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Rezar con la Iglesia

Espíritu

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Cantar salmos con el espíritu,pero cantarlos también con la mente
Qué cosa hay más agradable que los salmos? Como dice bellamente el mismo salmista:
Alabad al Señor, que los salmos son buenos; nuestro Dios merece una alabanza, armoniosa. Y
con razón: los salmos, en efecto, son la bendición del pueblo, la alabanza de Dios, el elogio de
los fieles, el aplauso de todos, el lenguaje universal, la voz de la Iglesia, la profesión
armoniosa de nuestra fe, la, expresión de nuestra entrega total, el gozo de nuestra libertad, el
clamor de nuestra alegría desbordante. Ellos calman nuestra ira, rechazan nuestras
preocupaciones, nos consuelan en nuestras tristezas. De noche son un arma, de día una
enseñanza; en el peligro son nuestra defensa, en las festividades nuestra alegría; ellos
expresan la tranquilidad de nuestro espíritu, son prenda de paz y de concordia, son como la
cítara que aúna en un solo canto las voces más diversas y dispares. Con los salmos
celebramos el nacimiento del día, y con los salmos cantamos a su ocaso.

En los salmos rivalizan la belleza y la doctrina; son ala vez un canto que deleita y un texto que
instruye. Cualquier sentimiento encuentra su eco en el libro de los salmos. Leo en ellos:
Cántico para el amado, y me inflamo en santos deseos de amor; en ellos voy meditando el don
de la revelación, el anuncio profético de la resurrección, los bienes prometidos; en ellos
aprendo a evitar el pecado y a sentir arrepentimiento y vergüenza de los delitos cometidos.

¿Qué otra cosa es el Salterio sino el instrumento espirtual con que el hombre inspirado hace
resonar en la tierra la dulzura de las melodías celestiales, como quien pulsa la lira del Espíritu
Santo? Unido a este Espíritu, el salmista hace subir a lo alto, de diversas maneras, el canto de
la alabanza divina, con liras e instrumentos de cuerda, esto es, con los despojos, muertos de
otras diversas voces; porque nos enseña que primero debemos morir al pecado y luego, no
antes, poner de manifiesto en este cuerpo,las obras de las diversas virtudes, con las cuales
pueda llegar hasta el Señor el obsequio de nuestra devoción.

Nos enseña, pues, el salmista que nuestro canto, nuestra salmodia, debe ser interior, como lo
hacía Pablo, que dice: Quiero rezar llevado del Espíritu, pero rezar también con la inteligencia;
quiero cantar llevado delEspiritu, pero cantar también con la inteligencia; con estas palabras
nos advierte que debemos orientar nuestra vida y nuestros actos a las cosas de arriba, para
que así el deleite de lo agradable no excite las pasiones corporales, las cuales no liberan
nuestra alma, sino que la aprisionan más aún; el salmista nos recuerda que en la salmodia
encuentra el alma su redención: Tocaré para ti la cítara, Santo de Israel; te aclamarán mis
labios, Señor, mi alma, que tú redimiste.

De los comentarios de san Ambrosio, obispo, sobre los salmos
Ven Espiritu Santo

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