, pero falible. Y él era un hombre de ciencia, forjado y formado en los escenarios académicos más connotados de España. La ruptura con lo establecido pudo haber surgido tal vez del “choque entre el horizonte positivista en que el que había abierto los ojos con el vitalismo filosófico irracionalista finisecular”, según Manuel Pérez López (1998). Pero también pudo surgir de razones personales, poco intelectual, que le hicieron enfrentarse al mundo como un “ser de carne y hueso”.

En síntesis, podríamos señalar que la obra en cuestión se ubica en un pensamiento transdisciplinario, donde lo íntimo y lo reflexivo nadan en un mar filosófico de amplios horizontes. Ese pensamiento transdisciplinario se sitúa en una zona donde el saber es fronterizo; es decir, cercano e implicado en una búsqueda de lo cósmico, lugar en el que confluyen las ideas sobre la razón y sobre Dios.


II

Como en Goya, la razón produce pesadillas en Unamuno. Pesadillas surgidas de la impotencia que se tiene para negarla. La verdad es la verdad puesta en la escena de la realidad. Existe como un fantasma verídico, que con su facticidad borra las zonas de la irracionalidad, tan cara al ser humano. Nos dice:

Para la razón no hay más realidad que la apariencia. Pero pide á voces, como necesidad mental, algo sólido y permanente, algún sujeto de las apariencias, porque se siente a sí misma, se es, no meramente se conoce”. (p.42).

Esa necesidad de lo “sólido y permanente” es calificada por Unamuno como una apuesta por la nada. O lo que es lo mismo por un nihilismo, donde el hombre sólo obtendría desolación. Estamos en una concepción aparentemente contradictoria: una crítica a una especie de metafísica de lo material. Porque para Unamuno la verdad es más que realidad. Ubicándose en la tradición kantiana, considera que como polo de una compleja dialéctica está la voluntad. La verdad es también el deseo de libertad, de sobreponerse a la dictadura de lo real, para trascender al cuerpo con el que somos investidos.

Tenemos, entonces, que la razón es una llave necesaria en la dialéctica de la vida. Es el polo no opuesto, sino contradictorio de la fe. En su estilo metafórico, ubica al infierno como un don necesario, para apreciar responsablemente la fe:

Por el infierno empecé a revelarme contra la fe; lo primero que deseché de mí fue la fe en el infierno, como un absurdo inmoral.

Mi terror ha sido el aniquilamiento, la anulación, la nada más allá de la tumba. ¿Para qué más infierno, me decía? Y esa idea me atormentaba. En el infierno- me decía- se sufre, pero se vive, y el caso es vivir, ser; aunque sea sufriendo.

Y ese temor á a la nada es un temor pagano. Dame, Dios mío, fe en el infierno. ¿Le hay? Si llego á creer en él, es que le hay. (p. 38).


La fe no existe sin la razón, la realidad sin el enigma. En el positivismo parece Unamuno haber aprendido la necesidad de partir del fenómeno como punto de inicio de la existencia. Por eso es partidario de “Vivir, vivir de veras, vivir espontáneamente, sin segunda intención, vivir para morir y seguir viviendo... (p.28). En Del sentimiento trágico de la vida, desarrollará la idea del sufrir como constancia vital de la existencia. Adelantándose a Cioran, dirá que el cuerpo insano, sufriente, es el testimonio más fehaciente de que existimos. Y ese realismo testimoniado por el cuerpo es el pivote más importante de la dialéctica de la razón y la fe.

La verdad es una instancia problemática, puesto que no es suficiente el acceso a lo real para acceder a ella. Unamuno acusa al racionalismo de buscar la verdad en la razón y no en la fe. Esa fe tiene un gran apoyo en la idea kantiana de la voluntad. Y esencialmente en el libre albedrío, que él rescata del cristianismo. Este es “... una verdad; querer razonarlo es destruirlo” (p.40).

Razón y voluntad se erigen también en una yunta dialéctica necesaria para ese encuentro con la verdad. En efecto, la razón y su alimento realístico existe como un paso insalvable. La ley de la realidad se desarrolla con su deseo entronizarse como verdad. Pero para Unamuno “... por debajo hay el libre albedrío, que nos hace sentirnos culpables y nos levanta sobre el tiempo” (p.40).

Y es allí donde se centra el fundamento del pensamiento unumiano; en la verdad que debe hallarse en la libertad. Ésa que surge de la conciencia de finitud y de carencialidad que tiene el hombre, que lo impulsa “hacia Dios”, no como resignación sino como potencia que le hace sentir “sed de infinito”. El hombre como obra de Dios no puede escapar de sí mismo. Siempre vuelve a sí mismo. “¿A dónde irá que no se encuentre consigo?”(p.45). Nos conseguimos aquí con la singular subjetividad de Unamuno. Una singularidad que no se inclina por el individualismo, sino que apuesta por la voluntad de ser libre, de buscarse en Dios para hallar su potencialidad de trascendencia. Por eso: “Más que creer, quiero creer” (p.61). En ese “querer” reside el poder de la fe.

La crítica más acerba de Unamuno va dirigida no contra la razón, sino contra el racionalismo, que según él ha escindido al hombre en su interioridad y exterioridad. En tal sentido, dice:

El hombre ideal del racionalismo es el hombre autómata, perfectamente adaptado al ambiente. Todos sus actos son reflejos, y como no hay roce alguno entre el proceso interior suyo, psíquico, y el proceso exterior o cósmico, no hay conciencia” (p.65).

La falta de conciencia es el impedimento para el ejercicio de la libertad. Porque sin ella la voluntad se anula y la exterioridad se erige en el impedimento del libre albedrío. La naturaleza situada fuera es una cárcel. Por eso, abrazando ideas de Spinoza, Unamuno la interioriza, la ve como la vieron los místicos: como una obra de Dios. Y como Dios está en el hombre, en su intimidad, alentando su libre albedrío, aquél no es más que conciencia.

Este texto de Unamuno revela una reevaluación de su religiosidad. El blanco de su crítica es el catolicismo, mas no el cristianismo. Es, precisamente, este diario, el que descubre al Unamuno religioso en su más radical acepción. Confiesa su paso por el ateísmo: “He llegado hasta el ateísmo, hasta imaginar un mundo sin Dios...” Pero prontamente acepta que para él es imposible la vida sin Dios. Esta idea de lo divino siempre viene en compañía de su idea de la muerte. “Llegué a persuadirme de que muerto yo se acaba el mundo”(p.34), nos dice. Pero afirma que hay que aprender a “vivir en Dios ... porque Dios es inmortal” (p.34). En un viraje inusitado trueca sus viejos preceptos marxistas. Habla de una comunidad de dios. De un “santo comunismo”, que permite que todos participen de “un mismo Dios; el comulgar en espíritu” (p.20). Y en solidaridad con un autor bastante citado en el Diario, llega a decir con S. Felipe Neri: “El verdadero siervo de Dios no conoce más patria que el cielo” (p.23).

Pero esa “patria cielo” no es un espacio distante del terrenal, porque reestablecería la escisión cuerpo-alma, entronizada por el Positivismo. Por eso su simpatía con Cristo, a quien lo considera la encarnación más discernible de Dios. Por él, a través de él, la figura divina hace patente su existencia. Ideas que conseguiremos más explícitas en obras como Del sentimiento trágico de la vida y La agonía del cristianismo.

El sentimiento de religiosidad es asunto capital para el Unamuno de este Diario. El aboga por una Iglesia bien libre, donde se consagre el libre albedrío como acción fundamental. Por ello dice: “Hay que buscar la libertad dentro de la Iglesia, en su seno” (p.27). La religión no es la institución, sino el sitio de la comunión, donde Dios posibilita la unidad. “En la religión se unifican la ciencia, la poesía y la acción” (p.27).

Es interesante el valor que Unamuno otorga al término “humilde”. Ronda detrás la idea del hombre simple, vinculado sin prejuicios a la naturaleza. El hombre caído en el pecado original, muy consciente de que sus límites es lo que potencia su humanidad. La razón se le otorgó en virtud de sus carencias. Pero esclavizarse a ella es ejercitar la soberbia, sobredimensionar sus perspectivas, que en el final del camino lo llevará a encontrarse con el vacío, con la nada, a la que tanto teme el filósofo español. Por ello humillar la razón es el primer paso para ser hombre, para conseguirse como “un mono desnudo”, con el espacio de su subjetividad en primer plano.


Bibliografía:

Flórez Miguel, Cirilo . “Autobiografía, Filosofía y Escritura: el caso de Unamuno”. Inédito, 1998.

Pérez López, Manuel. “Unamuno en la generación de fin de siglo. El 98 y la madurez de la mentalidad modernista”; en Conrad Kent y Mº Dolores Velasco. Edis. Visiones salmantinas (1898-1998). Universidad de Salamanca-Ohio W. University, 1998, págs. 21-44.


Notas:

[1] Utilizaremos aquí la edición de Diario íntimo, de Miguel de Unamuno, publicada por Alianza Editorial, Biblioteca Unamuno, de 1998. Seguiremos su paginación.


Celso Medina. Poeta y ensayista venezolano. Profesor Universitario. Ha publicado entre otras obras Oleaje (1978) Misterios gozosos (1979) y Epígrafes para el ave de la sed (1994) , poemarios. En ensayo, ha publicado Sísifo entre nosotros (1998)

© Celso Medina 2004
Espéculo. Revista de estudios literarios. Universidad Complutense de Madrid
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El URL de este documento es http://www.ucm.es/info/especulo/numero27/diarioun.html

 
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